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viernes, 13 de mayo de 2016

Libro Todos los Seres Vivos Somos Uno (Eckhart Tolle)





INTRODUCCIÓN 
Para este volumen, que complementa Un nuevo mundo, ahora, he seleccionado pasajes del libro original que me parecieron particularmente adecuados para la lectura inspirativa o meditativa. Por esta razón, no recomiendo que este libro se lea todo seguido de principio a fin. 
Sería mucho más provechoso leer, como máximo, un capítulo cada vez, deteniéndose y quizá releyendo los párrafos que provoquen una respuesta interior. 
Después, deja que las palabras penetren y siente la verdad a la que apuntan, que, por supuesto, está ya dentro de ti. 
También puede resultar útil abrir el libro al azar de vez en cuando, leer una página o un párrafo y dejar que las palabras indiquen el camino a esa dimensión interior y profunda que está más allá de las palabras, más allá del pensamiento. 
A la verdad que señalan las palabras, a la dimensión intemporal de la conciencia, no se puede llegar por medio del pensamiento discursivo y la comprensión conceptual. 
Este libro no es una versión condensada de Un nuevo mundo, ahora. Aunque contiene algunos de los indicadores más potentes del libro original, aquí hay relativamente poco acerca del ego y nada acerca del cuerpo-dolor. 
En otras palabras: si quieres comprender y así ser capaz de detectar esas pautas mentales emocionales internas que bloquean el surgimiento de una nueva conciencia, tienes que recurrir al libro original. 
Este libro resultará de gran provecho para quienes ya han leído Un nuevo mundo, ahora quizá más de una vez, han respondido profundamente a él y han experimentado cierto grado de transformación interior gracias a él. 
El contenido informativo de este libro tiene relativamente poca importancia. 
No se lee para aprender algo nuevo, sino para profundizar más, hacerse más presente, despertar del torrente de pensamiento incesante y compulsivo. 
Si no hay un reconocimiento interior, por distante o fugaz que sea, de eso a lo que apuntan las palabras, entonces las palabras dejarán de tener sentido y no serán más que conceptos abstractos. 
Pero si se da ese reconocimiento, significa que la conciencia despierta está empezando a emerger de dentro de ti, y las palabras que estás leyendo ayudan a hacerla salir. 
Si encuentras párrafos de este libro que sientes que son poderosos, quiero que te des cuenta de que lo que estás sintiendo es tu propio poder espiritual, es decir, lo que eres en esencia. 
Solo el Espíritu puede reconocer al Espíritu.
Eckhart Tolle.

El MECANISMO DE DEJAR IR (Dr. David R Hawkins.) (ULTIMO CAPITULO Y FINAL)


Nota autobiográfica. 
(Segundo Escrito)
Debía de haber algún   otro modo de abordar las causas del malestar general, de aquel interminable rió de angustia espiritual y de sufrimiento humano. 
Todo esto llevo al estudio de la kinesiología, que resulto ser un descubrimiento sorprendente. Era un “agujero de gusano” entre dos universos: el mundo físico y el mundo de la mente y del espíritu. Era un interfaz entre dos dimensiones. 
En un mundo lleno de gente dormida, que había perdido la conexión con su origen, nos encontrábamos con una herramienta que permitía recuperar, y demostrar ante todos, 
la conexión perdida con la realidad superior. 
Esto llevo a poner a prueba cada sustancia, pensamiento y concepto que pudiera ser traído a la mente. 
En aquel esfuerzo, recibí la ayuda de mis alumnos y de mis ayudantes de investigación. Y entonces se hizo un importante descubrimiento: mientras que todos los individuos daban una respuesta débil ante estímulos negativos, como las luces fluorescentes, los pesticidas y los edulcorantes artificiales, los estudiantes de disciplinas espirituales que habían desarrollado sus niveles de consciencia no daban respuestas débiles como las que daban las personas normales. 
