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lunes, 20 de junio de 2016

Las grandes enseñanzas cósmicas de Jesús de Nazaret a Sus apóstoles y discípulos Parte.XIX


Cristo
Las grandes enseñanzas cósmicas. Parte XIX.

LAS GRANDES ENSEÑANZAS CÓSMICAS DE JESÚS DE NAZARET A SUS APÓSTOLES Y DISCÍPULOS QUE PODÍAN CAPTARLAS

Parte XIX.

Nunca os dejéis llevar por el enfado; de otro modo os retendrá lo temporal, las cosas y sucesos que forman parte de lo perecedero.

Quien vive en Dios vive en la plenitud, en la ley eterna, Dios. No preguntará nunca por el «cómo» y el «porqué», porque él es el SER que sabe acerca de todas las cosas.

El que se deja llevar por el enfado da testimonio de sí mismo, ya que aún busca apoyo en las cosas externas.

Un hombre que se deja llevar por el enfado es siempre alguien que está buscando, y por ello alguien intranquilo, porque busca seguridad y apoyo en el mundo. La materia no ofrece al hombre, a la larga, ni seguridad ni apoyo, porque la materia es sólo apariencia y no el SER.

Por eso ejercitaos en conservar la tranquilidad interna en toda situación, para que veáis las cosas y sucesos tal como son.

Dios sabe acerca de cada hombre. El conoce a Sus hijos y les ayuda.

Quien ha aprendido a ver en profundidad, no acusa a su prójimo, porque lo conoce. Solamente el que está espiritualmente ciego acusa a su prójimo, porque no se conoce ni a sí mismo ni a su prójimo.

Si te acusan, rectifica la acusación y llama la atención, de forma general, sobre lo falso y sobre la imputación, pero nunca menciones el nombre del acusador; eso sería personal. Manténte impersonal, pues si le aludes por su nombre y él no te perdona a tiempo, es posible –dependiendo de la causa– que tú lleves su nombre en otra vida terrenal. Su nombre, que entonces tú tendrías, activaría las causas que os atan el uno al otro. Por medio de la irradiación podría ser atraído luego el alma o el hombre al que en su día acusaste mencionando su nombre. Tú y tu prójimo seríais reunidos por la ley de siembra y cosecha para purificar lo que se activaría entonces, en otra encarnación.

Por eso no te apartes de la regla de oro: calla. Habla sólo cuando sea importante y legítimo.

Por eso no te dejes llevar nunca por el enfado. Deténte, y manténte impersonal en toda situación.

Ten presente: habla de ti sólo cuando puedas dar aclaraciones y esclarecer unas circunstancias, o cuando puedas servir y ayudar a tu prójimo con lo que hayas reconocido y superado. Por lo demás, nunca hables de ti personalmente, pues todo lo que dices de ti, te lo estás diciendo al propio tiempo a ti mismo. Se mantiene apegado a ti y refuerza el complejo de tu yo.

Repito: manténte impersonal en toda situación, y encontrarás el camino al silencio interno y permanecerás en el templo de Dios.

La materia, a la larga, no ofrece al hombre ni seguridad ni apoyo, porque lo temporal solamente es apariencia y no el SER, la realidad, lo eterno.

La luz irradia las cosas y acontecimientos que se muestran en la materia, y te permite verlos. Sin embargo, si quieres aferrarte al rayo de luz, caerás. Por eso, aprende a moverte en el rayo de luz.

Jamás te apoyes en la materia; no afirmes exclusivamente lo externo, la materia, pues si no, tarde o temprano te deslizarás a aquello en lo que te has apoyado –pues todo apoyarse conduce a la atadura, y toda atadura es separación de lo que une.

La atadura se refiere a un objeto; ella recibe irradiación. Lo que une es lo comunitario y es traspasado por la irradiación.

Si sólo contemplas y escuchas lo externo, estás externalizado, y tus sentidos del gusto, olfato y tacto serán como son tus sentidos de la vista y el oído.

