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miércoles, 25 de marzo de 2015

CAPÍTULO 7 .- UN DÍA MUY ESPECIAL




En el Juzgado todo fue fácil y rápido. Les citaron para las 2,30 de la tarde. La ceremonia de la firma del contrato matrimonial podría haberse efectuado mucho antes, pero al ser Raquel europea, necesitaban una firma de la oficina del embajador. Todavía tenían cinco horas por delante, así que, como a Raquel no le interesaba en absoluto hacer turismo por la ciudad, decidieron ir a Tel-Aviv, a casa de la futura Sra. Jordan.

Después de dar una vuelta por la casa para que Sara la conociera, salieron todos a la terraza a tomarse un café. El día era espléndido, y el mar estaba que enamoraba. Después de un buen rato de tertulia, Jhoan acompañó a su madre a pasear por la orilla de la playa de la urbanización. Su circulación sanguínea no era muy buena, y los baños de agua de mar la aliviaban mucho. Micael se quedó con Raquel para ayudarla a preparar las maletas. Su nueva vida en común en Hebrón, la obligaba a hacer un nuevo cambio. Se llevaba lo más indispensable. Siempre habría tiempo de volver a por más. Lo que sí hizo fue ponerse una ropa apropiada para la ocasión. Cuando Micael la vio aparecer en el salón, se volvió a enamorar de ella.

- Mi amor, estás preciosa.
- ¿Te gusta este vestido? El color negro, para vestir, es mi favorito.
- ¡Negra por fuera, blanca y radiante por dentro!
- No, por dentro voy de colorines.
- ¡Yo no me estoy refiriendo a la ropa interior!
- ¡Ah, perdone usted...!
- ¡Ven aquí...!
- ¿Para qué...?
- ¿No te basta con que tu esposo te lo pida?
- Depende para qué... y además, de sumisa no tengo nada.
- ¡Ven aquí… rebelde…!


Raquel fue haciéndose el remolón, y cuando estuvo frente a él, levantó su barbilla, y con mirada altiva exclamó:

- ¿Qué desea el señor? Y Micael, aguantando como podía el gesto serio y autoritario del marido, contestó:

- ¡Solo os pido un beso, señora!  

Y Raquel, quitándose al aire los zapatos de tacón, se abalanzó hacia él cayendo juntos sobre el sofá azul. Y le llenó de besos, y Micael se quedó enganchado a ella como una aguja a un imán.


- ¿Dra. Jordan... cree usted que este es el momento más apropiado?
- Depende para qué, ¿o es que quieres más que un beso...?
- ¡Una terapia me encantaría, pero no estamos solos!
- ¡No, no lo estamos y,  además, tenemos que ir a casarnos!
- ¿Te he dicho ya que te quiero, mi amor?
- ¡Muchas veces... pero dímela una más!
- ¡Te quiero, mi amor… te quiero con toda mi alma!
- Micael, siento estropear este momento, pero necesito que me ayudes a bajar estas maletas a mi coche. Se nos está haciendo tarde.
- ¿Crees que es necesario que nos llevamos también el tuyo?
- Siempre es mejor tener dos que uno, así aprovecho y meto cosas mías para llevarlas.
- Mi amor, no hemos hablado de ello, pero el apartamento donde estamos es muy pequeño.
- Pues dime cómo es.
- Es una habitación, una sola pieza de 17 metros cuadrados, y en ella hay otro cuartito con un retrete y un lavabo. Está la cocina, un salón diminuto y dos camas de 80 centímetros donde dormimos Jhoan y yo. Pero tenemos otra pequeña habitación adosada, que la empleamos para guardar ropas, libros y todo tipo de utensilios de limpieza. Será la habitación que adaptaremos para nosotros dos. Jhoan me decía antes que dadas las circunstancias sobraba de aquél apartamento. Yo le he dicho que ni lo pensara, no quiero que viva solo en aquél lugar. Sería una presa demasiado fácil. Debemos permanecer juntos, ¿no crees?
- ¡Pues claro que sí, qué bobada! Por lo que me dices, aquello es demasiado pequeño, pero así será más divertido. ¿Y la ducha, Micael... no hay?
- Sí, claro, pero en el pasillo de la planta. Se comparte con otros dos vecinos más.
- ¡Caray!  ¿Y son limpios?
- Si, se puede convivir con ellos. Tampoco se usa mucho la ducha, hay poca agua potable. Normalmente nos aseamos en la cocina o en el lavabo. ¡Me temo, mi amor, que vas a echar de menos muchas cosas!
- Puede que sí, pero tengo a la que más quiero, a la que más necesito. Y Micael... ten presente que no solo estará el sueldo de Jhoan, yo también tengo el mío, y es muy bueno.
- ¿Y cómo es que tienes tan buen sueldo, si ahora no trabajas?
- ¿Quien te ha dicho a ti que no? Pero es un tema que hay que hablarlo despacio. Cuando volvamos a la tarde a Haifa, vienes conmigo en el coche, y te lo cuento.
- ¡Me tienes intrigadísimo!
¡Pues mira, eso es bueno! ¿Llamamos ya a tu hermano y a tu madre? Tenemos que irnos ya.



Eran las tres de la tarde y los cuatro salían del juzgado. Micael llevaba en su mano una cartilla que certificaba su matrimonio con la nueva hija de Israel. La ceremonia había resultado fría, se parecía más a una transacción comercial que a un matrimonio, y Raquel salía del edificio toda frustrada y decepcionada.

- ¡Vaya asco de ceremonia, con lo bonito que es este día para los que vienen aquí a casarse... ya podrían desvivirse un poco más en los detalles!
- Hija, si son todas así. La ceremonia que es bonita de verdad es la religiosa, y vosotros la tendréis, de eso me encargo yo. Exclamó Sara besando a Raquel.

- ¿Puedo besar a la novia también, hermano?
- ¡Adelante!

 Jhoan, siendo fiel a su estilo, la cogió, la balanceó, la abrazó y la besó con todas sus fuerzas. Y luego lo hizo con su hermano.

- Jhoan...
- ¡Dime, hermana!
- ¿Aceptarías ser mi padrino en la ceremonia religiosa?
- ¡Será todo un honor para mí, Raquel! ¿Acaso no fui yo quien te llevó al lado de tu esposo?
- ¡Sí Jhoan, tu has sido nuestro cupido! Ahora,  solo faltas tu.
- ¿Crees que alguna vez podré conquistar de verdad el corazón de una mujer?
- ¡Quien sabe, cuñado... quien sabe... yo también soy una excelente cupido!


Y tras aquélla inusitada advertencia de Raquel, todos rieron, y se prepararon para ir al restaurante donde iban a celebrar el acontecimiento.




Las seis de la tarde y los cuatro salen por la puerta principal del restaurante Arava. La comida había sido exquisita. El plato más fuerte ha sido el preferido por todos: la pasta, acompañada de ensalada mixta, una buena sopa de pescado y como colofón el mejor vino. Para los postres, solo se apuntaron Jhoan y Raquel, los más lamineros, que eligieron castañas asadas con miel. Sara y Micael habían quedado ya muy llenos, y solo se apuntaron a los cafés, eso sí, capuchinos, muy cremosos y fuertes de contenido y sabor. Sara no parecía cansada, pero ellos tres estaban que se les cerraban los párpados.

Los coches estaban aparcados a dos manzanas de allí, así que disfrutando de un placentero paseo, se encaminaron hacia el área de estacionamiento. Sara quería regresar pronto, pues le había quedado pendiente por hacer algo muy importante, aunque no quiso decir el qué ante el insistente interrogatorio de sus hijos. Jhoan también quería regresar temprano. Deseaba hacer un poco de ejercicio en la playa antes de acostarse, e iba a retirarse a dormir temprano.
Raquel y Micael no querían regresar con tanto apremio. Ella no podía conducir el coche, pues no conocía el trayecto, y los desvíos hacia Haifa eran muchos y mal señalizados. Micael iba a ir al volante, pero dado el cansancio que llevaba en su cuerpo, su cabeza no estaba muy despejada, y prefería ir despacio y parando de vez en cuando. Así que se separaron. Jhoan y su madre partieron hacia casa y ellos se dirigieron a un pequeño mirador en lo alto de Jerusalén. El necesitaba tomar un poco de aire fresco.


- Raquel, a parte de las maletas, ¿qué más has metido atrás? Si casi no se puede cerrar el capó.
- Es un colchón de goma espuma. ¿Dónde piensas que durmamos en Hebrón?
- Pues en el mío, es bastante grande...
- ¿Dos personas de nuestro tamaño en un colchón de 80?

- ¿Para qué quieres más?
- ¡Si para mí sola ya necesito  uno más grande!
- ¡Eso!  ¡Tú lo has dicho, cuando dormías tu sola! ¡Pero es que ahora vas a dormir conmigo!
- ¿Y tiene eso que ver algo con el espacio?
- Dime, mi amor… anoche en la playa, ¿qué teníamos debajo de nosotros?
- Pues a parte de la arena... una toalla.
- Y aquella toalla no era muy grande... ¿verdad?
- Pues no, la verdad, el tamaño justo para no pringarte de arena.
- ¡Y no nos salimos ni un ápice de ella!
- ¡Micael, pero mira que eres... es distinto, hombre!
- ¿Qué va a ser distinto?
- ¡Vete a tomar el fresco, anda! Jajaja
- ¡A eso vamos, precisamente, mi amor!
- Oye... lo de dormir los dos en una cama tan pequeña, ¿no lo dirás en serio, verdad?
- Mi amor, haz la prueba,  y si no te convence la idea, entonces,  lo hacemos a tu manera.
- ¡De acuerdo, me parece justo!
- ¿Qué... nos ponemos ya en camino?
- Micael, de aquí al mirador, puedo conducir yo. Luego sigues tú.


Cuando Raquel fue a sentarse en el asiento del conductor, le dio a Micael su bolso. Este lo cogió, lo puso sobre sus piernas, y sacando de su bolsillo el librillo que certificaba su enlace, se dispuso a meterlo dentro. Raquel alargó el brazo, y en un suave movimiento le quitó el documento de la mano. Ella lo miró, sonrió, y se lo llevó al corazón.