En su consciencia, había cambiado algo importante y decisivo. Al parecer, ocurría cuando se daban cuenta de que no estaban a merced del mundo, y que solo se veían afectados por aquellas cosas en las que creía su mente. Quizá el proceso de desarrollo hacia la iluminación podría enseñarse para incrementar la capacidad de resistencia del hombre ante las vicisitudes de la existencia, incluidas las enfermedades. 
El Ser tenia la capacidad de cambiar las cosas del mundo, simplemente, previéndolas; el Amor cambiaba el mundo cada vez que sustituía al no amor. 
La disposición general de la civilización se podía alterar profundamente concentrando este poder del amor en un punto muy concreto. 
Cada vez que esto sucedía, la historia se bifurcaba en nuevos caminos. Y, ahora, daba la impresión de que estos atisbos cruciales no solo se podían comunicar con el mundo, sino que, además, se podían demostrar de forma visible e irrefutable. Daba la impresión de que la gran tragedia de la vida humana siempre había sido lo fácil que era engañar a la psique; la discordia y los conflictos habían sido las consecuencias inevitables de esa incapacidad básica de la humanidad para distinguir lo falso de lo verdadero. 
Pero aquí había una respuesta para este dilema fundamental, una forma de recontextualizar la naturaleza de la misma consciencia y de hacer explicable aquello que, de otro modo, solo se podía inferir. Había llegado el momento de dejar la vida en Nueva York, con su apartamento de ciudad, y mudarse a una casa en Long Island para hacer algo mas importante. 
Era necesario perfeccionarme a mi mismo como instrumento, y eso suponía dejar el mundo y todo lo que hay en el para sumergirme en una vida de reclusión en una pequeña ciudad, donde pasaría siete años entregado a la meditación y el estudio. Sin buscarlos, volvieron los abrumadores estados de arrobamiento y, con el tiempo, surgió la necesidad de aprender el modo de estar en la Presencia Divina y, aun así, seguir funcionando en el mundo. 
La mente había perdido el rastro de lo que estaba sucediendo en el mundo en general y, con el fin de investigar y escribir; se hizo necesario abandonar la practica espiritual y concentrarse en el mundo de la forma. Leyendo periódicos y viendo la televisión, pude ponerme al día con la historia de quien era quien, con los principales acontecimientos y con la naturaleza del dialogo social en curso.
Las excepcionales experiencias subjetivas de la verdad, que es competencia de los místicos, que influyen en toda la humanidad enviando energía espiritual a la consciencia colectiva, son algo comprensible para la mayoría de las personas y tienen por tanto un sentido limitado, salvo para otros buscadores espirituales. 
Esto llevo a un gran esfuerzo por ser ordinario, porque el mero hecho de ser ordinario es una expresión de la divinidad; la verdad del yo verdadero de uno se puede descubrir en el sendero de la vida cotidiana. Lo único que hace falta es vivir con cariño y con bondad. El resto se revela por si mismo a su debido tiempo. Lo corriente y Dios no son cosas diferentes. 
Y así, tras un largo viaje circular del espíritu, se regreso al trabajo mas importante, que consistía en intentar traer la Presencia al menos un poco mas cerca de tantas personas como fuera posible La Presencia es silenciosa y transmite un estado de paz, que es el espacio en el cual y por el cual todo es y tiene su existencia y experiencia. 
Es infinitamente suave y, no obstante, es como una rota. 
Con ella, desaparece todo temor. Y, debido a que el sentida del tiempo se detiene, no hay aprensión ni pesar algunos, no hay dolor, no hay anticipación; la fuente de la alegría es interminable y siempre esta presente. 
Sin principio ni final, no hay perdida, ni pesar, ni deseo; no hace falta hacer nada, todo es ya perfecto y completo. 
Cuando el tiempo se detiene, todos los problemas desaparecen; son meramente artefactos de un punto de percepción. 
Cuando se impone la Presencia, ya no hay más identificación con el cuerpo o con la mente. 
Y, cuando la mente guarda silencio, pensamiento “Yo Soy” desaparece también, y la Conciencia Pura brilla para iluminar lo que uno es, fue y siempre será, mas allá de todos los mundos y todos los universos, mas allá del tiempo y, por tanto, sin principio ni fin. 