Tú determinas tu vida en el tiempo o en la eternidad, porque posees la legitimidad de la libertad y por lo tanto puedes decidirte –a favor de lo divino o de lo no divino–. Lo divino te traspasa con su irradiación; lo contrario a la ley divina sólo te irradia. Tú decides quién eres, qué eres –y en último término lo que quieres.

Tú eres, en la luz, la luz; por eso no necesitas aferrarte a nada ni a nadie.

Tú eres la libertad en la libertad de Dios.

Tú eres la sabiduría en la sabiduría de Dios.

La sabiduría de Dios sabe acerca de todas las cosas; por eso tú, el sabio, no te atarás a hombres ni te aferrarás a nada humano llamándolo «lo propio de ti».

Tú tampoco serás ya lo personal en la persona; tú serás un ser humano y por tanto persona –pero ya no personal.

Tú, el sabio, eres consciente de todo, porque vives conscientemente en Dios y eres consciente de todas las cosas –todo lo que es–, ya que ves todo en profundidad. El sabio tiene la visión y la capacidad de comprensión profundas respecto a las cosas que le rodean o que se le presentan.

El que reposa en Dios y toma de la ley eterna, habla rara vez de sí mismo. El es impersonal, pues es quien ve en profundidad, es lo que puede ser captado y la palabra misma del Universo. El sabio habla de sí mismo sólo cuando así puede indicar el camino, pero no para comunicarse.

Cuando el hombre habla su yo personal, él habla su yo inferior, que él habla desde sí mismo y que él habla al mismo tiempo a sí mismo, porque el yo humano no es divino y por tanto forma parte de él, que aún no es divino.

Lo no divino, el yo humano que parte de ti, vuelve a entrar en ti. Así amplías y refuerzas en ti el complejo de tu yo, lo no divino, y con ello creas campos anímicos cada vez más grandes en los que entra la simiente de tu yo y en donde ella brota.

Por eso, antes de hablar, reflexiona qué quieres decir, pues cada palabra es energía que tiene su eco. Manténte por tanto impersonal en toda situación; entonces encontrarás el camino al silencio interno y permanecerás como sabio en el templo de Dios, en el silencio sagrado.

El verdadero sabio no es un eremita; él vive en el mundo, pero no con este mundo. Ya que es hombre, se ha obligado a dar al César lo que corresponde al César, y dará a Dios lo que a Dios corresponde. Quien respeta las leyes terrenales que no se oponen a lo divino, también puede pedir al César que cumpla con su obligación, para que le dé lo que a él como hombre le corresponde.

En muchas repeticiones, Yo, Cristo, enseñé siendo Jesús la ley de Dios y la ley de siembra y cosecha a Mis apóstoles y discípulos.

A pesar de todo, ellos hablaron una y otra vez de cosas insubstanciales y de sí mismos, para darse importancia. Una y otra vez les llamé la atención y les hice notar lo insubstancial, lo personal:

Cuando habláis de vosotros mismos, estáis expresando sólo lo que vosotros mismos sois aún. ¿A quién queréis ayudar con ello?

Todo lo que no se ha realizado, está vacío, en cierto modo hueco, y no lleno de fuerza ni sabiduría. Si habéis realizado poco, tampoco estáis colmados de fuerza ni sabiduría, sino llenos del yo humano, que tiene sus imágenes engañosas.

Las palabras vacías, en cierto modo huecas, engañan a su vez solamente al que está él mismo vacío y hueco; pues él mira sólo la palabra y al que habla, porque no se oye a sí mismo ni tampoco se ve a sí mismo. En determinadas circunstancias os elige como guías y se convierte así en seducido. Ambos son entonces los ciegos que caen en el hoyo de su yo y allí están encadenados el uno al otro, porque el ciego se ha fiado del ciego.

Por eso vaciad primero vuestro recipiente de vuestros aspectos humanos, purificad por tanto primero vuestras copas y vasijas, las partículas de vuestra alma y células de vuestro cuerpo, es decir vuestro templo de carne y hueso, para que halléis acceso a lo más sagrado, desde donde podéis dar a vuestros semejantes lo que necesitan y podéis ofrecerles el servicio desinteresado con que les ayudáis al ascenso espiritual.

Continúa en:
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