- ¿Que... todavía no te has hecho la idea de que estás casada?
- Estoy intentando asimilar y convencerme de que todo esto no es un sueño. ¡Soy tan feliz mi amor, que me da miedo despertar!
- El único sueño que hay aquí es el mundo que nos rodea y en el que estamos inmersos, pero nosotros vivimos nuestra propia realidad, la de nuestro corazón, y todo ser humano vive la suya. Raquel, en nuestro corazón hay Amor, y por lo tanto vivimos y viviremos el Amor. Hay Servicio, y nuestra vida es y será un continuo servicio a la humanidad. Hay Entrega, y cuando llegue el momento, nos entregaremos. Hay Luz, mucha luz, y con nuestra entrega final iluminaremos al mundo. Raquel, anoche, en la playa, tú y yo nos encontramos, nos amamos, nos fundimos el uno en el otro, pero además nos consagramos al Amor, y nos hemos convertido en sus sacerdotes, en sus instrumentos, y EL se hace nuestro  servidor.
- Micael... si ya de por sí nos cuesta tanto comprender... ¿cómo podemos pretender iluminar al mundo?
- ¿Acaso crees que Jhasua fracasó en su intento?
- ¡No, claro que no!
- ¿Y por qué crees que no? ¿No fue acaso un hombre sencillo como nosotros? ¿Qué es lo que a él le hizo especial?
- ¡Su corazón! En su corazón, en su mente, en su cuerpo y en su alma, solo había amor.
- ¿Acaso nosotros no lo tenemos? Mi amor, como tú bien sabes, él, como ser humano era limitado, como nosotros, pero descubrió su corazón, lo conoció, lo amó, se entregó a él, le escuchó, le comprendió y se identificó con él, y se hizo UNO con El.  Jhasua, como ser humano, solo se entregó, y dio su vida plenamente consciente, aunque la gran mayoría piense que se la quitaron. Y el que hizo todo lo demás, el que obró el gran milagro, el gran cambio en la humanidad, fue su Corazón. Y nosotros, mi amor, tenemos también un corazón repleto, y nuestros cuerpos son copas llenas, griales colmados de luz, y en nuestra sangre hay Vida, y si nuestra existencia es una entrega constante y consciente al AMOR, y con alegría, SOMOS EL.
- Micael, todo lo que me estás diciendo lo siento en mi corazón, pero solo cuando lo he oído de ti, lo he comprendido. Tienes una forma de hablar, de expresarte, maravillosas...
- Tu también Raquel, lo que pasa es que lo apreciamos más en los demás que en nosotros mismos. En el momento en el que conectas con tu Corazón, maravillas salen por tu boca.
- ¡Dios mío, Micael... cuanto te pareces a él!
- ¿En tan alto pedestal me tienes, mi amor?
- Ni a él le puse nunca en uno, ni a ti tampoco. Los dos sois maravillosos, y en el único sitio donde os he puesto es en mi corazón.
- ¿Cómo llevas el estar enamorada de dos hombres a la vez?
- ¿Estás celoso?
- Pues... un poquito sí.
- Mi amor... a él le amé con locura, y le sigo amando, pero ahora sé que no estuve enamorada de él. A ti te amo con toda mi alma, pero de ti sí que me he enamorado, quizás porque te conozco, porque te siento y me identifico contigo.
- Mi amor, lo de que estaba celoso, era una broma.
- ¡Pero lo que te estoy diciendo yo es una verdad como un templo!
- ¡Lo sé, Raquel... lo sé!
- Y yo también sé, y creo no equivocarme, que tú conoces a Jhasua perfectamente.
- ¡Pues no, no te equivocas! ¿Y cómo has llegado a esa conclusión?
- Por la forma en la que hablas de él, las cosas que dices... cosa que me extraña mucho, porque tú eres judío, al menos has recibido una educación determinada...
- ¿Y eso que tiene que ver? ¡Yo soy yo! Exclamó Micael sonriéndole.
- ¿Y cuando le conociste? ¿Fuiste tú también uno de los que convivimos con él hace 20 siglos?
- Bueno... más que convivir… ¡fuimos uña y carne!
- ¡Caray! ¡No sí… ya me parecía a mí!
- ¡Pero no solo de entonces, sino desde siempre! ¿Acaso tu no?
- Bueno sí... y lo digo muy bajito para que no se entere la de arriba (señalándose con la mano la cabeza) creo que yo también le conozco desde mucho antes.
- ¿Y por qué no quieres que tu mente lo sepa?
- Ella hace lo que puede, y bastante bien, pero todavía está algo colgadilla del ego, ¿me comprendes? En según que momentos se cuelga demasiado de los personajes en vez de quedarse con la esencia, con su aprendizaje.
- Raquel... ¿y qué? El ego forma parte de nosotros mismos, como nuestro corazón. Es cierto que a veces es nuestro enemigo, pero también es nuestro mejor amigo y maestro. El nos ha hecho grandes. Nuestro ego es gigantesco, pero no por ello debemos tenerle miedo, sino todo lo contrario, amarlo. ¡Sí, AMARLO y PONERLO AL SERVICIO DE NUESTRO CORAZON! Si somos quienes somos, si hacemos lo que hacemos en esta dimensión, es por él. El ha sido el fiel guerrero que nos ha ido abriendo el camino. Pero todo guerrero cae herido en las batallas y vuelve cansado a casa, y allí está su gran amor, su querido corazón, que le cura y alivia las penas. Si de vez en cuando tu guerrero necesita recordar viejas batallas, déjale y escúchale con amor, porque cuando se recupere te lo devolverá con creces.
- Micael, mi amor... qué ganas tengo de llegar a conocerte del todo enterito...
- ¡Y yo también a ti! Y esto me recuerda que tenías que contarme algo relacionado con tu trabajo.
- ¡Huy, es verdad! Pero si es que no sabes nada de tu mujer.  ¡Ni yo de ti! ¡Y estamos casados...! ¡Pero mira que somos raros...!
- Eso de que no sabemos nada el uno del otro… no es real. ¡Nos conocemos perfectamente! Pero la mente… es mucho más lenta. Hay que darle tiempo.
¡Eh... cuidado Raquel, no vayas a la derecha, es todo recto! Puedes empezar a contarme el por qué viniste a Israel, por ejemplo...
- Vine buscando una respuesta a todas las experiencias, sueños y revelaciones que he tenido desde niña. Todo comenzó cuando tenía tan solo cuatro años, pero la experiencia que más me marcó fue la que tuve aquí, en Jerusalén, cuando tenía nueve años. Esta fue física, real.
- ¿Habías estado anteriormente aquí?
- Sí. Entonces vine con mis padres. Sólo estuve dos días, pero quiero contártelo en casa, al volante no puedo concentrarme. Sigo con lo del trabajo... Terminé los estudios de medicina a los 25 años, y enseguida comencé con la especialización. Hice pediatría. Tenía verdadera vocación, y me entregué a ella en cuerpo y alma. Cuando salía del hospital, iba a casa y seguía con los libros. Entonces vivíamos juntos en un piso David, Salomé, Juancho, Antonio, Marcos y yo. Un buen día, para relajarme un poco, empecé a escribir en un papel todos mis sentimientos, emociones, pensamientos y tristezas, y observé que rimaba perfectamente, y no solo eso, sino que al recitarlas, sonaba una melodía determinada en mi cabeza. El siguiente paso fue coger una guitarra, y allí comenzó todo. Mis amigos me animaban a que cantase mis canciones en las fiestas y reuniones, luego vinieron las discotecas y en algún que otro concursillo de radio que de tiempo en tiempo había en Madrid. Y lo hice, me gustaba. Pero la cosa fue a más. Mis canciones gustaban, también mi voz y mi estilo, y empezaron a surgir contratos para actuar a las noches y fines de semana en salas de fiestas.
Ya entonces empecé a tener problemas con mi trabajo en el hospital. Dormía muy poco debido a mis compromisos, y en el trabajo no me concentraba como debía. Así que opté por dejar lo de la canción. Llevaba así un año cuando me llamaron de una discográfica francesa. Habían visto la grabación de una actuación mía en público, y les había gustado muchísimo. Me ofrecieron mucho dinero si firmaba un contrato con ellos.

Para mí fue una gran tentación, pues me gustaba cantar, pero sobre todo, salir a un escenario. Allí me transformaba en otra mujer, no muy distinta a como soy, pero sí más redimensionada. Estuve a punto de firmar, pero... el hecho de tener que dejar a mis amigos, el hospital, y lo más importante, mi corazón, no estaba del todo conforme, así que abandoné, y seguí con la especialización. Y terminé pediatría. Era el momento de decidir, si quedarme a trabajar como especialista en el hospital o abrir una consulta particular con una compañera. Por entonces también quería venir a Israel, pero no tenía dinero, y me daba palo el pedírselo a mis padres, así que le pedí ayuda a mi corazón, y si yo estaba tan confusa que era incapaz de interpretar sus deseos, al menos que me lo hiciera saber de alguna manera.

- ¿Y qué pasó?
- Fue automático. El padre de Marcos estaba entonces en la ejecutiva del Corazón Púrpura Internacional, que es ahora donde está él, ya lo sabes, y como su hijo le había hablado del tema en cuestión, un buen día me llamó y me hizo una propuesta que yo acepté encantada y sin duda alguna.
- ¿Y cual fue?
- ¿Nervioso, eh... Micael?
- ¡Intrigadísimo!
- Pues la propuesta fue la siguiente: A él y a unos cuantos directivos más les había gustado mucho mis canciones, y pidieron la opinión de un crítico musical conocido de ellos. Y se decidieron. Yo firmaba con el Corazón Púrpura un contrato indefinido de trabajo como profesional médico especializado, y con una retribución cuatro veces mayor a la establecida. A cambio, todas las canciones que yo compusiera pasarían a ser de la institución, así como todos los derechos y beneficios, salvo un tanto por ciento que me darían a mí.
- ¿Pero tu seguiste en el hospital, o continuaste con tus actuaciones?
- Yo seguí trabajando como médico, es lo que realmente deseaba. Mis canciones las cantan otros. Hay algunos cantantes que les dan más fuerza que yo, pero hay otros que las destrozan... pero bueno, la cosa es así.
¡Y funcionó…y muy bien...! y lo que más me ilusionaba es que con mi trabajo musical la institución podía invertir en obras sociales.
- Raquel, ¿y cómo sabes que esos beneficios son empleados de esa manera?
- Yo también tuve mis dudas, y se las confié a Marcos. El me dijo que su padre en persona llevaba el tema, que podía confiar plenamente en él. Y así lo hice. Cuando murió su padre, Marcos siguió con el tema, y hasta la fecha.
- ¡Si Marcos está detrás de todo, entonces no hay ninguna duda! ¡Es un hombre de ley, de los nuestros! Pero sigue... sigue...