La gente se pregunta: “Como se alcanza este estado de conciencia?”, pero son pocos lo que siguen los pasos, debido 
a su sencillez. En primer lugar, el deseo de alcanzar ese estado era muy intenso. Después, la disciplina comenzó a actuar con un perdón y una ternura constantes y universales, sin excepción. 
Uno ha de ser compasivo con todo, incluso con el propio yo y con los pensamientos de uno. 
Mas tarde, tuve que estar dispuesto a dejar en suspenso los deseos y a someter la voluntad personal en todo momento. 
A medida que cada pensamiento, cada sentimiento, cada deseo y cada acto se sometían a Dios, la mente se iba quedando en silencio. Al principio, se desembarazo de historias y de párrafos enteros, después de ideas y conceptos. 
Y, cuando uno deja de querer poseer estos pensamientos, estos ya no alcanzan tanta elaboración, y comienzan a fragmentarse cuando están a mitad de formarse. 
Finalmente, fue posible invertir la energía que hay tras el pensamiento antes siquiera de que se convirtiera en pensamiento. El trabajo para fijar el enfoque fue constante e implacable, sin siquiera permitirse un instante de distracción en la meditación, y prosiguió mientras me dedicaba a las actividades habituales. 
Al principio, parecía muy difícil pero, con el paso de los días, se convirtió en algo habitual y automático, precisando cada vez de menos esfuerzo para, finalmente, suceder sin esfuerzo alguno. El proceso se parece al de un cohete que abandonara la Tierra. Al principio, hace falta un enorme poder pero, después, hace falta cada vez menos, a medida que la nave abandona el campo gravitatorio terrestre, hasta que, finalmente, se mueve por el espacio mediante su propio impulso. De repente, y sin previo aviso, tuvo lugar un cambio de conciencia y la Presencia ya estaba ahí, inequívoca y omniabarcante. 
Hubo unos instantes de aprensión cuando el yo moría y, luego, el absoluto de la Presencia inspiro un relámpago sobrecogedor. El avance fue espectacular, mas intenso que ningún otro con anterioridad. 
No había nada con que compararlo en la experiencia normal. Tan profundo impacto quedo amortiguado por el amor que conlleva la Presencia. Sin el apoyo y la protección de ese amor, uno habría quedado aniquilado. Después, vino un momento de terror, cuando el ego se aferro a la existencia, temiendo convertirse en nada. Pero, en vez de eso, cuando murió, se vio sustituido por el Yo como Totalidad, el Todo en el cual todo se conoce y es obvio en la perfecta expresión de su propia esencia. Con la no localidad, llego la conciencia de que uno es todo lo que haya existido o pueda existir. Uno es total y completo, mas allá de toda identidad, mas allá de todo genero, mas allá siquiera de su misma humanidad. 
Ya nunca mas habría que temer el sufrimiento ni la muerte. 
Lo que sucedió con el cuerpo después de este punto es irrelevante. En determinados niveles de conciencia espiritual, los achaques del cuerpo se curan o desaparecen espontáneamente. 
Pero en el estado absoluto, tales consideraciones son irrelevantes. 
El cuerpo seguirá el curso previsto y, luego, volverá al lugar de donde vino. Es una cuestión sin importancia, y uno no se siente afectado por ello. El cuerpo se convierte en un “eso”, más que en un “yo”, como cualquier otro objeto, como un mueble de una habitación. Se le antoja a uno cómico que la gente siga dirigiéndose al cuerpo como si fuera el “tu” individual, pero no hay forma de explicar este estado de conciencia a quien no lo haya vivido. 
Lo mejor es seguir adelante con los propios asuntos y dejar que la Providencia se ocupe del ajuste social. Sin embargo, cuando uno se sumerge en el arrobamiento, es muy difícil ocultar un estado de semejante éxtasis. 
