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lunes, 20 de junio de 2016

Las grandes enseñanzas cósmicas de Jesús de Nazaret a Sus apóstoles y discípulos Parte.XVII



Cristo
Las grandes enseñanzas cósmicas. Parte XVII.


LAS GRANDES ENSEÑANZAS CÓSMICAS DE JESÚS DE NAZARET A SUS APÓSTOLES Y DISCÍPULOS QUE PODÍAN CAPTARLAS

Parte XVII.

Yo enseñé a Mis apóstoles y discípulos la ley:

Dios es la ley universal.

La ley universal, Dios, consta de innumerables facetas de consciencia, que son grados de consciencia. Son las formas espirituales de vida –minerales, plantas, animales y seres de la naturaleza–, que son conducidas por el Dios creador, el Espíritu de la evolución, a los grados de consciencia superiores inmediatos. También las diversas capacidades espirituales y la mentalidad han sido incluidas por el Dios creador, como disposición, en las formas de vida, y asimismo los nombres espirituales de éstas.

El Eterno conduce a todas las formas del SER al perfeccionamiento. Por eso todo está contenido en todo.
Cada grado de consciencia contiene la totalidad de la ley universal. Los diversos grados de consciencia están a su vez en comunicación con grados de consciencia iguales o similares. Aun así, para las formas de vida es válido que en todo está contenido asimismo todo, pero todavía no todo aspecto es manifiesto de forma omniabarcante.
Sin embargo, en cada uno de vosotros todo es manifiesto, porque vuestro cuerpo espiritual ha desarrollado como ley todas las formas del SER. Por eso aprended a percibir en vosotros todo en todo, a verlo en profundidad y a hablar a todo en cada aspecto de consciencia.

Hablo a cada uno: ¿por qué quieres mirar hacia lo lejos, si el Eterno, lo que crees lejano, está en ti?
¿Por qué quieres hablar con tu hermano, si él está como fuerza y luz en ti?
Si tienes algo importante que comunicarle, háblale a él en ti. Así estableces una comunicación consciente con tu prójimo, y si ello es importante para él, lo recibirá –caso de que él también te lleve a ti en sí mismo como fuerza y luz–. Si tu hermano está unido a ti, él se hará sentir en ti o te encontrarás con él y harás una cita para conversar con él.
No obstante, todo se produce primeramente en ti; esto es la ley eterna, no la ley causal.
Repito: requisito para una comunicación divina es que tú hayas desarrollado en ti la esencia divina de tu hermano o de tu hermana –y viceversa, que tu parte eterna espiritual de vida sea activa en él.

Enseñé a Mis apóstoles y discípulos: si queréis atrapar lo que hay a lo lejos, seréis acosados y perseguidos, porque estaréis viviendo en lo externo, en y con el mundo, que sólo es apariencia, es decir, reflejo de la realidad. Puede que, por breve tiempo, vengan a vosotros cosas agradables del mundo –o tendréis que luchar inmediatamente con lo desagradable, con lo que hayáis sembrado–. Eventualmente entremezclaréis nueva siembra con la antigua siembra, nuevas causas, y así también atraeréis a vosotros acontecimientos y fuerzas que no correspondan a la ley de Dios, al orden sagrado del templo.
Entonces solamente hablaréis vuestro yo humano y os presentaréis en vuestra humanidad. No hablaréis la palabra eterna, que es la ley eterna, la vida impersonal, Dios, porque seréis personales.
Todo lo que os presiona y obliga, lo que no os deja ninguna salida, es personal. Lo personal siempre quiere ser confirmado –ya se presente en las cercanías o desde lejos–. No puede tomar el curso legítimo, porque lo personal está centrado exclusivamente en la persona y no en el SER universal impersonal, cósmico.

La persona, el yo humano, es el yo humano que se ve a sí mismo y por eso sólo se refiere a la vida terrenal y a la persona, a lo perecedero, que solamente tiene durabilidad en la noción de los años. El yo perecedero, humano, presiona para aprovechar los años en los que puede confirmarse. Ya que no es la unidad ni el infinito, presiona a lo lejos, presiona en las cercanías, presiona hacia la derecha y hacia la izquierda, hacia arriba y hacia abajo y con ello se restringe cada vez más, porque todo lo centra en sí, la persona.
Toda restricción conduce a estrechez y limitación, y luego a una explosión. Todo el que se limita, golpea en torno a sí. Lo que se produce son engendros: desavenencia, guerra y saqueo.
Todos estos aspectos son explosiones del yo humano, que exige cada vez más para sí. Por esto frecuentemente van a la guerra ejércitos enteros, hombres que están sujetos a limitaciones iguales o parecidas y que se dejan tutelar por sus iguales. Entonces eligen a sus caudillos, que dominan a pueblos enteros.
El yo inferior es insaciable. Quiere poseer y tener, hasta que el hombre-yo fallece. De forma parecida continúa esto entonces en los reinos de las almas o en nuevas encarnaciones. Por eso, cuidad de no caer en la muerte espiritual.