- Pues seguí con mi trabajo y componiendo, pero la idea de venir para Israel me golpeaba continuamente la mente. Yo no quería venir solo a pasar unos días, sino a quedarme una larga temporada. Así que hablé con ellos y me dijeron que sí podrían concederme dos años sabáticos, pero para ello debería estar cuatro años trabajando sin coger un solo día de vacaciones. Las normas eran las normas, y el padre de Marcos no podía hacer una excepción conmigo. Y lo comprendí perfectamente, pero aún así lo acepté. A ellos les pareció una locura, pero mi horario era de ocho horas, salvo los fines de semana que tenía guardia en urgencias, y podía tener mis momentos de relax. Y he estado estos cuatro últimos años entregada en cuerpo y alma al trabajo y al hospital. Por eso, cuando llegué aquí, estuve un mes tocándome la barriga. Necesitaba descansar, más bien hacer otras cosas, desintoxicarme un poco. ¡Dos años por delante de vacaciones, y pagadas...!

- ¿De vacaciones dices?
- Bueno... por lo menos pagadas sí. Jajaja
- ¿Y cuando acaben esos dos años, qué harás?
- No lo sé mi amor... ¡ahora depende de los dos! Así que  dispones de un buen sueldo, y no hace falta decirte que todo lo que tengo es tuyo. No soy millonaria, pero tengo dinero suficiente. Además, la institución, como estos dos últimos años ha tenido muchos beneficios por mis canciones, me han dado un dinerillo muy apetecible, y que puedes invertir en lo que haga falta. Incluso también he pensado,  que con mi sueldo, podríamos vivir perfectamente los tres, y así Jhoan podría dejar el hospital y  trabajar contigo, que es lo que más desea. Y si se necesita más dinero, siempre estará el chalet, la casa de mis padres y la de mis tíos, en Madrid. ¿Te imaginas, Micael, que pudiéramos trabajar los tres juntos?
- ¡Sería maravilloso, Raquel! Pero Jhoan solo me ayuda, él no quiere implicarse en lo que estoy haciendo.
- ¿Y eso?
- Jhoan está convencido de que con mi trabajo en Hebrón, estoy perdiendo un tiempo precioso que debería utilizar en hacer otras cosas, que realmente son las que hemos venido a hacer. El lleva detrás de mí, intentando convencerme, mucho tiempo. Pero yo no lo veo claro, Raquel. Sé que tengo que hacer ciertas cosas, pero no sé si debo concluir mi compromiso con esta gente. Le he pedido al Padre que me muestre el camino y el momento, y mira... la primera respuesta has sido tú, y precisamente para apoyarme en el hospital.
- ¿Micael... cuales son esas otras cosas que has venido a hacer?
- ¡Lo sabrás enseguida, mi amor, espera a la señales del Cielo! Además, tu corazón lo sabe perfectamente, pero tu mente no lo acepta. Mi amor... ve parando, ahora hay que desviarse hacia la derecha. Estamos llegando.
- ¿Es aquello que está bordeado con una barandilla marrón?
- Sí, ese es el mirador 

Micael contestó a Raquel frotándose la cara con las manos. Sus ojos estaban vidriosos y un suave llanto se derramó por sus mejillas.

- ¿Te sientes mal Micael? ¿Qué te ocurre?
- Estoy sintiendo, Raquel. Por dentro mi cuerpo es un volcán de energía, de emociones, de sentimientos, y estoy vibrando como nunca lo he hecho. Pero mi cuerpo no está en condiciones, y la reacción está siendo dolorosa. ¡Tengo un dolor de cabeza fortísimo!
- ¿Te pasa esto con frecuencia? ¿Puedes evitarlo de alguna manera?
-No, mi amor... no quiero evitarlo, deseo entregarme a ello, es maravilloso. Aquí fuera me relajaré y se me pasará.
- ¿Qué es lo que te ha puesto así?
- ¡Tú, Raquel, has sido la que me has hecho vibrar de esta manera!
- ¡Pues no sé si debo alegrarme... o deprimirme!
- Raquel, mi amor... tú eres mi consuelo, mi alegría, mi fortaleza, mi descanso, mi vida... lo del cuerpo tiene fácil solución: tus manos, tus cuidados, dormir mucho y algo de tranquilidad. Y ahora contigo a mi lado, voy a transformarme de nuevo en el tío guaperas y cachas que he sido siempre, jajaja.
- Y un poco de ejercicio físico también te iría bien.
- Un poco no, más bien mucho. He sido siempre un gran deportista. ¿Qué... salimos fuera?
- Sí vamos, aunque está todo muy solitario, qué raro...

- Desde que construyeron el nuevo, que está un poco más abajo, todo el mundo va a él, pero a mí me sigue gustando más éste, el viejo, es más auténtico. Mi amor, ponte algo por encima que por aquí sopla el viento, y a estas horas viene el aire frío.


Salieron del coche, y como advirtió Micael, una suave y fría brisa les envolvió. Se acercaron al mirador y pudieron contemplar a toda la ciudad. Era un espectáculo precioso. El corazón de ella se estremeció y unas lágrimas asomaron por sus ojos. Rodeó a su marido por la cintura y lo apretó contra ella. El la abrazó y apoyó el rostro sobre su cabeza.


- ¿Viejos recuerdos, mi amor...?
- Sí, tristes, pero también muy hermosos.  

Y él la besó y abriéndose unos cuantos botones de su camisa blanca, dejó al descubierto un colgante de cuero. Se lo quitó y abrió la diminuta bolsita que colgaba del mismo. Vació el contenido en la palma de su mano y la cerró llevándosela a su corazón y mirando con inmensa ternura a su mujer.


- Mi amor, estos aros los llevo conmigo desde hace mucho tiempo, aquí, a la altura de mi corazón. Cuando sucedió lo que ya sabes, pasé varios días entre la vida y la muerte, con fiebre muy alta y delirando. Pero tuve una revelación que es la que me ha mantenido ilusionado hasta hoy. Tuve un sueño en el que una mujer venía a mí, vestida de blanco y cubierto su rostro por un velo azul. Yo estaba en medio de un gran círculo con mi cuerpo desnudo en actitud orante y con dos aros en mi mano. Estaba rodeado de hombres vestidos de negro, con una serpiente dibujada en su dorso, con un cuchillo en su mano derecha y en su izquierda, asiendo con una fuerte cadena, a tres lobos, que con sus dentelladas al aire acariciaban un próximo alimento. Yo les gritaba preguntándoles qué hacían allí, por qué me tenían así... y una voz que surgió de entre ellos me sentenció: “Tu eres el cordero a quien despedazaremos para dar de comer a las fieras”. Yo, entonces, sentí un escalofrío en mi cuerpo, pero de mi corazón salió una rosa roja, y aquélla mujer de blanco se acercó a mí, me cogió la flor y la llevó a su corazón, y me tendió su mano. Se metió conmigo en el círculo, me pidió que pusiera en su dedo una alianza, y cuando lo hice, me abrazó, y con su velo azul nos cubrimos los dos, y con voz embriagadora, cálida y susurrante me dijo: “Soy tu amada, y vengo a ti porque existo por ti, para ti y en ti”.

Y entonces yo amé mi destino, y me entregué con ella a las fieras. Cuando desperté, sentí mi cuerpo herido, pero mi corazón y mi alma saltaban de gozo. En cuanto pude andar y salir a la calle, fui al taller de un artesano en joyería y le encargué que me hiciera dos alianzas exactas a las del sueño. Era un diseño un poco extraño, me dijo, pero hizo una obra de arte. Sabía que esa mujer aparecería, y cuando cogiera la rosa de mi corazón, yo le pondría la alianza en el dedo. ¡Y tú eres esa mujer, Raquel, mi amada y mi esposa!

Raquel le escuchaba atónita. No había ninguna expresividad en su rostro, pero sus ojos miraban fijamente a Micael. Este la contempló unos instantes, y ante la inmovilidad de su mujer, la acarició, y cogiéndole su mano izquierda, le puso uno de las alianzas en el dedo corazón. Cuando ella se la vio puesta, se echó a llorar nerviosamente y se abrazó a su marido.

- Mi amor, me gustaría que tú me la pusieras a mí... ¿pero qué te pasa, por qué estás así...?
- ¡Dámela, Micael, quiero ponértela!  

Y él, sin dejar de mirarla, alargó su mano y aquélla alianza, hecha de roble, ribeteada por finos remates de oro y con un pequeño zafiro rojo en el centro, se deslizó por su dedo.


- Micael, ese sueño tuyo, es el mismo que tuve yo hace mucho tiempo, y estas alianzas... estos anillos yo ya los conocía. Es el mismo que el príncipe de mi sueño me pone en el dedo y con el que me hace su esposa. ¡Dios mío, Micael... eres tú... en realidad nos desposamos ya hace mucho tiempo...! ¿Pero, qué está pasando...?
- Que un príncipe ha encontrado a su princesa, y una princesa ha encontrado a su príncipe.
- Micael, ¿qué significa el sueño? ¿Por qué en el sueño tienen que sacrificarte? ¿Por qué aquéllos hombres quieren hacerte daño?
- ¡Tu ya lo sabes, Raquel, tú vienes a mi encuentro y te entregas conmigo!
- Pero es un sueño, mi amor, no tiene por qué ser realidad.
- ¡Mírame, Raquel! ¿Acaso yo no soy real? ¿Tú no eres real? Tú sabes tan bien como yo la verdad, la sientes y la vives en tu corazón, pero tienes miedo a afrontarla, y lo entiendo, porque yo a veces también lo tengo. Las dentelladas son muy dolorosas.
- Pero Micael, ¿vas a tener que pasar por lo mismo otra vez... pero es que vas a tener que morir? ¡No, Micael, no, pasar por la misma pesadilla otra vez no, no quiero!
- Raquel, lo que viviste con tu amigo, no tiene nada que ver ni contigo ni conmigo. Entonces fuiste una muda y doliente testigo de cómo torturaban y acababan con la vida de ese gran amor, pero ahora no, Raquel. Sí, por ser un testigo del Amor en este mundo habré de pagar un alto precio, pero no al amor, sino a la ignorancia, pero yo te pido que estés a mi lado, que lo compartas conmigo, que bebamos juntos de la misma copa hasta apurarla. Sí, yo soy el príncipe que ha sido preparado para morir, para entregarse, para darlo todo. Y yo ahora te pregunto, Raquel, ¿estás conmigo?