El mundo puede quedarse deslumbrado, y la gente puede venir desde muy lejos para conectar con el aura que lo acompaña. Los buscadores espirituales y los curiosos de lo espiritual pueden sentirse atraídos, al igual que los enfermos que están buscando un milagro; uno se puede convertir en un imán y en fuente de alegría para ellos. Normalmente, en este punto existe el deseo de compartir este estado con los demás, y de utilizarlo en beneficio de todos. El éxtasis que acompaña a este estado no es absolutamente estable; también hay momentos de gran angustia. Los mas intensos se dan cuando el estado fluctúa y, 
de repente, cesa sin razón aparente. En estos casos, se dan periodos de intensa desesperación, así como el temor de que la Presencia le haya olvidado a uno. Estas caídas hacen arduo el sendero y, para superarlas, hace falta una gran dosis de voluntad. 
Al final, se hace obvio que uno debe trascender este nivel o sufrir permanentemente estos insoportables “descensos desde la Gracia”. Así pues, hay que renunciar a la gloria del éxtasis cuando uno se sumerge en la ardua tarea de trascender la dualidad, hasta que uno esta mas allá de todos los opuestos y sus conflictivos dones. Una cosa es renunciar alegremente a las cadenas de hierro del ego, y otra muy distinta es abandonar las cadenas de oro de la dicha del éxtasis. 
Es como si uno renunciara a Dios, al tiempo que aparece un nuevo nivel de temor, un temor nunca antes anticipado; es el terror final de la soledad mas absoluta. Para el ego, el miedo a la no existencia era formidable, y le hizo retraerse de el una y otra vez, cuando parezca aproximarse. Luego, se hizo evidente el propósito de las agonías y de las noches oscuras del alma. 
Son tan intolerables, que su exquisito dolor le espolea a uno hasta el esfuerzo extremo que hace falta para superarlas. Cuando la vacilación entre el cielo y el infierno se hace intolerable, hay que someter incluso el deseo por la existencia. Solo entonces se puede ir por fin mas allá de la dualidad de la Totalidad frente a la nada, mas allá de la existencia o la no existencia. Esta fase de culminación del trabajo interior es la mas difícil, el instante decisivo final, donde uno se hace plenamente consciente de que la ilusión de la existencia que uno trasciende aquí es irrevocable. No hay marcha atrás desde este punto, y el espectro de su irreversibilidad hace que esta ultima barrera parezca la decisión más formidable jamás tomada. Pero, de hecho, en este Apocalipsis final del yo, la disolución de la única dualidad que queda, la de la existencia y la no existencia, la de la identidad misma, se disuelve en la Divinidad Universal, y no queda consciencia individual que pueda tomar la decisión. El ultimo paso, por tanto, lo da Dios. 
-David R. Hawkins 
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Anexo del grupo de estudio “Descubriendo la Luz”. Cita extraída de la conferencia “Amor” de 17 de Septiembre 2011. Por David R Hawkins (Última conferencia pública del Dr. Hawkins). “El amor abre el corazón. Ilumina la esencia y la amabilidad de los demás. Así que [dile a alguien] -”Incluso cuando seas muy malo, ¡te sigo queriendo! - El cerebro te dirá una cosa, pero el corazón te dirá algo distinto. El corazón es amor no importa a que, incluso cuando el cerebro es crítico y está poniendo condiciones para ello. El amor no exige nada “. Del boletín de www.veritaspub.com. Octubre 2011 --------------------------------------------------------------------------------------------------- 
Una Bendición Especial del Dr. Hawkins: "Yo te bendigo en el nombre del Señor, y rezo por tu felicidad y la belleza que llevarás a la vida de otros. A través de su Amor, la Divinidad fluye a través del Amor, y cuando Amas, irradias la Divinidad a esa persona. El Amor es la Presencia de Dios. Dios y el Amor son ambos la misma cosa. Por lo tanto, cuando Amas a alguien, le llevas a Dios a su vida. 
