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domingo, 3 de julio de 2016

El apego en la etapa de la vanidad y de soberbia. (Vicent Guillem)



El apego en la etapa de la vanidad y de soberbia.

Has hablado de que existe apego en la etapa de la vanidad y también en la de la soberbia. Parece que es un egosentimiento bastante difícil de superar.

Así es. El apego se inicia en la etapa de la vanidad y no se supera hasta el final de la etapa de la soberbia.

¿Entonces no existe ningún avance respecto al apego a medida que se va avanzando espiritualmente, desde la vanidad a la soberbia, pasando por el orgullo?

Por supuesto que sí. Pero los avances siempre son graduales. 

Ni es de la misma intensidad ni se alimenta de lo mismo el apego en el vanidoso, que en el orgulloso y que en el soberbio. En el vanidoso el apego es mucho más intenso, menos respetuoso con el libre albedrío de los demás, por el escaso desarrollo del sentimiento, y se alimenta del deseo de ser complacido y atendido, y de la debilidad del vanidoso para avanzar por sí mismo. En el orgullo y la soberbia el apego es menos fuerte, ya que está siendo substituido paulatinamente por el amor, (hay una mezcla de ambos, amor y apego) y se alimenta del temor a no ser querido o del miedo a perder a los seres queridos.

¿Cómo se vencen la avaricia y el apego?

Lo contrario de la avaricia es la generosidad, es decir, que para vencer la avaricia hay que desarrollar la generosidad, tanto material como espiritual. La avaricia y el apego se vencen compartiendo lo que uno tiene con los demás, tanto a nivel material como espiritual.

Codicia-Absorbencia

La codicia es el deseo excesivo de querer poseer cada vez más (y aquello que se codicia pueden ser tanto bienes materiales como de cualquier otra entidad), aunque eso perjudique a otros. El codicioso es aquel que nunca está conforme con lo que tiene y quiere siempre lo que no tiene, también lo que tienen los demás, y no para hasta conseguirlo. Los codiciosos son espíritus derrochadores, porque no aprecian lo que tienen, y envidiosos porque siempre ansían poseer lo que tienen los demás. Cuando el espíritu pasa de la vanidad primaria a la vanidad avanzada, la codicia material se va transformando en codicia espiritual o absorbencia. Llamamos absorbencia a cuando la persona intenta, consciente o inconscientemente, atraer la atención de otras personas para satisfacción de sí misma, manipulando los sentimientos, para que los demás estén pendientes de ella el máximo tiempo posible, sin preocuparse de si de esta forma vulneran o fuerzan el libre albedrío de la persona a la que quieren absorber.

Por ello, la persona dominada por la absorbencia tiene gran dificultad en respetar a los demás, ya que suele pensar sólo en sí misma. La persona absorbente busca llamar la atención a toda costa y suele utilizar el victimismo para conseguirlo. La absorbencia está muy relacionada con el apego y suele ocurrir que ambas formas de egoísmo se dan al mismo tiempo con intensidad semejante, es decir, el que sufre de apego suele ser absorbente. Los celos suelen ser muchas veces una mezcla de apego y absorbencia. A las personas codiciosas-absorbentes se les suele despertar la envidia, o sentimiento de animadversión hacia aquellos que poseen lo que uno desea y no tiene, y este objeto de deseo puede ser una posesión material en el codicioso o espiritual en el absorbente.

¿Entonces es incorrecto pedir que a uno le dediquen atención, porque necesita que le quieran, porque corremos el riesgo de ser absorbentes?

Al contrario. Todos necesitamos ser queridos. Es bueno admitirlo y pedir lo que necesitamos, ya que forma parte de la expresión de nuestros sentimientos.

¿Entonces, cuál es la frontera entre pedir que nos quieran y ser absorbentes?

Cuando se pide de forma sincera, sin obligar, sin engañar, sin manipular, no se es absorbente. Se es absorbente cuando se obliga, se engaña y manipula, en definitiva, cuando se vulnera el libre albedrío de los demás. Además, muchas veces no se pide amor, sólo se pide una complacencia. El amor se ha de dar libremente, si no, no es amor, es obligación. Por tanto es incorrecto exigir que determinadas personas nos quieran, sólo porque nosotros creamos que nos deben querer o atender, porque son familiares o allegados y están obligados a ello.

¿Cómo evoluciona la absorbencia a medida que se va avanzando espiritualmente?

De manera semejante al apego. Como digo, la absorbencia se inicia en la etapa de la vanidad avanzada como una derivación de la codicia y no se supera totalmente hasta el final de la etapa de la soberbia. A medida que el espíritu adquiere mayor capacidad de amar se va llenando más con los propios sentimientos, volviéndose menos dependiente emocionalmente de los demás, con lo cual, ante el avance de la generosidad emocional, la absorbencia va perdiendo fuerza poco a poco. En el orgullo y la soberbia la absorbencia disminuye progresivamente.