- ¡Estoy contigo, mi amor, e iré donde tu vayas, y si hay que descender a los infiernos, contigo iré! Pero dime, así como hemos de apurar la copa del dolor, ¿nos saciaremos también con la del Amor? ¿Podré tener un tiempo para amarte?
- ¡Los tres cuartos de la mitad, un año por cada uno de los elementos más uno! ¡Cinco años!
- ¿Pero desde cuando?
- Desde este momento.
- Micael, ¿quien eres realmente... con quien me he casado?  

El, sujetándola muy fuerte por los hombros, sonriéndole con la mirada, con el alma y con el corazón y besando sus ojos con los suyos, le respondió:
- ¡Soy tu príncipe, mi vida, tu gran amor!


Y quedaron nuevamente abrazados. Juntos vieron la puesta del sol y cómo sus últimos rayos bañaban en oro los tejados de toda Jerusalén

EN EL SILENCIO DEL DESIERTO: CAPÍTULO 6 .- MAR PROFUNDO Y MISTERIOSO



Cerraron la puerta de acceso al huerto y, mientras Micael subía a la habitación, Raquel quedó sentada en una silla del salón. La casa estaba en silencio. Sara y Jhoan debían estar ya en un profundo sueño. El bajó enseguida, apagó la luz del salón y cerró suavemente y con mucho mimo la cerradura de la puerta.

- Solo hay que bajar esta pequeña cuesta, y ya estamos.

- ¡Pero qué oscuro está todo!
- Raquel, tener miedo a la oscuridad es como temerse así mismo.
- Acepto que tengo mis miedos…, pero a mí misma, no creo.
- Pues entonces no le temas al mar. Su vientre es como el de una mujer. Hay oscuridad, pero también vida, amor, calor, pasión, entrega, sacrificio. Si te entregas a ella, sin miedo, con plena confianza, ella te alimenta, te abraza, te acaricia.
- Pero Micael, todos sabemos que dentro del mar hay bichitos y bichejos.
- Ellos son también nuestros hermanos. Si tu no les haces ningún daño, te respetan, más aún, se acercan a ti, pero no para comerte, sino para nadar contigo, para jugar a tu lado.
- ¿Y qué me dices de los tiburones?
- Este no es su territorio, Raquel, pero te aseguro que cuando reaccionan con violencia, es porque la han recibido. Si les das amor, y sobre todo respeto, nunca se cruzarán en tu camino. Y cambiando un poco de tema, ¿has dejado algún corazón roto en España?
- Más bien me lo han roto a mi, pero en fin… ¿Quieres decir que si he dejado a algún novio?
- ¡Claro, a eso me refiero!
- ¡No, no he dejado a ninguno! Nunca lo he tenido.
- ¿No has deseado tener un esposo, una familia, un hogar?
- No tengo nada contra el matrimonio, pero lo he tenido muy claro siempre. ¡Quiero ser libre! no deseo tener ataduras, sobre todo con hijos. Vivo entregada a mi vocación, la medicina, pero sobre todo al que yo considero mi destino: ¡Hacer la voluntad de mi corazón! Si en un momento dado tengo que entregarlo todo, no quiero que nada ni nadie pueda impedírmelo.
- ¿Y desde cuando alimentas esa idea?
- Desde que tengo uso de razón, pero la consolidé hace 22 años. ¿Y tú Micael, has tenido alguna relación?
- En los tiempos de prestigio profesional sí, hubo una mujer en mi corazón, pero no quise profundizar en esa relación, porque al igual que tu, quería ser libre para hacer mi trabajo. Aquélla mujer reaccionó mal, apartó de mí a todos mis amigos y fue la que me metió en aquélla encerrona.
- ¿Pero cómo pudiste enamorarte de una mujer así, Micael?
- Me enamoré de su corazón, pero algo le sucedió, que se lo llenó de odio.
- ¡El despecho!
- Es posible, si.
- ¿Y qué sientes ahora por esa mujer?
- ¡A pesar de lo que hizo conmigo, sigo confiando en ella, espero que algún día se de cuenta!
- ¿Y ahora, Micael, has cambiado de idea respecto a este tipo de relación?
- He renunciado a un hogar, a unos hijos, pero no a la mujer que me ame y que quiera compartir conmigo.
- ¿Compartir contigo el qué?
- La entrega incondicional al mundo y al amor. ¿Eres tú, Raquel, esa mujer, quieres serlo?
- ¡Sabes que si! ¿Pero y tu… lo deseas también?
- ¡Mi corazón y yo te hemos elegido a ti! ¡No podía ser de otra manera!
- ¿Y no te importa que mi corazón lo comparta con otro?
- Mientras ese “otro” sea el de la figura sin rostro, no, no me importa. Y a ti, Raquel, ¿tampoco te importa que comparta mi corazón y mi amor contigo y con el mundo?
- ¡Si tienes amor para tantos, tampoco!


 Micael volvió a besarla, y aunque el vientre del mar parecía oscuro y frío, el de Raquel parecía puro fuego.

Pero la sentía confusa, desbordada por las emociones.  Raquel se había entregado con su corazón, pero su mente, sus pensamientos necesitaban un reajuste, una comprensión de todo lo que estaba viviendo. Guardó silencio, pero se había propuesto hablar con ella en profundidad al resguardo de la noche, en compañía de la Madre de todas las emociones, la Mar.

- Ya hemos llegado. Mira, en este trozo el agua solo cubre hasta el cuello, y esta noche está muy tranquila, y no hay bichos...

- ¿Y qué me quieres decir con eso?
- Que puedes meterte tranquilamente.
- ¿Meterme yo? ¡Ni lo pienses, yo solo he venido a acompañarte!
- Pues yo me meto ahora mismo.

Y dicho esto, Micael se descalzó, se desnudó y cogiendo carrerilla fue a encontrarse con los brazos abiertos con su querida mar. Raquel le seguía con la vista, pero pronto empezó a inquietarse. Le había perdido. La oscuridad era total.


- ¿Micael, sigues ahí?

- ¡Sí, todavía no me han comido, no deben tener mucha hambre! ¡Vaya amor el tuyo, dejándome aquí solo y abandonado ante el peligro! ¡Si vienen los tiburones... que me coman a mí solo!   Jajaja
- ¡Está bien, tú has ganado, ya me meto, pero tendrás que salir a buscarme! ¡No pienso entrar ahí sola!
- ¿Qué... me ves ahora? ¡Pues venga, ánimo, que el agua está calentita!  

 Raquel, muy lentamente y tanteando el terreno marino, se fue introduciendo. Poco a poco iba acercándose a Micael, y aunque la temperatura era muy agradable, su cuerpo temblaba. Era su cercanía a él la que le estremecía.

Por fin llegó a su lado, y él, sintiéndola, se acercó y la abrazó con dulzura.
- Raquel, mi amor, siénteme y déjame que te sienta a ti. Yo también quiero acariciar tu cuerpo, besar tu piel, sentir en mi pecho los latidos de tu corazón, entregarme a ti...

Y ella se dejaba hacer. Se abandonó en sus brazos. Sentía bajo sus pies la fuerza y la profundidad del mar, pero ya no tenía miedo. Pasara lo que pasara, estaba con él, entre sus brazos. Micael la amaba con el alma, con el corazón, y ella ya no pudo más. El volcán que llevaba en su vientre entró en erupción, y sus manos, su cuerpo, su boca y sus pechos clamaban por él.




Micael la cogió en brazos y salieron del agua. La tumbó sobre la arena de la orilla y también lo hizo él. Sus cuerpos se fundieron, sus bocas se abrieron, y del vientre de él salió fuego, que como un rayo penetró con fuerza en el mar oscuro, pero lleno de vida y pasión de Raquel. Los dos entrelazados, entregándose el uno al otro, y el mar, poco a poco iba ganando espacio en la arena, acariciando con sus labios puntillosos de espuma blanca a los cuerpos de los dos enamorados. Y así, en esta mutua entrega, pasaron los minutos. Una pequeña gaviota sobrevoló por encima de ellos y fue a posarse muy cerca de sus cabezas. Con su graznido atrajo la atención de Micael, que levantando sus ojos hacia el Cielo observó que estaba amaneciendo.


- Raquel, mi amor, mira... ¡está amaneciendo para ti! ¡Nuestro Padre te está felicitando! ¡Es tu primer regalo de cumpleaños!

- Sí, Micael, es la primera vez que veo un amanecer tan bonito, pero no es el primer regalo que he tenido. ¡Has sido tú, mi amor, el primero, y el más hermoso que he tenido en mi vida!
- ¡Cuanto he deseado Raquel, que llegase este momento!   

 De nuevo quedaron entrelazados, pero el agua del mar se había propuesto enviarlos de nuevo a casa, y  un nuevo y fuerte impulso del oleaje cubrió por completo a los dos enamorados, quienes se incorporaron rápidamente.

Micael no quería volver todavía a casa. Sabía que Raquel necesitaba equilibrar y asentar sus emociones, intensas, diversas y totalmente nuevas. La sentía desbordada y pletórica, y era el momento propicio para profundizar mucho más entre los dos. La tomó de la mano, y guardando la toalla y echándose por encima los jerseys que habían cogido de casa, la llevó a un agradable rincón entre rocas que les protegería de miradas curiosas desde el paseo de la playa.

- Es pronto todavía para volver. Dejemos que mamá y Jhoan duerman un poco. ¿Te apetece que nos quedemos un ratito a hablar? ¿O prefieres volver, Raquel?

- No tengo frío ni sueño, y sí, prefiero estar aquí contigo un ratito más en la playa. Ahora que está amaneciendo, me gusta más… jajaja. Lo del mar en la noche, no termina de convencerme…

Micael la miraba intensamente. Sus ojos la amaban, y su sonrisa la abrazaba. Era tanto lo que quería compartir con ella… había esperado tanto tiempo a su amor… con el que un día soñó y día tras día la había guardado en su alma… Sabía perfectamente lo que bullía en el corazón de ella.


- ¿Qué sientes, mi amor?