Una y otra vez os oigo hablar de la muerte.
¿Qué es para vosotros la muerte? Para muchos es el final. Pero la muerte no es otra cosa que el paso a otra forma de existencia, en la que vivís de igual modo a como habéis vivido siendo hombres.
La muerte no tomará nada de vosotros –tampoco os dará nada–. El alma que abandona el cuerpo es la misma que estaba en el hombre y que el hombre reflejó. Tras la muerte física, por tanto, no alcanzáis la resurrección.
Sólo entra en la luz el que camina hacia la luz, el que camina hacia adentro. Tal como el alma del niño, proveniente del reino interno, entra en la escuela de vida Tierra, el hombre anciano ha de haber evolucionado desde la escuela Tierra hacia el interior, mediante realización y cercanía a Dios.
Quien desarrolla el reino interno, el Reino de Dios, se convierte en templo de salvación y ya alcanza en el propio templo, en el templo de carne y hueso, la resurrección; en ese caso no habréis de gustar la muerte. Sin embargo, quien está espiritualmente muerto, también está muerto como alma. Los espiritualmente muertos no resucitarán después de la muerte física. Seguirán muertos espiritualmente, pues tal como el árbol caiga, yacerá.
Por ello, alcanzad este reconocimiento: en la carne habéis de despertar a la filiación de Dios, y en la carne habéis de alcanzar la resurrección, pues el alma en el hombre está en la escuela de vida Tierra para llegar a ser lo que ella es en el Padre: divina.
Sabed: los espiritualmente muertos solamente miran la letra y no captan el sentido. Por eso examinad a quién habláis y qué decís, pues no habéis de arrojar las perlas en la tumba, sino llevarlas a aquellos que quieren despertar.


Quien no Me haya encontrado siendo hombre, tampoco Me encontrará después de su muerte física; pues quien sólo haya vivido en lo humano, también como alma vivirá sólo centrado en el mundo y volverá a buscar la carne que pará él es la vida.
Por eso comprended: vida es Dios, y quien no ha encontrado a Dios en sí mismo, tampoco Me ha encontrado a Mí, el Cristo de Dios. Después de su muerte física entrará por la puerta de la muerte y seguirá espiritualmente muerto –hasta que se reconozca a sí mismo y se encuentre a sí mismo en Mí.
Quien Me reconoce, conoce el Universo. Está en el Universo, y el Universo está en él. Quien no Me reconoce, está centrado en la Tierra y acumula tesoros y riquezas externos, porque no percibe el interior, ya que no está centrado en la gran totalidad. Como no Me conoce, no se conoce, y tampoco al Universo, que Yo Soy.
Las innumerables fuerzas del Universo están como esencia en ti, pues tú, oh hombre, eres el microcosmos en el macrocosmos; tú eres la herencia del infinito. En ti todo está unido; y lo que está, es eterno. Lo que es eterno, está en ti.
Solamente lo que hay en lo más interno de tu alma, es tuyo, y lo que es tuyo, es eterno. Lo externo es apariencia y perecedero. No puedes llevártelo; tienes que dejarlo aquí y allí.

Comprende que toda condensación es perecedera –y lo que es perecedero, perece–. Así, también la materia perecerá, porque la condensación no es eterna ni eternidad.

Creéis que tenéis que huir del mundo, para vencerlo. Yo os digo: huyendo del mundo, no os venceréis; no reconoceréis quiénes sois, pues habréis perdido el espejo de vuestro mundo.
Mientras no venzáis al mundo en el mundo, seréis vulnerables desde el mundo. Tenéis que deshaceros de todo reflejo y volveros como Dios os ve, como fuisteis por tanto desde un principio –y volveréis a ser por Mí, el Cristo: seres de la luz.
Pues el mundo de los seres encarnados, de los hombres, es a la vez el mundo de los seres desencarnados, de las almas. Ambos mundos se traspasan mutuamente. Son lugares de residencia para los hombres y almas, en los que los hombres y almas van madurando mediante la evolución y el crecimiento, acercándose así al Reino eterno, para sumergirse en la corriente –Dios– que es eterna.
Los que han despertado espiritualmente van madurando en la eternidad –los espiritualmente muertos se contentan con el reflejo.

Este mundo es la sustancia nociva para el alma y el cuerpo. Quien la asimila, enferma.
Toda enfermedad es el efecto de una o varias causas. También puede ser una enfermedad colectiva, en razón de una culpa colectiva, en el caso de que varios hombres hayan pecado, por el mismo motivo, contra sus semejantes. Si estos hombres no les perdonan, su enfermedad persiste frecuentemente durante encarnaciones o en el reino de las almas.
La enfermedad es la imagen de tu alma. Es el espejo en el que puedes reconocer tu mundo de sentimientos, sensaciones y pensamientos.

Dichosas las almas que han aceptado entrar en la carne para volverse divinas en la escuela Tierra.
Ay de aquellas almas que han aceptado la carne para entregarse nuevamente al placer del cuerpo.
El alma en el hombre está en la escuela de vida Tierra para volverse nuevamente divina.

¿Qué cambia cuando el alma abandona su envoltura mortal?
¿Qué cambia cuando una flor se marchita?
¿Qué cambia cuando las estaciones del año se desvanecen?
¿Se marchan y nunca más vuelven?
¿O no se halla el SER en el desvanecerse, y otra vez la evolución, que toma una vestidura aún más bella y fastuosa?
El hombre llama al otoño, al otra-vez-volver-a-ser en la naturaleza, a lo que toma nueva y más fastuosa forma: lo perecedero.
Sin embargo, no existe el perecer –solamente el cambio y la transformación.
¿Puede perdurar el tiempo en el cambio y en la transformación?
Tiempo es perecer. ¿Qué perece?
¿Qué es el espacio, si la consciencia es ilimitada?
¿Qué es el espacio, si el hombre es una emisora de emisión y recepción?
¿Qué es el espacio, si los reinos de la naturaleza son cósmicos?
¿Qué son por tanto el tiempo y el espacio?

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