LAS LEYES ESPIRITUALES
Vicent Guillem
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¿Soy yo capaz de superar el dolor, soy yo capaz de amar? (Vicent Guillem)


¿Soy yo capaz de superar el dolor, soy yo capaz de amar?

Ya pero cuando alguien está acostumbrado a vivir en el dolor, el dolor parece lo más normal. 

Porque mucha gente se preguntará: ¿Soy yo capaz de superar el dolor, soy yo capaz de amar?

Y yo me pregunto si no habrá alguien que diga: “Mira: todo este sufrimiento que he vivido no lo quiero más. Ni para mí ni para los demás. Ya he aprendido algo de la vida. Todo aquello que a mí me hicieron y que me hizo sufrir voy a evitar hacérselo a los demás. Todo el amor que necesité de mis padres y que no me dieron se lo voy a dar yo a mis hijos, a mis allegados, a todo el que se presente en mi vida”.

Y sólo con la voluntad de cambiar y con la fuerza del sentimiento, la vida de uno dará un vuelco, y se romperán los lazos del odio. Y la tuerca que estaba apretada comenzará a aflojarse, y desandará una y otra vuelta del tornillo del desamor hasta que al final se libere totalmente. 
Y si todos los que viven en el dolor y el desamor tomaran una decisión semejante, el mundo cambiaría en una generación.

La generación de los niños que fueron queridos por sus padres, la de los niños que no se pusieron corazas para evitar que les hicieran daño, la de los niños que no tienen miedo a amar, porque fueron criados en el amor.

Como ya he dicho, la capacidad de amar es una cualidad innata del espíritu. Por lo tanto, todos la tenemos. Sólo necesitamos descubrirla y desarrollarla. Confiad en que esto es así y será. 

Y como ya dije, no sólo se trata de amar a los demás: hay que empezar por amarse uno mismo.

Pero, ¿qué es amarse a uno mismo?

Ya lo he dicho. Amarse a uno mismo es reconocer las necesidades afectivas propias, los sentimientos, y desarrollarlos para que sean el motor de nuestra vida.

¿Entonces es bueno quererse a uno mismo?

Por supuesto que sí. La autoestima es necesaria para ser feliz. Nuevamente lo repito: a lo que uno tiene que renunciar es al egoísmo, no al amor. Si uno no se quiere a sí mismo, ¿de dónde sacará la fuerza y la voluntad necesarias para amar a los demás?. Vivir sin sentir es casi como estar muerto. 

Por ello muchas de las personas que viven sin sentir desean morir, porque albergan la falsa esperanza de que al morir se acabará su suplicio y así ellas mismas inician el proceso de autodestrucción de su cuerpo que llamáis enfermedad. 
Muchas enfermedades provienen de que la persona es incapaz de amarse a sí misma. Son aquellas personas con un nivel de autoestima muy bajo las más propensas a tener enfermedades del sistema inmunitario, como leucemias, linfomas y enfermedades autoinmunes.

Estas últimas, las enfermedades autoinmunes, tienen que ver además con un sentimiento de culpa muy arraigado. 

Estas personas están tan deprimidas que difícilmente podrán darse a los demás. Primero tendrán que resolver su falta de autoestima.

Entonces, ¿cuáles son los pasos a seguir para amarse uno mismo?

Primero, reconoced las necesidades afectivas propias, los sentimientos, y permitid que afloren para que toméis conciencia de que existen. 

Es decir, dejad de reprimirlos y pasad a desarrollarlos, para que sean el motivo de vuestra vida. 
Segundo, a la hora de actuar, hacedlo por lo que sintáis y no por lo que penséis, no por lo que os han enseñado que es correcto, si esto va en contra de lo que sentís. No permitáis que vuestros pensamientos, que están condicionados por multitud de razones, ahoguen vuestros sentimientos.

Mucha gente se preguntará si merece la pena dar ese paso.

Os aseguro que merece la pena, porque a medida que actuéis conforme a vuestros sentimientos comenzareis a experimentar un poco de lo que es la auténtica felicidad, la felicidad del interior, que sólo da el amor. También así evolucionaréis espiritualmente. Jamás renunciéis a vuestros sentimientos, porque es lo único por lo que merece la pena luchar y vivir. 

El principio es lo que más cuesta, porque la tuerca puede estar muy apretada. Habrá que poner mucha fuerza de voluntad, hasta que la tuerca empiece a ceder. 
Pero luego el camino se suavizará y los sentimientos que vayáis experimentando llenarán vuestro interior (¡¡de amor, sí!!) como jamás habíais sentido antes, y esto os dará fuerzas para continuar.

¿Y qué hay que hacer para amar a los demás?