" Boletín de www.veritaspub.com de 1 de Agosto de 2012. ---------------------------------------------------------------------------------
Todo el material disponible en español de la obra del Dr. Hawkins se encuentra en la web http://descubriendolaluz.wix.com/david-r-hawkins , te invitamos a participar en los grupos.

El MECANISMO DE DEJAR IR (Dr. David R Hawkins.)


Nota autobiográfica. 
Si bien las verdades expuestas en este libro estaban científicamente fundamentadas y objetivamente organizadas, 
al igual que todas las verdades, con anterioridad a todo ello, se experimentaron personalmente. 
Toda una vida de intensos estados de conciencia, que comenzaron a edad temprana, inspiro y dio dirección al proceso de realización subjetiva que, finalmente, tomo la forma de este libro. 
A los tres años de edad, tuvo lugar una repentina consciencia plena de la existencia, una comprensión no verbal pero completa del significado del “Yo Soy”, seguido inmediatamente por la temible toma de conciencia de que el “yo” podría no haber venido a la existencia. 
Esto fue un despertar instantáneo, desde el olvido hasta una conciencia consciente, y en ese momento nació el yo personal, entrando la dualidad “Es” y “ No Es” en mi conciencia subjetiva. 
A lo largo de toda la infancia y primera adolescencia, la paradoja de la existencia y la pregunta de la realidad del yo no dejaron de ser una preocupación. 
El yo personal se deslizaba a veces en un Yo impersonal más grande, y el miedo inicial a la no existencia, el miedo fundamental a la nada, volvía a aparecer. 
En 1939, cuando era repartidor de periódicos, con un recorrido de treinta quilómetros en bicicleta por los campos de Wisconsin, en una oscura noche de invierno, me sorprendió una ventisca de nieve de veinte grados bajo cero a mucha distancia de casa. La bicicleta tropezó con el hielo, y el viento endiablado arranco los periódicos de la cesta del manillar, arrastrándolos por el campo nevado cubierto de hielo. 
Cayeron lágrimas de frustración y de cansancio, mientras las ropas se quedaban congeladas y rígidas. 
Para ponerme a resguardo del viento, hice un agujero en el hielo en una gran masa de nieve y me metí a rastras en el. 
Los temblores no tardaron en cesar y en dar paso a una sensación deliciosamente cálida, para luego entrar en un estado de paz indescriptible, que vino acompañado de un baño de Luz y una presencia de infinito amor sin principio ni final, que no se diferenciaba de mi propia esencia. 
El cuerpo físico y todo lo que me rodeaba se desvaneció a medida que mi conciencia se fundía con este estado omnipresente e iluminado. 
La mente quedo en silencio; todo pensamiento ceso. 
Una Presencia Infinita era todo lo que había o podía haber, mas allá de cualquier tiempo o descripción. Después de ese estado de intemporalidad, llego de pronto la conciencia de alguien que me sacudía la rodilla y, luego, apareció el ansioso rostro de mi padre. 
Sentía una gran reluctancia a volver al cuerpo y a todo lo que suponía, pero el amor y la angustia de mi padre hicieron que el Espíritu nutriera y reactivara el cuerpo. 
Había una gran compasión por el miedo de el a la muerte, aunque, al mismo tiempo, el concepto de muerte parecía absurdo. No se hablo con nadie de esta experiencia subjetiva, dado que no había disponible contexto alguno a partir del cual describirla. 
No era habitual oír hablar de experiencias espirituales, salvo las que se contaban de las vidas de los cantos. Pero, después de esta experiencia, la realidad aceptada del mundo empezó a antojarse tan solo provisional; las enseñanzas religiosas tradicionales habían perdido el sentido y, paradójicamente, me hice agnóstico. 
Comparado con la luz de la Divinidad que había iluminado toda existencia, el dios de la religión tradicional brillaba con una luz mortecina; y así, la espiritualidad sustituyo a la religión. Durante la segunda guerra mundial, las peligrosas tareas a bordo de un dragaminas solían llevarnos a las proximidades de la muerte, pero no había ningún miedo ante ella. Era como si la muerte hubiera perdido su autenticidad. Después de la guerra, fascinado con las complejidades de la mente y queriendo estudiar psiquiatría, lleve a cabo mis estudios en la facultad de medicina. 