- Si te dijera todo lo que siento, Micael, es posible que te echaras a correr.
- Nunca echo a correr. Mi paso es sereno, pero seguro… dime, ¿qué sientes ahora?
- Siento que estoy sumergida en un sueño, el más hermoso que podría imaginar.
- Todos estamos viviendo en un sueño, Raquel. Esta realidad no es la “real”. Tanto tú como yo nos hemos despertado en el sueño, sabemos que todo lo que vemos, tocamos y experimentamos pertenece a este sueño, pero sabemos perfectamente cual es nuestra verdadera realidad.
- ¡La que vivimos en nuestro Corazón, que en realidad es lo que SOMOS!
-¡Así es, Raquel! Y quiero CONOCERTE, pero a través de tu corazón.
- Micael, te amo, profundamente, incondicionalmente, sé que tu lo sabes, como también siento y sé de tu amor por mí. Lo que hemos sentido los dos dentro del mar… ¡es indescriptible! No hay palabras para definirlo, ni tan siquiera mi mente es capaz de razonarlo. Pero sí mi corazón. El si que sabe. Lo que pasa es que muchas veces le vuelvo la espalda, le traiciono, pues me inquieta, me provoca cierto temor…
-¿Temor de tu propio Corazón, de la QUE TU ERES?
- Sí. Micael. Es posible que “temor” no sea la palabra más adecuada para definir lo que siento. Es más bien la incapacidad de mi mente y de mis emociones de digerir toda la grandeza del SER que quiere manifestarse. Y cuando estoy contigo, Micael, esa pulsación del Ser por manifestarse y dejarse oír es mucho más fuerte. Cuando estoy contigo, mi mente guarda silencio, porque mi Corazón toma las riendas y no la suelta.
- Contigo me pasa exactamente lo mismo, Raquel. Se que necesitas tiempo, y yo estaré a tu lado, y juntos, día a día, nos iremos descubriendo, y será maravilloso, mi amor. Dra. Reyes… ¿quiere ser mi esposa?
-¡Claro que sí, Micael, claro que si…!

El murmullo de una conversación ajena en la distancia, puso en guardia a Raquel, que viéndose casi en ropas menores, se levantó a toda prisa de la arena y comenzó a vestirse a toda pastilla.


- Micael, por allí me parece ver gente, y vienen hacia aquí, ¡horror... van a vernos y estamos casi sin ropa encima!

- ¡Vaya problema, no pasa nada mi amor!
- ¡Pues a mi me da una vergüenza de espanto!
- Tenemos tiempo de sobra, no te preocupes.

Raquel se vistió con la rapidez de la luz. ¡Visto y no visto! Y Micael, al contemplarla se reía. Como bien decía él, tuvieron tiempo de sobra. Se encaminaron hacia el pequeño paseo del embarcadero y se cruzaron con ellos. Era Ezequiel, un vecino de siempre, con sus dos hijos. Estos habían ido a pasar el fin de semana con sus padres, y aprovechaban, desde muy temprano, para pescar. Era su deporte favorito. Intercambiaron unos minutos. Hablaban muy deprisa, y algunos vocablos eran desconocidos para ella. El hombre mayor se reía constantemente, y sus dos hijos no le quitaban los ojos de encima. Al final, un choque de manos y un ¡hasta más ver!, y cada cual siguió por su camino.


- ¿Qué, te has enterado de algo?

- ¡De nada, hablabais muy deprisa!
- Sí, es cierto, pero además lo hemos hecho en un dialecto de aquí.
- ¡Caray... pues lo tengo bastante crudo con vuestro idioma!
- ¡No te preocupes, doctora, yo te enseñaré!
- ¿Y de qué hablabais?  El hombre mayor no paraba de reírse.
- Hacía  tiempo que no sabía nada de mí y de Jhoan. Es un buen hombre, vecino de siempre, y se ha sorprendido al verte a ti y me ha preguntado si eras mi novia.
- ¿Y qué le has respondido?
- ¿Qué le iba a decir?  Pues la verdad, ¡que no lo eres!

- ¿Ah no...?  Respondió tímidamente y un poco confusa Raquel. Micael le levantó la barbilla con la mano y acercó su rostro hacia él, y mirándola sonriendo  le contestó:

. ¡No, claro que no! ¿Acaso no eres ya mi mujer? ¡Eso es lo que le he respondido! Porque... y te lo vuelto a preguntar ¿deseas tú, Raquel, ser mi mujer, mi esposa?
- ¡Pues claro que sí Micael, si quiero, sí quiero! Raquel se echó a llorar abrazándose a él con toda su alma.
- Dra. Reyes,  ha hecho el hombre más feliz de la tierra. En cuanto lleguemos a casa, habrá que decírselo a mi madre. Por nada del mundo quiero que se entere por terceras personas, y en este pueblo, las noticias corren como la pólvora.
- ¡Dios Santo!  ¿Y que pensará tu madre? ¡Ha ocurrido todo tan deprisa! Espera un poco Micael, sentémonos un rato y hablemos... lo necesito.
- ¡Qué, mi amor… te estás echando atrás! Preguntó maliciosamente Micael.
- ¡Mira que eres malo!  Es que no hace ni diez horas que nos hemos conocido, y ya estamos como quien dice, casados. ¡Yo misma alucino! ¡No sé qué está pasando!
- Mi madre ya no se asusta por nada, Raquel. Con hijos como nosotros, ¡ya está curada de todo! Además, lo nuestro no ha sido tan precipitado.
- ¿Ah no...?
- Es cierto que solo hace unas horas nos hemos reconocido, pero ¿no tienes la sensación de que nos conocemos y nos amamos desde siempre?
- ¡Si, Micael, claro que sí, mi corazón lo sabe, pero mi mente alucina, y además, el resto de la gente no está en nuestros corazones y alucinarán más que yo! Les costará comprender.
- ¡Ya lo harán! Pero en el caso de mi madre y de mi hermano, cuando vean la felicidad que resplandece en mi rostro y la vida que le has devuelto a mi cuerpo, compartirán la dicha con nosotros.
- Micael, ¿qué hora es? Me ha parecido ver luz en el salón de tu casa.
- De nuestra casa, mi amor. Son las cinco y media, pero es muy temprano todavía para que mamá esté levantada.


Cuando entraron en casa, olieron a café recién hecho y pan tostado. Fueron hacia la cocina, y allí estaba Jhoan, preparándose lo que parecía un desayuno.


- ¿Pero de dónde salís vosotros? Yo os creía durmiendo.

- Todavía no. Cuando acabó la sesión de masaje, nos fuimos a pasear por la playa, y se nos ha pasado el tiempo volando. ¿Y tú, hermano... te levantas ahora o todavía no te has acostado?
- Iba a hacerlo ahora mismo, pero tenía hambre. Los apuntes me han llevado más tiempo de lo previsto. Casi me vuelven loco. ¿Os apetece desayunar a vosotros también?
- ¡Sí, y encantados de la vida!
- Pues ven aquí, hermanito, y ayúdame a tostar más pan.
- Ya voy yo, Jhoan.
- ¡Tu quieta ahí, que eres una invitada!
- ¡Ya no, hermano!
- ¿Qué no es una invitada? ¿Qué me quieres decir? Preguntó intrigadísimo Jhoan mirando a su hermano.
- ¡Que ya es una más de la familia! ¡Que es mi esposa... y tu hermana!


Jhoan se quedó mirando perplejo a su hermano. Fue hacia él, le cogió el rostro entre sus manos, le atravesó con sus ojos azules profundos, y unas lágrimas acompañadas de una amplia sonrisa iluminaron su rostro. Estalló en un grito de alegría y abrazó fuertemente a Micael.


- ¡Micael, hermano, Dios… que alegría me has dado! ¡Soy enormemente feliz por ti!


Y yendo seguidamente donde Raquel, la cogió, la balanceó, y la abrazó con todas sus fuerzas.


- Doy gracias al Cielo por haberte enviado a nosotros, Raquel. Mi corazón lo sabía desde el principio, y el muy jodido no se equivocaba. ¡Bienvenida, hermana, bienvenida a nuestra casa, a nuestra vida y a nuestros corazones! - ¡Habrá que decírselo a mamá enseguida!

- Cálmate, Jhoan, si sigues gritando la vas a despertar.
- Es que me habéis dado una alegría muy grande, y necesito gritar, si no, reviento.
- ¡Tranquilo, Jhoan... ven aquí, y siéntate, ya sigo yo con las tostadas!
- ¿Y por qué no llamamos a mamá? No le importará en absoluto el madrugón cuando sepa la noticia.
- Hermano, no seas crío, necesita dormir y descansar. Tenemos toda la mañana por delante. Eso sí, en cuanto se levante habrá que decírselo. Viniendo para aquí nos hemos encontrado con Ezequiel y sus hijos, y al preguntar por Raquel, les he dicho. No quiero que mamá se entere la última.
- ¡Y con lo que es él! Todo lo que tiene de buen hombre y buen amigo, lo tiene de cotilla. Ha sido capaz de volver a su casa otra vez y contárselo a su mujer. Probablemente, dentro de una hora, lo sabrá todo el pueblo. Y si nosotros nos vamos a dormir, ella no se quedará en casa, se irá a los oficios religiosos y entonces la habremos jodido, hermano.
- Tampoco es problema... Mientras desayunamos, hacemos tiempo hasta que ella se levante, y entonces se lo decimos.
- Qué, Micael... ¿vienen esas tostadas o no?
- ¡Toma, aquí las tienes, muerto de hambre!
- ¿Y habéis pensado ya en una fecha para la boda? Mamá es lo primero que os preguntará, ya la conoces, querrá empezar  a hacer los preparativos.
- ¡No, no hemos hablado nada sobre ello!
- Ya sabes hermano que el mayor sueño de nuestra madre es el vernos desposados en la sinagoga y por el rabí Efraín,  claro que, hay que contar con Raquel… tú vienes de una religión católica y quizá te gustaría la ceremonia de otra manera.
-  Por mí no hay ningún problema. Soy libre. Estoy fuera de dogmas, de iglesias y creencias.
- ¿Qué opinas  Micael?
- Que me encantaría que nos casara Efraín, ha sido siempre el mejor amigo de nuestros padres. También me gustaría cumplir con el sueño de mamá, pero pienso en Raquel. Ya sabes que ahora la ceremonia religiosa no puede hacerse sin la civil, y es precisamente este papel jurídico el que me preocupa.
- ¿Pero por qué, Micael? Preguntó sorprendida Raquel.
- Mi amor, si legalmente te conviertes en mi esposa, perderás tu nacionalidad española, tu apellido, porque pasarías a tener el mío, y todos los derechos que tienes ahora como ciudadana europea, los perderías...
- ¡Pues fíjate lo que me importa a mí eso…!
- Raquel, la situación en Israel es muy delicada. Estamos en guerra, no oficialmente declarada, pero está a punto de reventar. Tú no has estado en Hebrón, por ello no puedes hacerte idea de lo que te estoy diciendo. Hay muchos problemas, peligros, y no hay ningún momento de sosiego y seguridad para nosotros. Si la situación se pusiera peor, tu país te reclamaría, tendrías oportunidad de escapar. Si fueras mi esposa, legalmente, no podrías hacerlo. Soy un hombre marcado, Raquel, y mi hermano también, y quedarías marcada tú también, y el llevar esa marca supone ser reo de muerte en cualquier momento.
- ¿Pero, pero de qué me estás hablando Micael? ¡Qué demonios me importa a mí todo eso! ¡Me importas tú, te amo a ti, quiero estar contigo y compartirlo todo! ¿Me crees acaso capaz de dejarte en una situación extrema? Preguntó Raquel sollozando y echa un nudo de nervios.
- Raquel, mi amor, cálmate... Exclamó Micael abrazándola por la espalda y besándola en la frente.
- No, no quiero calmarme, ¿cómo has podido ni tan siquiera pensarlo? ¡Quiero ser tu esposa, y que lo sepa el mundo entero!
- Mi amor, si te casas conmigo, lo harás con un hombre que te ama más que a su propia vida, pero también tengo un compromiso, y sé, mi amor, que el llevarlo a cabo, me costará la vida, y ante todo... deseo hacerlo. Esta es una de esas cosas que tienes que ir descubriendo de mí… y de ti.
- Micael, yo también hice un compromiso, y el único sentido de mi vida es poder llevarlo a cabo. No tengo ningún objetivo determinado. Mi compromiso fue con el Amor. Yo también deseo entregarme al mundo, sin condiciones. ¡Quiero hacerlo por EL, pero también por mi corazón! Yo vine precisamente a Israel para buscarle, a que me mostrara la forma de hacerlo, y el te puso en mi camino e incluso te prestó su cabeza para que tú pusieras tu rostro. Mi amor, EL entonces me apartó de su lado porque no comprendía, sabía que le amaba, pero no entendía el por qué de su entrega y de su muerte. El me dijo: “si vienes ahora conmigo, solo compartirías conmigo el dolor, y no el amor, la plenitud que hay en mi pecho y en mi corazón. Llegará un día en que comprenderás, y entonces yo mismo saldré a tu paso y te invitaré a venir conmigo, y vestidos los dos de blanco abrazaremos la cruz del mundo y nos fundiremos con ella por EL”. Micael, él no ha venido, pero te ha enviado a ti, y tuyo es mi corazón y mi alma.
Quiero entregarme contigo, mi amor, quiero hacerlo a tu lado y subir juntos de la mano hacia esa cruz de oro.