Intentad ver a los demás como a vosotros mismos. 

Sed conscientes de que son hermanos, de la misma esencia y con las mismas necesidades del interior que vosotros. 
Todos tenemos las mismas capacidades y todos necesitamos amar y ser amados en completa libertad para ser felices. 
Si yo tengo sed después de estar caminando un buen trecho bajo un sol de justicia sin haber podido beber, ¿no ha de ocurrir que cualquiera en esas mismas circunstancias sentirá más o menos el mismo deseo de beber que yo? Pues con el amor ocurre lo mismo que con el agua. Todos sufrimos cuando se nos priva del amor y todos nos reconfortamos cuando se nos da. Por lo tanto, si observamos a alguien que está sediento de sentimiento, vayamos a darle de beber amor, al igual que cuando nosotros estuvimos sedientos de amor, hubo otros que nos dieron de beber.

Pero, ¿y si a pesar de nuestra buena intención hacia los demás recibimos ingratitud, desprecio o burla a cambio?

Cuando alguien os haga daño comprended que es por falta de evolución en el amor y que esta circunstancia la hemos de aprovechar para mejorarnos a nosotros mismos, porque seguramente si despierta algo negativo en nosotros es porque ese algo negativo todavía está en nuestro interior y debemos trabajar para eliminarlo. Como ya he dicho, hasta que el amor no se dé de forma incondicional, no podemos considerar el trabajo concluido, y el que encaja mal la ingratitud todavía no ha llegado a la meta, ya que en cierta forma todavía espera algo a cambio de lo que da.

Y alguien dirá, “¡Buf! Qué difícil es eso, porque si yo decido cambiar pero los demás van a seguir igual, ¡cuántos golpes voy a recibir! No sé si merece la pena”.

Y yo pregunto ¿no es mejor que a uno le intenten dar golpes que uno pueda intentar esquivar, a que los golpes se los dé uno mismo? Porque la gente que vive en el desamor es la que se está golpeando a sí misma y la que impide que nadie se acerque para quererla.

Lo que dices tiene sentido. Sin embargo me siguen surgiendo dudas.

Exponlas libremente.

Antes has remarcado la importancia de no reprimir los sentimientos, de que hay que expresarlos. Pero por otro lado hablas de la importancia de tener en cuenta las necesidades afectivas y los sentimientos de los demás. Y aquí va la pregunta: ¿No ocurre que hay sentimientos negativos como el odio, la rabia, la ira o el rencor que si los exteriorizamos pueden dañar a los demás? ¿Cómo se pueden exteriorizar los sentimientos sin hacer daño a los demás al mismo tiempo? ¿No son ambas acciones contradictorias entre sí?

Conforme tú lo has enfocado resulta una contradicción. 

De nuevo es necesario que aclaremos los conceptos para no generar confusión por un problema de insuficiencia del lenguaje, que utiliza la misma palabra, la de sentimiento, para definir cosas que son totalmente opuestas. Cuando yo antes hablaba de que hay que dejarse llevar por los sentimientos, me refería a los sentimientos que nacen del amor, que para distinguirlos habría que llamarlos amosentimientos, que siempre son positivos, claro. 
Los que nacen del egoísmo, o de la lucha entre el amor y el egoísmo, aquellos que hemos llamado sentimientos negativos o egosentimientos son otra cosa, por lo que hay que tratarlos de forma diferente (hablaremos de ello más adelante). Ciertamente, hay que evitar dejarse llevar por ellos porque podemos hacer mucho daño a los demás. En cualquier caso, el reprimirlos no conduce a nada. Sólo a que nos hagan daño por dentro.

¿Podrías mencionar alguno de esos egosentimientos?

Algunos ya los hemos mencionado cuando hemos hablado sobre la vanidad, el orgullo y la soberbia, porque son manifestaciones del egoísmo. 

Pero ahora los trataremos con mayor profundidad, sobre todo los que son más complejos y confusos de comprender, como el apego.

Estos son los más importantes:

a) Avaricia, codicia, lascivia, odio, agresividad, envidia.

b) Apego, absorbencia, celos, ira, rencor, impotencia, lujuria, culpabilidad, miedo, tristeza.

Todo esto me recuerda a los siete pecados capitales, ¿tiene algo que ver?

No son pecados, sino manifestaciones del egoísmo, aunque cierto es que si uno se deja arrastrar por ellos puede llegar a cometer gran cantidad de actos contra la ley del amor, y la del libre albedrío, que tendrá que reparar.

¿Por qué los distingues en dos grupos?

Los primeros son manifestaciones del egoísmo más primitivas. En los segundos, aunque son también manifestaciones del egoísmo, hay un componente adicional, y es que ya hay implícito un conocimiento mayor de lo que son los sentimientos.