Mi psicoanalista instructor, un profesor de la Universidad de Colombia, también era agnóstico; los dos teníamos una visión muy sombría de la religión. El análisis fue bien, al igual que mi carrera, y todo termino satisfactoriamente. 
Sin embargo, mi vida profesional no fue tan tranquila. 
Cai enfermo de una dolencia progresiva y fatal, que parecía no responder a los tratamientos habituales. 
A los treinta y ocho años de edad, estuve in extremis, y supe que estaba a punto de morir. No me preocupaba el cuerpo, pero mi espíritu estaba en un estado de angustia y desesperación extremas. Y, cuando se aproximaba el ultimo momento, un pensamiento fulguro en mi mente, “Y que pasaría si existiera Dios?”. De modo que me puse a orar: “Si existe un Dios, le pido que me ayude ahora”. 
Me rendí ante cualquier Dios que pudiera haber y me sumí en el olvido. 
Cuando desperté, había tenido lugar una transformación tan enorme que me quede mudo de asombro. La persona que yo había sido ya no existía. Ya no había un yo o un ego personal, solo una Presencia Infinita de un poder tan ilimitado, que no había nada mas que eso. Esa Presencia había sustituido a lo que había sido “yo”, y el cuerpo y sus acciones estaban controlados ahora solo por la Voluntad Infinita de la Presencia. 
El mundo estaba iluminado con la claridad de una Unidad Infinita, que se expresaba en todas las cosas reveladas en su belleza y perfección infinitas. Esta serenidad persistió con el transcurso de los años. No había voluntad personal; el cuerpo físico seguía llevando a cabo sus asuntos bajo la dirección de la infinitamente poderosa, pero exquisitamente suave, Voluntad de la Presencia. En ese estado, no había necesidad alguna de pensar en nada. Toda verdad era evidente en si misma, y ya no era necesaria ninguna conceptualización, ni siquiera era posible. 
Al mismo tiempo, el sistema nervioso parecía estar sometido a prueba, como si estuviera llevando mucha mas energía de la que permitía el diseño de sus circuitos. No era posible funcionar de forma eficaz en el mundo. 
Las motivaciones ordenarlas habían desaparecido, junto con el miedo y la ansiedad. No había nada que buscar, dado que todo era perfecto. La fama, el éxito y el dinero carecían de sentido. Los amigos me instaban pragmáticamente a que volviera a la consulta clínica, pero no había ninguna motivación ordinaria que me llevara a ello. 
Ahora podía percibir la realidad que subyace a las personalidades; el origen de las dolencias emocionales se halla en la creencia de las personas de que ellas son sus personalidades. 
Y así, como por si mismo, el consultorio clínico se volvió a poner en marcha y, con el tiempo, creció enormemente. 
Venia gente de todos los Estados Unidos, y el consultorio llego a tener dos mil pacientes externos, que precisaban de mas de cincuenta terapeutas y demás empleados, con veinticinco oficinas, y laboratorios de investigación y electroencefalográficos. 
Cada año, llegaban mil pacientes nuevos y, además, comenzaron a darse entrevistas en la radio y en los programas de las cadenas de televisión, como ya se ha mencionado. 
En 1973, las investigaciones clínicas se documentaron en el formato tradicional de un libro, Orthomolecular Psychiatry. Esta obra iba diez años por delante de su tiempo, y genero cierto revuelo. Las condiciones generales del sistema nervioso mejoraron lentamente y, luego, comenzó otro fenómeno. 
Había una dulce y deliciosa corriente de energía que fluía constantemente hacia arriba por la medula espinal para entrar después en el cerebro, donde generaba una intensa sensación de placer ininterrumpido. 
Todo en la vida sucedía por sincronicidad y se desarrollaba en perfecta armonía; lo milagroso era habitual. 