Micael no la dejó seguir. Se abalanzó hacia ella, y llorando la abrazó intensamente, la besó y cogiendo su rostro entre sus manos exclamó:


- ¡Amor mío, eres mi esposa, y si tu deseo es que nuestros destinos sean uno, así será! Hermano, mamá ya puede preparar todo lo que quiera, porque mañana mismo tenemos una cita en el juzgado de Jerusalén.

- ¿Mañana... o dentro de unas horas?
- Hoy mismo.
- ¡A la orden, hermano! Entonces dejamos lo de dormir para otra ocasión.
- ¿Y quien podría dormir ahora, Jhoan? ¡Yo, desde luego que no!
- Pero no creo que hagan bodas tan rápidas, ¿ó sí...?
- Si tienes toda la documentación en regla, como mucho pueden citarte para dentro de dos horas. Aquí es rápido.
- Pues en España tardan mucho más, hasta tres meses en darte una fecha.
-  También dependerá del tipo de ceremonia que se quiera. Contestó Jhoan. Si solo se trata de leer y firmar el contrato matrimonial, es rápido. ¡Qué...! ¿Ya te estás echando atrás...? Jajaja
- ¡Para nada, Jhoan! ¡Ojala cuando llegue la noche pueda decir que soy la señora Jordan!
- ¿Tienes aquí toda la documentación?
- ¡Sí, nunca viajo sin ella!
- ¡Pues ya está todo hecho! Las tostadas, muchachos, se han quedado tiesas, así que habrá que desayunar antes de que se enfríe el café.


Terminaron de desayunar y Micael llevó a Raquel a su cuarto. Necesitaba asearse y cambiarse de ropa. Estaba radiante y feliz. Cuando bajó de nuevo al salón, la estaban esperando los tres. Sara, oyendo el ajetreo de la cocina, se había levantado, y su hijo le había contado la buena nueva. Fue hacia la escalera, al encuentro de Raquel, y sujetándola por los brazos la miró, con ojos profundos y azules, como los de Jhoan, dejando caer unas lágrimas por su rostro,  y la abrazó.


- ¡Felicidades, hija mía, porque te llevas a uno de los dos mejores hombres de este mundo! Pero también te felicito a ti, hijo, porque has encontrado un gran tesoro.


Y uniendo con su mano derecha las de Micael y Raquel, les dio su bendición. Esperaron a que Sara se preparase, y partieron hacia Jerusalén.

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LIBRO EN EL SILENCIO DEL DESIERTO: CAPÍTULO 5 .- VUELTA A CASA



LIBRO EN EL SILENCIO DEL DESIERTO: CAPÍTULO 5 .- VUELTA A CASA
La cena se alargó hasta las once de la noche. El vino de reserva, la exquisita comida y la entrañable compañía hizo que Micael, por primera vez en muchos años, riera a pierna suelta y tuviera un semblante totalmente feliz. Su hermano le contemplaba encantado, dando gracias al Cielo desde lo más profundo de su corazón, por sentir a su hermano en ese nuevo estado.
Habían retomado la carretera; les quedaban todavía 70 kilómetros. Hora de llegada prevista a casa: 12,30.  Fue Raquel la que conducía el coche bajo la supervisión de Jhoan. Este había bebido un poco más de lo acostumbrado y le cedió el volante, ya que Micael, dado su cansancio, no tenía muy bien sus reflejos. Cuando salieron de la carretera principal el trayecto se hizo más complicado, pues había muchos desvíos a izquierda y a derecha, y la mayoría sin señalizar. Pero al final, llegaron.

Era una especie de pueblecito, con a penas diez casas. Pertenecía a Haifa, pero estaba muy apartado. Todas ellas estaban alineadas a lo largo de la costa, y solo las separaba de la playa un muro de contención constituido en su mayoría por grandes piedras y rocas de granito. La pena era que todo estaba oscuro. En las casas no había ninguna luz encendida. Según le iba comentando Micael, la mayoría de sus habitantes eran pescadores, y empezaban el día muy temprano. De todas formas, ya habría tiempo de contemplar la belleza de aquél lugar a la luz del gran astro. Jhoan le indicó que parase a la altura de la segunda casa. Bajó del coche y levantó la manilla de una pequeña puerta que daba acceso a un diminuto jardín exquisitamente cuidado y plagado de flores.

Inmediatamente se encendió una viva luz en el interior de la casa, a la vez que la figura de una mujer aparecía en el umbral de la entrada. Seguidamente bajaron del coche Micael y Raquel, y los tres fueron hacia ella. El primero que se fundió en un abrazo y miles de besos con su madre, fue Jhoan, y cuando ya la hubo estrujado lo suficiente, se la cedió a su hermano. Micael la estrechó contra él profundamente, la tuvo así unos minutos, y besándola en la frente y en los labios la volvió a liberar diciéndole lo guapa que estaba.
Sara, aquella mujer de porte altivo, elegante, de piel clara y pelo blanco, con facciones típicamente judías, temblaba de emoción y sus ojos lloraban de alegría. Allí tenía a sus hijos, a toda su vida, a su corazón. En aquel momento a Raquel se le soltaron las lágrimas. Echaba de menos a su madre.
- Madre, esta es Raquel, nuestra amiga y compañera de profesión. Ha venido de España, pero tiene raíces judías. Sabe hablar hebreo, pero le cuesta un poco, intenta ir a su ritmo...
- ¡Bienvenida, hija! Y Sara la abrazó.
- ¿Cómo se han portado mis chicos contigo?
- Maravillosamente bien, no los hay mejores.
- Tienes mucha razón en ello, hija, mucha razón, pero pasar, no os quedéis aquí. ¡Ni que no conocierais vuestra propia casa! Os he preparado un poco de leche caliente y unas pastitas.
- Madre, acabamos de cenar, y estamos muy llenos.
- ¡Yo sí que tomaría un poco de leche, Sara!
- ¡Claro que sí, hija, ven y siéntate, que te la caliento enseguida! Y vosotros dos venir aquí también y sentaros en la mesa, y contadme algo de vuestra vida, que me tenéis olvidada…
- ¡Sabes que no madre!  Replicó Micael abrazándola por los hombros.
- Para una madre, todo es poco, hijos, ¡y os tengo tan poco tiempo a mi lado...!
- Esta vez mamá, nos tendrás para ti solita tres días.
- Hija ¿tu madre también tiene ese problema contigo?
- ¡Mas bien lo tengo yo con ella, Sara! Mis padres murieron hace ya diez años.
- ¿Los dos a la vez? ¿Qué ocurrió... tuvieron algún accidente?
- Pues sí..., tuvieron un accidente de coche. Raquel no creyó oportuno revelarle la verdad sobre el final de sus padres.
- ¡Dichosos coches, que nefastos son! También mi Micael, hace diez años, tuvo un accidente de coche, y por poco se me lo lleva por delante. Desde entonces no ha levantado cabeza.

Instintivamente Raquel levantó los ojos hacia Micael, y éste se llevó el dedo índice a sus labios, y calló en la cuenta de que él sabía que su hermano la había puesto al corriente de todo.

- Tenían que ser jóvenes... tu eres casi una niña.  
Y ante aquélla exclamación de su madre, Jhoan, riéndose, la sacó de su error.