¿Podrías definir en qué consiste cada uno de esos egosentimientos para que me haga una idea más exacta?

Sí. Empecemos por la avaricia y el apego. Los analizaremos de forma conjunta porque, como veremos, el apego es una derivación avanzada de la avaricia.

Avaricia - Apego

La avaricia es el afán excesivo de acumular bienes materiales. La persona avariciosa es aquella que tiene mucho para dar, materialmente hablando, pero se niega a compartir lo que considera suyo con los demás. Cuando el espíritu avanza en el conocimiento de los sentimientos pero mantiene su incapacidad para compartir, la avaricia material se transforma en avaricia espiritual. La avaricia espiritual es el apego, o dificultad para compartir el cariño de las personas que son consideradas incorrectamente como propiedad de uno, por ejemplo, los hijos, la pareja, etc. El que sufre de apego sólo quiere querer a unos pocos y suele exigir que los demás hagan lo mismo. 

Hay mucha gente que equivocadamente cree que ama, y dice que sufre mucho porque ama mucho, cuando en realidad lo que le ocurre es que sufre de apego y por apego. Sólo cuando el espíritu avanza comienza a reconocer la diferencia entre amor y apego.

¿Puedes explicar la diferencia entre amor y apego?

Sí. Cuando uno ama procura respetar el libre albedrío de la persona querida y el suyo propio. Intenta hacer lo posible para que la persona querida sea libre y feliz, aunque ello implique renunciar a estar con esa persona. 

En el caso del apego, la persona que lo padece está pensando más en satisfacer su propio egoísmo que en el bienestar de la persona querida. Por ello tiene tendencia a vulnerar el libre albedrío de la persona a la que supuestamente quiere, reteniéndola a su lado en contra de su voluntad o coaccionándola para que haga lo que uno quiere, obstaculizando al máximo las relaciones con otros seres, a los que considera su “competencia”. 
Aquel que ama de verdad no es posesivo con la persona amada, ni se molesta porque la persona amada quiera también a otras personas. Puede que el apego se agote, pero el amor verdadero, el amor auténtico, no se gasta. Por querer cada vez a más personas no significa que se quiera menos al resto. 
Pero el apego nos hace creer que sí. Que lo que se le da a los demás se nos quita a nosotros. El que siente apego exige, obliga y fuerza los sentimientos. Siempre espera algo a cambio de lo que hace. Está muy pendiente de exigir, de recibir y sólo da por interés, a condición de que se le dé primero lo que ha pedido. También por apego uno puede vulnerar su propio libre albedrío y obligarse a hacer cosas que no siente. El que siente auténtico amor da incondicionalmente y deja libertad a los sentimientos. No obliga, ni fuerza, ni exige nada a cambio de la persona a la que ama.

Me vendría bien algún ejemplo que me aclarara las diferencias.

Vale. Imagina que dos personas que dicen amar a los pájaros, se encuentran.

La primera los tiene alojados en bellas jaulas doradas, en una habitación climatizada. Les da pienso de alta calidad y agua de manantial embotellada, y los lleva al veterinario periódicamente. 

La segunda simplemente les lleva comida al parque, los acaricia cuando se posan y les atiende cuando están heridos y no pueden volar.

La primera persona dice: ¡Cuánto quiero a mis pájaros! 

Me gasto una fortuna en ellos para que tengan todas las comodidades que no tendrían si vivieran salvajes! ¡Pero me duran tan poco! Siempre están enfermos y por mucho que me gasto en medicamentos y en veterinarios se mueren prematuramente. ¡Cuánto me hacen sufrir! ¿Qué puedo hacer?

La segunda persona dice: Los pájaros que yo cuido no me pertenecen. No están encerrados en jaulas, sino que viven en libertad. Soy feliz porque sé que ellos no están conmigo obligados por los barrotes de una jaula, sino porque lo han elegido libremente. Soy feliz porque los veo vivir conforme ellos quieren, volando en libertad. 

Sus pájaros, amigo mío, se mueren de pena, porque no son libres. Abra sus jaulas para que puedan volar en libertad y vivirán porque serán libres, porque serán felices.

El primero responde: ¡Es que si les abro la jaula se escaparán y ya no los volveré a ver!

El segundo responde: Si se escapan es porque han estado retenidos en contra de su voluntad y se alejan de lo que para ellos es una vida de esclavitud. 

Mis pájaros no huyen de mí, porque saben que son libres de ir y venir cuando les plazca. Al contrario, cuando me ven llegar al parque acuden inmediatamente, me rodean y se posan sobre mí.

El primero dice: Lo que usted tiene es lo que yo deseo. Que mis pájaros me quieran.

El segundo dice: Lo que usted quiere jamás lo obtendrá por la fuerza. Les ha colmado de comodidades para intentar compensarles de la carencia de lo que más ansían: volar en libertad. Si realmente les quiere, deje que vivan su vida en libertad.