La Presencia, y no el yo personal, era el origen de lo que el mundo llamaría milagros. Lo que quedaba del “yo” personal era solo un testigo de estos fenómenos. 
El “Yo” mayor, mas profundo que mi anterior yo o mis anteriores pensamientos, determinaba todo cuanto sucedía. 
De los estados que se presentaban habían dado cuenta otros a lo largo de la historia, y eso llevo a la investigación de las enseñanzas espirituales, entre ellas las de Buda, las de sabios iluminados, las de Huang Po, y las de maestros mas recientes, como Ramana Maharshi y Nisargadatta Maharaj. 
Así quedo confirmado que estas experiencias no eran únicas. 
El Bhagavad-Gita tenia ahora pleno sentido, y a veces nos encontrábamos con que Sri Rama Krishna y los santos cristianos daban cuenta de los mismos éxtasis espirituales.
Todos los objetos, todas las personas en el mundo eran luminosos y exquisitamente hermosos. 
Todos los seres vivos se hicieron Radíantes, y expresaban esta Radiación en serenidad y esplendor. Era evidente que toda la humanidad estaba en realidad motivada por el amor interior, pero que simplemente ya no era consciente de ello; la mayoría de las personas viven como en un sueño, y no despiertan a la conciencia de lo que realmente son. 
La gente a mi alrededor parecía estar dormida, y era increíblemente hermosa. Era como si estuviera enamorado de todo el mundo. Tuve que dejar la practica habitual de meditar durante una hora por la mañana y otra hora después de cenar, porque intensificaba el arrobamiento hasta tal punto, que no era posible funcionar en el mundo. 
De nuevo, hubo una experiencia similar a la que había tenido lugar bajo aquella masa de nieve cuando era un chico, y cada vez resultaba mas difícil dejar aquel estado para volver al mundo. La belleza increíble de todas las cosas brillaba en toda su perfección, y donde el mundo veía fealdad, solo había belleza intemporal. Este amor espiritual impregnaba toda percepción, y desaparecieron todos los limites entre el aquí y el allí, el después y el ahora, o la separación. Durante los años pasados en el silencio interior, creció la fuerza de la Presencia. 
La vida ya no era personal; ya no existía la voluntad personal. El “yo” personal se había convertido en un instrumento de la Presencia Infinita, e iba de aquí para allí y hacia las cosas como si tuviera voluntad. La gente sentía una extraordinaria paz dentro del aura de esa Presencia. Los buscadores buscaban respuestas, pero ya no había nada individual que respondiera al nombre de David. Ciertamente, se daban respuestas muy delicadas desde el propio Yo de ellos, que no era diferente del mío. En cada persona, el mismo Yo brillaba en sus ojos. 
Lo milagroso acaeció mas allá de la comprensión ordinaria. Desaparecieron muchas dolencias crónicas que el cuerpo había estado sufriendo durante años; la visión ocular se normalizo espontáneamente, y ya no hubo mas necesidad de llevar unas lentes bifocales que, en teoría, debían haber sido para toda la vida. De vez en cuando, una energía exquisita de arrobo, un Amor Infinito, comenzaba a irradiar de pronto desde el corazón hacia el escenario de alguna calamidad. 
Una vez, mientras conducía por la autopista, esta energía exquisita comenzó a brillar en el pecho. Al tomar una curva, apareció un automóvil accidentado; el vehículo estaba volcado, y las ruedas aun estaban girando. La energía paso, con gran intensidad desde el pecho hasta los ocupantes del automóvil, y luego se detuvo por si sola. 
En otra ocasión, mientras iba caminando por una calle de una ciudad que no conocía, la energía comenzó a fluir en dirección a la manzana siguiente, hasta llegar a la escena de una incipiente pelea de pandillas. Los muchachos se retrajeron y se echaron a reír; y, entonces, una vez más, la energía se detuvo. 
Profundos cambios de percepción se dieron sin previo aviso en circunstancias improbables. 