- ¡Madre, si es una vejestorio! Es casi de la misma edad que Micael.
- ¡Que no, que no me toméis el pelo, hijos!
- Sara, es cierto, tengo 42 años, bueno, los cumplo mañana, y no es ningún mérito mío, ni he hecho pacto alguno con el diablo ni poseo el secreto de la Piedra Filosofal. Sencilla y llanamente es pura genética, y por parte de mis dos padres.
- ¡Es un regalo del Padre, hija, aprovéchalo bien, y ya que te ha dado la juventud del cuerpo, entrégale igualmente a El un corazón joven y enamorado!
- ¡En ello estoy, Sara!
- ¡Toma, hija, tu leche... y unas pastitas!
- ¿Y a nosotros, mamá... no nos das?
- ¡Pero si me habéis dicho que no!  Venga, sentaros y no me vaciléis eh…
- Mamá, nos conocemos, y si no tomamos la leche, te vas frustrada a la cama.
- Es que no hay nada como un vaso de leche para dormir.
- Hay algo mucho mejor madre, y se llama “sueño”, y yo tengo un sueño que me caigo, y tengo todavía que organizar todos los apuntes de esta semana de cursillo. Así que en cuanto me tome la leche, me voy a mi habitación. Mañana compartiremos más y mejor. Exclamó Jhoan.
- ¿Y vosotros también os vais a retirar? Preguntó Sara dirigiéndose a Micael y a Raquel.
- Yo estoy cansado, pero no tengo nada de sueño. El café que nos hemos tomado en casa de Raquel me ha despejado del todo. Yo todavía me quedaré un ratillo.
¿Y tú,  hija?     
- Yo voy a darle una sesión de masajes a tu hijo. Tengo para rato todavía.
- Raquel, estamos todos cansados. Deja los masajes para mañana.
- ¿Es que no te apetece?
- ¡Apetecerme... muchísimo!
- Entonces... ¡yo no estoy cansada, y quiero dártelos!
- ¡A sus órdenes, Dra. Reyes¡ Pero tú mamá, vete ya a descansar. Es muy tarde para ti. Tenemos mucho tiempo por delante para disfrutarnos todos.
- En cuanto le enseñe a Raquel su habitación.
- ¡Ya lo haré yo mamá! ¿Cual le has preparado?
- La del ático, aunque está llena con tus libros, es la más bonita y caprichosa.
- Sara, ¿tienes por casualidad alguna mesa camilla?
- ¿Mesa camilla?
- No, Raquel. Aquí las únicas mesas que hay son la de la cocina y ésta del salón. Contestó Micael.
- En ese caso, los haremos en el suelo.
- ¿Qué vais a hacer el qué...?
- Mamá, Raquel es una experta en masajes, y va a aliviarme la tensión que tengo en la espalda.
- ¡Hija, a ver si me lo recompones, que buena falta le hace!
- Si se deja, quedará como nuevo. Exclamó Raquel mirando sonriente a Micael. Este la miraba con mucho amor y cariño, detalle que a Sara no se le escapó.
- Hijo, ¿has escuchado bien lo que te ha dicho Raquel?  Le preguntó su madre sacándole de aquél ensimismamiento.
- ¡Soy todo suyo, madre, puede hacer conmigo lo que quiera!
- ¡Ya ves hija... lo que nunca he conseguido yo, parece que tu si! Jajaja.
- Sara, si oyes más tarde un quejido, llanto o algo parecido, no te alarmes. Cuando se dan este tipo de masajes, si hay mucha tensión, ésta puede salir del cuerpo y de la mente de muchas formas. Uno pierde un poco el control, y se vuelve a ser tan sensible y vulnerable como un niño.
- ¿Le vas a tener que hacer daño?
- Bueno..., habrá de todo, pero será para bien. Si lo oyes, no te preocupes, será buena señal, es que la terapia está funcionando, y está en buenas manos.
- ¡Eso no lo dudo, hija! Pero es mejor que me lo hayas advertido. De todas formas estoy tan cansada que en cuanto me tumbe, me voy a otros parajes. - ¡Que paséis buena noche, hijos!
- Lo mismo os deseo yo, chicos, yo también me voy a trabajar un poco.
- Que descanses, Jhoan, y no te quedes ahora a trabajar. Tu tienes todavía una semana libre para hacer lo que quieras.
- Hermano, yo no me quedaré aquí, volveré con vosotros, ya sabes que quiero echarte una mano siempre que puedo, y tú, durante unos días, tendrás que dedicarle más tiempo a Raquel para ponerla al corriente de todo.
- Lo siento por mamá. Me gustaría tener más tiempo para dedicárselo a ella…
- Y yo, Micael, pero las circunstancias nos vienen así. Mamá lo sabe, y ella es feliz. Se siente amada por sus hijos, y sabe que estamos haciendo lo que deseamos.
- ¡Esta bien, hermanito, que descanses... y que... ¡te quiero!


Jhoan subió los cinco escalones que separaban la primera planta del salón y la cocina, y se perdió tras la puerta de una de las habitaciones. Micael y Raquel quedaron solos.

- Bien, Dra. Reyes. ¿qué necesitas para la sesión?
- Una manta o colcha para ponerla en el suelo, y si tienes, alguna crema hidratante.
- ¿Se puede sustituir la crema por aceite de romero?
- ¡Maravilloso, mucho mejor!
- Vale, ahora mismo lo traigo. Mientras tanto Raquel hacía sitio en un rincón del salón.

- ¡Ya está todo aquí!
- Micael, ¿dónde puedo cambiarme de ropa? Necesito ponerme algo más amplio y cómodo.
- Aquí mismo en la cocina hay un pequeño cuarto de despensa, y si lo deseas, allí colgado verás un... bueno, es una camisa blanca que llega hasta las rodillas. La suelo llevar yo cuando voy a la playa. Es algodón fino y muy suave.
- ¡Ah, pues sí, me la pondré! Mientras tanto, ve quitándote la ropa y túmbate sobre la manta.
               
Apenas tardó Raquel un minuto en salir. La camisola le venía grande. Micael era más alto que ella, pero se sentía muy cómoda y ligera con ella. El la estaba esperando,  según sus instrucciones, tumbado sobre la manta, en el suelo.

- Micael, la camiseta y los calzoncillos también. Ponte esta toalla pequeña encima.
- Eso sospechaba yo, pero no estaba seguro.
- ¡Quítate la camiseta, pero déjate los calzoncillos, si así te vas a sentir más cómodo!
- No me siento incómodo, Raquel, contigo no.
- No disimules... los hombres también sois tímidos, ¿por qué aparentar lo contrario?
- En este caso no es timidez. Quitarse la ropa así, delante de una mujer... prefería que fueras tu quien me lo dijera.
- Micael, antes que mujer, soy médico, no lo olvides, ¡y he visto a muchos hombres ya así...! Jajaja
- Entendido, Dra. Reyes, ya estoy... ¡todo suyo!
- ¡Y no me llames Dra. Reyes, tengo un nombre muy bonito!
- ¡Si, doctora Reyes!  Replicó Micael mirándole profundamente a los ojos.

- Está bien, voy a explicarte el orden de la sesión: primero, con este aceite, y con masajes muy suaves, te hidrataré la piel. Después pasaré mis manos meticulosamente por todo tu cuerpo para explorarlo y detectar dónde están los centros energéticos más bloqueados. A continuación, allí donde yo vea que hay contracción y bloqueo, te trabajaré, y es cuando notarás el dolor más intenso. Intentaré no profundizar mucho en esta primera sesión. Esta es la parte más dura, pero también la más liberadora. Puede que sientas deseos de llorar, de gritar, pero no te reprimas, Micael, es indispensable que lo saques todo fuera. También es posible que,  si en la zona lumbar y vientre bajo tienes mucho bloqueo debido a un trauma..., en esos momentos tengas una erección. ¡Por favor, Micael, no intentes reprimirla, porque sería muy doloroso y todo lo conseguido se iría al traste! Si llega ese momento, tú me dices, y te dejo solo unos minutos, ¿de acuerdo? Para que todo vaya bien, tienes que tener plena confianza en mí, entregarme tu cuerpo, pero en el sentido literal de la palabra. Solo así te abrirás a mi campo energético y yo podré conectarme con el tuyo. ¿Estás de acuerdo?
- ¡Lo haré como tu dices!
- ¡Pues vamos al asunto!

Micael se volvió hacia abajo y Raquel roció su espalda, nalgas y piernas con una buena ración de aquél aceite oleoso. Con sus manos, y suavemente, la fue extendiendo por todo su cuerpo. Luego le tocó el turno al pecho, brazos y vientre. El tenía los ojos cerrados, y su respiración denotaba un estado de relajamiento. Raquel contemplaba a aquél cuerpo. Su constitución era atlética, muy bien proporcionada, pero sus músculos, su piel... Cuando pasaba sus dedos podía detectar las cicatrices de heridas muy viejas que no habían sido curadas y tratadas de la forma más adecuada. Observó cómo tenía desgarros musculares en la zona de los pectorales, dorsales y lumbares, y cómo, cuando sus manos acariciaban su bajo vientre y nalgas, todo él se contraía. Eran los mismos síntomas que apreciaba en las pobres mujeres violadas que le había tocado atender en urgencias.

- Micael, haz un esfuerzo, colabora un poco más conmigo. ¡Relaja esta zona, déjame que trabaje en ella...!
- Estoy totalmente relajado, Raquel, de hecho me están sabiendo a gloria tus pases. Si me bloqueo..., yo no estoy siendo consciente.
- Es que si sigo en estas condiciones, puedo hacerte más daño. Tu cuerpo se sentirá agredido y volverá de nuevo el bloqueo.
- No entiendo por qué mi mente se bloquea en ese punto. Que yo sepa, no tengo ningún problema de tipo sexual.
- Sí que tienes uno, y es el que te está provocando este bloqueo. Fuiste violado, Micael... ¿no es así?
- ¡Sí, pero ha pasado ya mucho tiempo, y está superado!
- Tu corazón y tu mente lo habrán hecho, no lo dudo, pero tu cuerpo en absoluto. Vamos a seguir, pero ahora no quiero que te relajes. Vamos a trabajar juntos. Siente mi mano acariciándote, déjale hacer, y si tu vientre se contrae, desbloquéalo. Piensa en algo bonito y agradable..., sigue así..., así... muy bien, lo estás consiguiendo.

La tensión había desaparecido aparentemente. Raquel siguió con los suaves masajes en las nalgas, bajo vientre y zona genital de Micael. Por un momento la contracción pareció asomar, diluyéndose enseguida. Pero Micael, a los pocos minutos comenzó a sentir  temblores, pequeñas convulsiones que en un principio le provocaron una ligera tos. Después siguió una fuerte y dolorosa presión en sus oídos y garganta y un convulsivo llanto que vino en su ayuda y que le dejó un poco más relajado. Su vientre se puso al rojo vivo. Raquel seguía con sus manos, y empezó a sentir cómo una gran tensión se le acumulaba a Micael en la vejiga, testículos y pene, e iba en aumento. Raquel se alarmó. Aquello se le estaba escapando de las manos. Era una buena masajista, pero en ese campo no era una profesional con experiencia. No pensaba que Micael iba a tener una reacción de ese calibre la primera vez. Por un momento pensó que sería mejor echar marcha atrás, pero tal y como estaba él, era imposible. Había que llegar hasta el final. No sabía cómo, pero no lo iba a dejar así. Empezó a tener una erección, y por los gestos de él, extremadamente dolorosa.
- Vamos, Micael, sigue... sigue tú.
- Raquel, no puedo, no puedo mover los brazos... y me duele... me duele mucho.