¿Quién es el que ama y quién es el que siente apego?

Siente apego el que quiere al pájaro enjaulado. Siente amor el que quiere al pájaro libre.

¿Me puedes poner un ejemplo de cómo se vulnera el libre albedrío de otra persona a través del apego?

Sí. Hay apego en la madre que retiene a los hijos a su lado cuando éstos ya son mayores y quieren independizarse por diferentes motivos, bien porque han encontrado una pareja, o porque desean estudiar o trabajar lejos del hogar, etcétera. 

La madre que tiene apego intentará imponer su necesidad de estar con ellos, no respetando que ellos quieran vivir su vida de forma independiente y, de no conseguirlo, se sentirá emocionalmente herida y llegará a decir incluso que sus hijos no la quieren, intentando hacerlos sentir culpables para tratar de retenerlos a su lado. Hay apego en el padre que exige que sus hijos se dediquen a tal o cual profesión, que deben estudiar tal o cual carrera, si no, serán desheredados.
Hay apego en el novio que le dice a su novia la ropa que puede y no puede ponerse, a qué hora debe entrar y salir de casa, con quién puede y no puede relacionarse.

Este falso amor, el apego, es como una cadena, una jaula que aprisiona al ser objeto del apego, convirtiendo en carcelero al que se deja llevar por él, porque, como la persona que tenía enjaulados a los pájaros, el que sufre de apego, ni vive ni deja vivir.

Me ha parecido lógico que dijeras que por apego uno vulnera el libre albedrío de los demás, pero me ha sorprendido que dijeras que por el apego uno puede vulnerar su propio libre albedrío. ¿Me puedes poner un ejemplo de cómo se vulnera el propio libre albedrío cuando se siente apego?

Pues sí. Por ejemplo, la misma madre del ejemplo anterior, cuando se inhibe de realizar algo que su interior necesita, como por ejemplo, dedicar tiempo a ayudar a otras personas fuera de la familia, debido a que cree que al hacerlo desatiende a la suya propia, por ejemplo, a sus hijos, o a su marido.

Si la persona no supera el apego se sentirá culpable cuando atienda los asuntos que le llenan interiormente, e incluso llegará a inhibirse de realizarlos por ese mismo sentimiento de culpabilidad.

Esta última manifestación de apego sí que me resulta sorprendente, ya que normalmente las personas que están muy volcadas en la familia suelen ser consideradas personas muy amorosas.

Ya. Es porque el apego está muy arraigado dentro de vuestra cultura y se confunde a menudo con el amor. 

Mucha gente, debido a la educación que ha recibido, lo tiene tan arraigado que lo ha interiorizarlo como algo propio de su personalidad. A la mujer se le hace sentir culpable cuando no está el 100% del tiempo dedicada a su marido, a sus hijos o al trabajo, y cuando dedica tiempo a personas fuera de su familia se expone a ser objeto de habladurías por parte incluso de personas de su propia familia que dicen mirar por su bien, que intentarán hacerle sentir culpable con comentarios del tipo “Quieres más a esa gente que a los de tu propia familia”, o “¿Qué se te ha perdido a ti por ahí? Tu sitio está aquí, con los tuyos”, o “¡Qué van a pensar de ti!”.

Aunque el hombre ha dispuesto tradicionalmente de mayor libertad, no está exento ni de sentir el apego, ni de que los demás le culpabilicen por apego, cuando dedica tiempo a ayudar a otras personas que no son de su familia, de su círculo de amistades, de su pueblo o cultura, sobretodo si de ello no va a sacar ningún rendimiento económico.

Pero digo yo que, cuando uno se está dedicando a la familia, también habrá algo de amor ahí, ¿no?

Por supuesto. Una cosa no quita a la otra. Ya lo he dicho y lo repito: el amor verdadero no se gasta. Uno puede querer cada vez a más personas sin que por ello deje de querer a su familia. Pero a mayor capacidad de amar, mayor compromiso con un mayor número de personas, y el tiempo del que se dispone habrá que repartirlo entre más gente. Esto puede ser percibido por las personas que sufren de apego como que se les quiere menos, pero no es así.

¿Qué pasa con la familia cuando uno decide dar el cambio? ¿Acaso no desatiende a los suyos cuando empieza a pasar tiempo ayudando a los demás?

Mira, uno de los obstáculos más fuertes que va a tener alguien que quiere empezar a cambiar, a reunirse con otras personas para hablar del interior, es que su entorno no lo va a entender y van a jugar con el sentimiento de culpa por no atender las obligaciones familiares. Fijaos y veréis que cuando una persona quiere ir a ver un partido de fútbol a la semana, que dura dos horas, que encima cuesta dinero, o bien a una discoteca o un bar, la persona no siente que abandona a la familia. 