Mientras cenaba solo en Rothman”s, en Long Island, la Presencia se intensifico de pronto hasta que cada objeto y 
cada persona, que parecían estar separados bajo la percepción ordinaria, se desvanecieron en una universalidad y unidad intemporal. En aquel Silencio inmóvil, se hizo obvio que no había acontecimientos” ni “cosas”, y que en realidad nada “ocurre”, porque pasado, presente y futuro no son mas que artefactos de la percepción, al igual que la ilusión de un “yo” separado, sujeto al nacimiento y la muerte. A medida que el yo limitado y falso se disolvía en el Yo universal de su verdadero origen, surgía la sensación inefable de haber vuelto a casa, a un estado de absoluta paz y de alivio de todo sufrimiento. 
Es únicamente la ilusión de la individualidad la que da origen
a todo sufrimiento; en cuanto uno se da cuenta de que en realidad es el universo, completo y uno con “Todo lo que es”, para siempre sin fin, ya no es posible ningún sufrimiento. Venían pacientes de todos los países del mundo, algunos de ellos eran los mas desesperados de los desesperados. 
Llegaban con aspectos grotescos, retorcidos, envueltos en sabanas húmedas, con las que los transportaban desde lejanos hospitales, esperando un tratamiento para una psicosis avanzada y para trastornos mentales graves e incurables. Había algunos catatónicos; muchos habían estado mudos durante años. Pero, en cada paciente, por debajo de su apariencia lisiada, estaba la brillante esencia del amor y la belleza, quizá tan oscurecida para la visión ordinaria que la persona había llegado a no sentirse amada por nadie en el mundo. Un día, trajeron a una catatónica muda al hospital con una camisa de fuerza. Tenia un grave trastorno neurológico y era incapaz de mantenerse en pie. Se retorcía en el suelo, con espasmos y con los ojos en blanco. 
Tenia el cabello enmarañado; había desgarrado toda su ropa y emitía sonidos guturales. Su familia era bastante rica y, debido a ello, la habían estado viendo durante años un sinfín de médicos y de especialistas de todo el mundo bastante famosos. Se había intentado todo con ella, y la profesión medica se había dado por vencida con su desesperanzador caso. 
Surgió una escueta pregunta sin verbalizar: “¿Que quieres hacer con ella, Dios?”. Y entonces se hizo claro que lo único que aquella mujer necesitaba era que la amaran, eso era todo. 
Su yo interior brillaba a través de los ojos, y el Yo conecto con aquella esencia amorosa. 
Y en aquel mismo momento se curo, al darse cuenta de quien era realmente; lo que pudiera ocurrirle a su mente o a su cuerpo ya no le importaba. 
Esto, en esencia, ocurrió con innumerables pacientes. 
Algunos se recuperaban a los ojos del mundo y otros no, pero a los pacientes ya no les importaba que se diera o no una recuperación clínica. Su agonía interna había terminado. 
En el momento se sentían amados y en paz, el dolor cesaba. Este fenómeno solo se puede explicar diciendo que la Compasión de la Presencia recontextualizaba la realidad de cada uno de los pacientes de tal modo, que experimentaban la curación en un nivel que trascendía el mundo y sus apariencias. La paz interior del Yo nos envolvía a todos mas allá del tiempo y de la identidad. 
Era evidente que todo dolor y todo sufrimiento surgen únicamente del ego y no de Dios, y esta verdad se le comunicaba silenciosamente a la mente del paciente. 
Ese era el bloqueo mental de otro catatónico, que llevaba sin hablar muchos años. El Yo le dijo a través de la mente: 
“Estas culpando a Dios por lo que el ego te lo ha hecho a ti”.
Y el paciente dio un salto y se puso a hablar, para sorpresa de la enfermera que presenciaba el incidente. 
El trabajo se hacia cada vez mas gravoso, y llego a hacerse abrumador. Se rechazaba a los pacientes, a la espera de que hubiera camas, a pesar de que el hospital había construido una Sala extra para albergarlos. Era enormemente frustrante no poder contrarrestar el sufrimiento humano mas que de uno en uno. Era como achicar agua del mar. 
Continua.....

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