Ante la inmovilidad de Micael, Raquel con sus manos comenzó a friccionar con fuerza y rapidez su pene. Este parecía que iba a estallar de un momento a otro. Las convulsiones de su amigo eran cada vez más fuertes, y su llanto se había convertido en un prolongado y angustioso gemido.
Al final se abrió y aquélla anacarada sustancia cubrió su mano. Su semen ardía. Dejó pasar unos segundos y con la toalla le limpió. Volvió a acariciarle y sintió que la tensión había desaparecido. Las convulsiones también cesaron. Su cuerpo estaba bañado en sudor, y el de ella también. Micael se volvió de lado, dobló sus piernas a la altura de las rodillas y metió su cabeza entre sus brazos. Su llanto era casi silencioso, pero prolongado. Necesitaba seguir echando, y lo estaba haciendo bien. Las reacciones eran las adecuadas. Un buen terapeuta se habría mantenido en su sitio, controlando la situación, pero Raquel no lo era, y viendo así a Micael en aquel estado, más que médico se sintió mujer, y abrió las puertas de su corazón de par en par. Se tumbo sobre Micael, lo abrazó, lo estrechó contra ella y le besó.
Micael reaccionó enseguida. Siguió con el llanto, pero abrazando con toda su alma a Raquel. Y así estuvieron, en silencio más de media hora. Empezaba a quedarse frío, y como ya estaba más tranquilo, le ayudó a incorporarse y le dio su ropa.
               
- Vístete enseguida, Micael, no debes coger frío ahora. Yo estoy a todo sudar, voy a cambiarme de ropa. ¿Estás bien?
- ¡Tremendamente cansado, pero mucho mejor, tranquila!
- Esta noche vas a dormir cono nunca. ¡Ahora vuelvo!


Cuando Raquel regresó al salón, Micael ya había recogido todo, pero no estaba allí. Vio que una pequeña puerta de madera sin barnizar estaba entreabierta. Fue hacia ella y vio que él estaba sentado en un amplio columpio con respaldo, en un rincón del huerto, en lo que parecía ser la parte trasera de la casa. El la vio asomarse y con la mano la invitó a ir.


- Ven, siéntate aquí conmigo, cabemos los dos.
- ¿Ha refrescado un poco... no?
- ¿Quieres que te saque algo para echarte por encima?
- No, no creo que haga falta. ¿Estás seguro de que este columpio podrá con los dos?
- ¡Aguanta esto y mucho más, lo construí a conciencia! Ven aquí, a mi lado.

Y cuando Raquel se sentó junto a él, éste le pasó el brazo por los hombros y la apretó contra él. Hubo unos instantes de silencio.

- ¿Estás entrando en calor, doctora?
- ¡Sí, ya estoy bien... hace una noche preciosa!
-  Es que con la paliza que te has dado conmigo, tienes que estar agotada.
- ¡Más bien te la he dado yo a ti!
- Pues si todas las palizas tuvieran los mismos efectos, no me importaría    que me apalearan continuamente. ¡Me siento muy bien, Raquel! Pero, te siento a ti algo decaída… ¿sucede algo?
- Como terapeuta soy un fracaso, Micael. Estaba tan segura de poder ayudarte, lo deseaba de todo corazón, pensaba que podía hacerlo, pero al final, cuando la situación ha ido a más y tú has perdido el control, me he sentido incapaz de auxiliarte. Por unos instantes la situación se me ha ido de las manos. Debía haber estado a tu lado, controlando, apoyándote, pero sin embargo me he dejado arrastrar, y cuando tu has revivido tu propio infierno, yo he vivido el mío.
- ¿Has vuelto ha revivir lo de tus padres?
- No, Micael... ellos no han tenido nada que ver. He estado compartiendo el tuyo, pero también el de un amigo maravilloso al que amé con todo mi ser, con toda mi vida, y por el que no pude hacer nada, ni tan siquiera  aliviarle un poco en su dolor.
- Quizás no seas una buena profesional como masajista, y te ha fallado la técnica, no te lo desmiento porque no lo sé, y tu criterio será más acertado que el mío, pero lo que sí te aseguro, y en esto no hay nadie que me convenza de lo contrario, es que tú eres una muy buena terapeuta en el amor. Las técnicas te han fallado, pero te has entregado tú misma. Durante unos instantes he vuelto a revivir en mi cuerpo aquélla angustia, dolor, miedo y vergüenza, pero sólo al sentir tu cuerpo, tu abrazo, tu cariño, tu amor golpeando tu pecho  al mío, me has sacado de aquél infierno y me has traído de nuevo al paraíso. Y seguro que con tu amigo ocurriría lo mismo. Tu crees que él murió solo, pero si él te conocía bien, y te miraba a los ojos y al corazón como lo hago yo, te sentiría a su lado y te llevaría en su corazón como una antorcha.
- Pero Micael... ¿cómo puedes hablar así de ello si no conoces nada? No sabes de mí.
- ¡Hablo así porque lo sé y lo siento en mi corazón!
- Micael, ¿por qué no te habré conocido 10 años antes? Exclamó Raquel llorando y abrazándose al cuello de su amigo.
- ¿Por algún motivo especial? Preguntó él sonriéndole y acariciándole el rostro y el pelo.
- ¡Habría estado a tu lado!
- Dime, Raquel... ese otro amigo tuyo, ¿es el de la figura sin rostro que yo me cargué?
- ¡Sí, el mismo!
- ¿Y le conoces bien?
- ¡Si, le conozco, le amo y me identifico con él!
- ¿Es por lo que te sientes culpable por haberme entregado tu amor?
- ¿Sentirme yo culpable... no, pero por qué...?
- ¡Lo estoy viendo en tus ojos!
- Pues entonces es que te he dejado maltrecha la visión con los masajes... porque para nada me siento culpable.
- ¿Entonces qué es...? Porque antes me has entregado toda tu alma y ahora, es como si intentarás alejarte de mí.
- Micael... yo... es que ni yo misma me lo puedo creer. Yo te quiero, te amo con toda mi alma, y ya que me he atrevido a decirlo, te diré aun más, me he enamorado de ti, desde antes incluso de verte. Cuando me hablaba tu hermano esta mañana de ti, mi corazón latía ya desenfrenado. Lo único que me pasa es que estoy confusa. Mi corazón está yendo a unas velocidades que mi razón y comprensión no pueden alcanzar. ¡Os parecéis tanto los dos, Micael! ¡Nunca creí que podría enamorarme de un hombre y amarle con la misma intensidad que a él, hasta que apareciste tú! No sé si te quiero a ti, a Micael Jordan, por lo que eres, por ti mismo, o le estoy amando a él a través de ti. De lo que sí estoy segura es  que te amo, y no solo te entrego mi corazón, también mi apoyo y mi vida si es necesario. Y nada de lo que estoy sintiendo, soy capaz de razonarlo. No lo entiendo ni yo.
- ¡Yo también te amo, Dra. Reyes, y te quiero... te quiero mucho!  Y él la besó apasionadamente en los labios. Raquel le besó a él, le abrazó con toda la fuerza de su cuerpo, de su alma. Cuando aquél volcán de emociones y sentimientos se apaciguó, Micael separó el rostro de ella del suyo. Los dos estaban inundados de lágrimas, pero la lava de aquél volcán todavía brillaba en sus ojos. Le dio un último beso en los párpados y en los labios, y respirando profundamente le dijo:
- ¡Hay tantas cosas que desconocemos el uno del otro, tantas y tan maravillosas... pero tenemos tiempo, Raquel, para conocernos, para amarnos, para descubrirnos! Lo más importante es que somos amigos del alma, y éstos se conocen desde siempre. No me importa que le ames a él a través de mí, eso es algo que tendrás que descubrir por ti misma, aunque yo sí que estoy seguro de tu amor y de tu corazón. Necesitas tiempo... pues tómatelo. Con que estés a mi lado, ya es suficiente, soy plenamente feliz. ¿Y tú lo eres también...?

Pero Raquel no le respondió, se abrazó de nuevo a él y le besó con toda su alma. No podía responderle, no podía articular palabra. No entendía nada, pero dejaba fluir a su corazón.

- ¡Ah, se me olvidaba, Raquel... felicidades!
- ¡Gracias, Dr. Jordan!
- Antes, cuando lo has mencionado, nadie le ha prestado atención, y es que en esta zona, el día del cumpleaños es como otro cualquiera, no se le da ninguna importancia. Pero sé que para ti es un día especial.
- ¿Y por qué lo sabes... lo has visto quizá también en mis ojos?
- Por la forma y el tono que le diste al decirlo. Tengo un regalo para ti, pero no puedo dártelo todavía. Habrá que esperar.
- ¿Pero qué es? ¡Anda... dímelo!
- Es una sensación.
- Desde luego, original si que es.
- Te invito a venir conmigo y a darnos un baño en el mar.
- ¿Ahora...? Micael, son  las tres de la madrugada, está todo oscuro y el agua tiene que estar helada.
- ¿Tienes miedo a la oscuridad del mar?
- También hay algo de eso, pero más que nada es sentido común.
 - Pues me daré el baño yo solo.
- ¿Tantas ganas tienes de ir?
- Para mí es vital, siempre que vengo a casa, aprovecho.
- ¿No será éste uno de los manjares que le das a tu cuerpo de vez en cuando?
- Sí... ¿y a ti, quien te lo ha dicho?
- Tu hermano, pero cuando le seguí preguntando, el me dijo que te lo preguntara a ti.
- Es que el mar es una fuente de energía muy importante para mí. Los baños de sol y de agua me encantan, pero bañarse en la noche, adentrarse en la oscuridad del mar... ¡es una sensación de libertad maravillosa!
- ¡Vale, de acuerdo, te acompaño!
- Vamos a coger una toalla grande y jerseys para cuando regresemos.
http://elsilenciodelmaestro.blogspot.com.es/
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