Sin embargo, si la misma persona se va a hablar dos horas a la semana sobre el interior, para ayudarse sí misma o a los demás, entonces le ponen mil y una pegas, y uno se siente culpable, creyendo que abandona a la familia. Esto es por culpa del apego, es decir, de la dificultad en compartir. El apego no es amor y, si no vencéis este obstáculo, os quedaréis estancados.

¿Entonces la familia puede ser un obstáculo para el avance espiritual?

No. Lo que es un obstáculo es la incomprensión de los espíritus que no quieren avanzar ni dejan avanzar a los demás, y que utilizan todas las armas a su alcance para conseguirlo, y para retener a los que quieren avanzar, incluso a quienes les unen los lazos de sangre, como la familia. Para el que vive en una familia comprensiva, la familia es un punto de apoyo para desarrollarse espiritualmente. 

Pero debido al escaso desarrollo de la humanidad terrestre, los que están dispuestos a emprender el despertar espiritual son minoría. Además, es muy difícil que, aunque en una misma familia haya varios espíritus afines dispuestos a luchar por avanzar espiritualmente, su despertar se dé simultáneamente. Por tanto, el pionero lo tendrá más difícil, pero es el que abrirá el camino a los demás.

El propio Jesús tuvo que vencer este mismo problema, la incomprensión de su familia por apego. 

Le reprochaban constantemente que desatendía sus obligaciones familiares para atender sus asuntos espirituales, porque no lo comprendían. 
Le tachaban incluso de desequilibrado y le intentaron hacer sentir culpable, y más cuando José murió y él se tuvo que hacer cargo de la manutención de una numerosa prole. Pero no fue verdad, porque Jesús procuró materialmente por su madre y hermanos hasta que ellos pudieron valerse por sí mismos. 
Pero su misión era más extensa, con toda la familia humana. Esta falta de comprensión de la familia que vivió Jesús está reflejada en esta cita de los evangelios. “Entonces él (Jesús) dijo: "A un profeta se le respeta en todas partes, menos en su propio pueblo y en su propia familia”.

¿Pero es necesario renunciar a la familia para amar incondicionalmente?

¿Cómo puedes creer que el mundo espiritual exija a uno a renunciar a la familia, si precisamente es en el mundo espiritual donde se creó la familia como forma de estimular en el espíritu los primeros sentimientos? El amor de pareja y el amor entre padres e hijos son los primeros sentimientos que conoce el espíritu, y se desarrollan a partir del instinto de apareamiento y el de protección de los progenitores por sus cachorros. 

Lo único que os digo es que para avanzar en el amor hay que abrirse a compartir, a ampliar el concepto de familia, considerando como parte de ella a todo ser espiritual. 
Mirad: es imposible que haya una auténtica hermandad en la humanidad si uno establece categorías a la hora de amar: los de mi familia primero, los de mi pueblo primero, los de mi país primero, los de mi raza, cultura y religión primero. Y si me sobra algo, para los demás.

Esto es una forma de egoísmo disfrazada, porque lo que se da es siempre a cambio de recibir algo, no de dar sin esperar nada a cambio. Por ello, a la hora de dar se establece un escalafón, que pone primero a los que nos pueden dar más, segundo a los que nos pueden dar menos y deja fuera a los que no nos pueden dar nada. Este comportamiento egoísta vulnera la ley del amor, por mucho que haya cierta gente que intente justificar la solidaridad sólo para abonados. En el momento en que tú excluyes a alguien del derecho a la solidaridad, esta palabra deja de tener sentido. Un ejemplo de hasta dónde se puede llegar con este tipo de egoísmo colectivo lo tenéis en el nazismo, que predicaba una supuesta solidaridad de raza, que se forjó a costa de suprimir y eliminar los derechos de las demás razas y creencias, y el libre albedrío de cada individuo.

LAS LEYES ESPIRITUALES
Vicent Guillem
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Emociones, sentimientos, manifestaciones del egoísmo... (Vicent Guillem)



Toda esta exposición me ha generado un montón de preguntas más que me gustaría exponerte y que me fueras aclarando. Tienen que ver sobre todo con las emociones, los sentimientos, las diferentes manifestaciones del egoísmo que has presentado (vanidad, orgullo, soberbia). Me gustaría conocer algo más de ellas.

Adelante, pregunta.

Antes has dicho que el sentimiento y el pensamiento tienen origen distinto y que el egoísmo procede de la mente. ¿Quieres decir con esto que pensar es malo en sí mismo?

En absoluto. Lo que he querido decir es que es necesario que aprendáis a distinguir entre lo que sentís y lo que pensáis, porque a través de la mente es por donde se filtran al espíritu los pensamientos egoístas que os acaban confundiendo. 

El pensamiento no es malo en sí mismo. Sólo cuando oprime al sentimiento. Cuando el pensamiento está en armonía con lo que se siente es un valioso instrumento al servicio del sentimiento, para que el sentimiento se transforme en acto amoroso. 
El problema de vuestro mundo es que se os ha enseñado a pensar sin sentir y, si el pensamiento no tiene la inspiración del sentimiento, se pone al servicio del egoísmo. La evolución en el amor también pasa por aprender a modelar el pensamiento con la voluntad del sentimiento, y no con la del egoísmo.

No acabo de entender lo que quieres decir, ¿podrías exponer un ejemplo?

Claro. Imagina que ves a una persona muy querida, que tú eres hombre y que ella es mujer, y que hace un tiempo que no la ves. El sentimiento que tienes por esta persona te hace experimentar alegría y necesidad de expresarle cuánto la quieres, dándole un abrazo. Sin embargo imagina que estás al lado de personas con prejuicios sexistas, que no encajan las relaciones de amistad profunda entre personas de diferente sexo y que luego sabes que os van a criticar y calumniar. 

Al ser consciente de este inconveniente cambias tu decisión y reprimes tus sentimientos, de manera que al ver a la persona querida manifiestas indiferencia por temor al qué dirán, y sólo le das la mano de forma correcta.

En este caso el pensamiento, motivado por el análisis mental de la situación, ha cambiado el sentimiento, es decir, lo ha reprimido, ya que el sentimiento inicial era de alegría y tras la reflexión mental ha quedado en indiferencia. Este es un ejemplo de cómo el pensamiento oprime al sentimiento.

Pero entiendo yo que en la situación que has expuesto también hay que ser prudente, porque si quieres a la persona la puedes meter en un lío cuando te expones innecesariamente. Puedes buscar un momento más adecuando en un ambiente menos inquisitorio para hacer lo que sientes.

Ciertamente. Ser prudente es una virtud. La prudencia hay que ponerla para respetar el libre albedrío de los demás, porque muchas veces nuestras opiniones no van a ser entendidas o respetadas. Pero hay que intentar tener cuidado de no disfrazar el miedo con la prudencia. 

La prudencia modera la manifestación cuando las circunstancias no son propicias, pero no ahoga el sentimiento. El miedo sí. Si el miedo se apodera de la persona, ésta reprimirá la expresión de los sentimientos, incluso en situaciones en las que no haya una amenaza o circunstancia adversa real, porque esa amenaza ya se encarga el miedo de convertirla en realidad en la mente. La represión empieza en el momento en que uno se inhibe de tomar decisiones respecto a su propia vida por miedo a la reacción de los demás.

¿Y de dónde vienen esos condicionamientos mentales que reprimen los sentimientos?

Una parte procede del egoísmo propio y la otra de la educación recibida desde la infancia, que en vuestro planeta es fuertemente represiva con los sentimientos. 

Durante mucho tiempo, vuestra forma de educar ha puesto el énfasis en el desarrollo de la mente, y se ha utilizado a la propia mente para que reprima el desarrollo de los sentimientos. 
Los niños vienen a este mundo abiertos de par en par para manifestarse tal y como son, con un gran potencial para sentir y expresar sus sentimientos. Pero ya desde pequeños son condicionados para que experimenten apego en vez de amor, para que repriman los sentimientos, la alegría, la espontaneidad y para que se sientan culpables cada vez que experimenten algo de felicidad. ¿Qué es lo que se les ha enseñado a los niños durante generaciones? Que el buen hijo es aquel que es obediente, un esclavo de la voluntad de los padres, los profesores, los adultos, y de las normas y conveniencias sociales.

¿Cuántas veces cuando el niño pregunta por qué ha de hacer algo que no comprende se le ha respondido: “porque yo lo digo, que soy tu padre y punto”? Y si los padres están amargados, entonces el hijo ha de cargar con esa amargura. 

Muchas órdenes, mucha rigidez y poca libertad. Está mal todo aquello que se hace sin haber preguntado a los padres, o a los adultos. Está mal si se ríen, está mal si lloran, está mal si hablan, o si se callan cuando los padres no lo han autorizado. “Sólo has de relacionarte con quien yo diga, querer a quien yo diga, hacer lo que yo diga. Es por tu bien” te dicen. En las sociedades fuertemente religiosas, todo es pecado. Es pecado manifestar cualquier expresión de alegría, de afecto, como un abrazo o un beso. En todo ello siempre se ve algo pecaminoso, obsceno, oscuro, diabólico y uno se ha de sentir culpable de ser feliz.

Se convierte a la víctima en verdugo, al inocente en culpable. Por lo tanto, el niño llega a la conclusión de que la única forma de no sufrir es reprimir los sentimientos. Aprende a dar una imagen al mundo, la imagen de lo que los demás quieren de él, pero que en realidad no tiene mucho que ver con su propio yo. Y ocurre que el condicionamiento es tan fuerte, el fingimiento es tan continuo, que cuando llega la etapa adulta uno se cree que es lo que ha fingido ser.

La mayoría de niños, cuando se hacen adultos llegan a la conclusión inconsciente de que no pueden ser queridos tal y conforme son, sino que siempre han de hacer algún merito para recibir un poco de amor. Es decir, que se les enseña a creer en el apego, en el falso amor, posesivo, condicional, forzado, interesado, y se les hace renunciar al amor incondicional, libre, espontáneo. La consecuencia de ello es que hay poca gente que crea en el amor y que viva en el amor, que experimente, aunque sea un poquito, la felicidad que emana de él. Y en ausencia de amor, el egoísmo y todas sus manifestaciones más funestas campan a sus anchas. A pocos de los malhechores de vuestro mundo encontrareis que hayan sido queridos cuando fueron niños. ¿Por qué si hay un mandamiento que dice “honrarás a tu madre y a tu padre”, no hay otro que diga “honrarás a tus hijos”?

Muchos males de vuestro mundo se resolverían queriendo a los niños, porque los niños no han puesto todavía corazas a los sentimientos. Amarían y se dejarían amar. Amad a vuestros niños durante una generación y vuestro mundo se transformará en un paraíso en menos de un siglo.

¿Quieres decir con esto que hay gente que, aunque es conocedora de los sentimientos, es decir, aunque es capaz de amar, se reprime, y aparece ante los demás como alguien frío, sin sentimiento?

Así es. Mucha gente es dura porque tiene miedo a sufrir, a que se descubra su debilidad, que es la falta de amor. Y por ello se cubre de capas, de corazas, como un caballero medieval con armadura. Y de este modo se sufre por no querer sufrir. 

Se sufre porque se evita el sentir, que es lo que uno necesita para ser feliz, amar y ser amado. ¿Por qué crees que hay tanta gente que tiene miedo a la soledad? Porque en realidad tienen miedo de enfrentarse a sí mismos, miedo de descubrir la gran verdad: “Estoy vacío”. Y por eso la gente huye de sí misma, refugiándose en objetivos materiales, mentales, que le generen muchos quebraderos de cabeza o recurriendo a divertimentos que hiperestimulen la mente, para así tener una excusa para no dar nunca con la verdadera respuesta. Para que la mente hable tanto y tan fuerte que acalle la voz del sentimiento.

Pero es imposible acallar la voz de la conciencia para siempre y en algún momento la mente se descuida, o se bloquea por algún acontecimiento imprevisto o traumático, y la voz del interior vuelve a clamar: “Estoy vacío. Estoy vacío porque no siento. Porque yo no soy como manifiesto ser. Estoy siendo una fachada, una apariencia. He renunciado a ser yo mismo, un ser que quiere amar y necesita ser amado, y soy desgraciado por ello” Y cuando se toma conciencia de la realidad puede ser doloroso, impactante. En ese momento muchos buscan la forma de justificar la actitud que tomaron respecto a la anulación de sus necesidades afectivas, creyendo equivocadamente que si echan tierra sobre el asunto van a sufrir menos y todo volverá a la normalidad.

“¡Qué mal me ha tratado la vida! ¡Con qué gente más mala me ha tocado vivir! ¡Ni mis padres me quisieron! ¿Por qué tengo yo que ser mejor?” -se dicen. 

Y la ira, el rencor, la desconfianza, la tristeza y la soledad, les consumen por dentro. Y si tienen hijos, se vengan en ellos de todas sus frustraciones, “para que aprendan lo que es la vida”, se dicen, intentando justificarse, porque los niños son débiles y se dejan. Y entonces la tuerca vuelve a dar un nuevo giro hacia el desamor.

Pero es muy comprensible que alguien que haya sufrido mucho en la vida llegue a la conclusión de que nada merece la pena ¿no?

Es cierto que la vida puede ser muy dura y que quien decida luchar por sentir tendrá muchas trabas, por la incomprensión de los demás, y eso le hará sufrir. Pero será un sufrimiento externo, provocado por las circunstancias, que merecerá la pena si la persona, a pesar de todo, consigue sentir y amar. 

Pero el sufrir por evitar sentir es un sufrimiento interno que se provoca uno mismo y es un sufrimiento estéril, ya que no sirve para avanzar en el sentir y el amar.

Todo lo contrario. Puede provocar mucho sufrimiento y dolor porque, imbuido uno en el dolor, se siente con justificación para causar dolor a los demás, o ni siquiera se para a pensar en el daño que puede estar haciendo.

LAS LEYES ESPIRITUALES
Vicent Guillem
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