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miércoles, 27 de enero de 2016

¿QUÉ ES LA CONCIENCIA DEL INSTANTE PRESENTE?



¿QUÉ ES LA CONCIENCIA DEL INSTANTE PRESENTE?

La conciencia del instante presente es un estado del ser, en contraposición a
algo que hacemos; por tanto, es más fácil decir lo que no es que lo que es. Un
buen indicador de que hemos entrado en la conciencia del instante presente es
que nuestra experiencia vital, con independencia del aspecto que pueda tener
en un momento dado, se embebe interiormente con los ecos de una profunda
gratitud. Pero no es una gratitud que se fundamente en comparación alguna.
No es una gratitud que nazca del hecho de que nuestra vida se está
desarrollando exactamente como queremos que se desarrolle, ni porque todo
nos resulte fácil. Es una gratitud que nace de la invitación a la vida, del viaje de
la vida y del don de la vida en sí. Es una gratitud que no precisa de motivos. La
gratitud es el único indicador del que podemos fiarnos para saber cuan
presentes estamos en nuestra experiencia vital. Si no sentimos gratitud por el
mero hecho de estar vivos, es porque nos hemos desviado, nos hemos
apartado del instante presente y nos hemos sumergido en una ilusión mental
denominada tiempo.


Pocos de nosotros somos capaces de estar presentes en nuestras
experiencias vitales debido a que hemos nacido en una cultura que existe
dentro del mundo del tiempo. Ésta es la maldición de lo que llamamos
civilización. Hemos mostrado una insaciable sed de progreso, pero, en la
mayoría de los casos, el progreso nos ha llevado a una estructuración tal de la
vida que nos lleva a no estar presentes cuando la vida está teniendo lugar.
Cuanto más se automatiza nuestra experiencia vital, menos nos implicamos en
el arte de vivir.
En el mundo del tiempo es sumamente difícil ser agradecidos, porque nada
parece tomar el curso que nosotros pensamos que debería tomar. El pasado
alberga pesares, y el futuro alberga la promesa de que las cosas serán
mejores, en tanto que el instante presente se nos antoja un evento que precisa
de ajustes. De ahí que desperdiciemos los instantes pensando en lo que no
nos fue bien en el pasado y planificando mentalmente los ajustes que tenemos
que llevar a cabo para, con el tiempo, alcanzar el estado de paz y de
realización que buscamos. Y, dado que estos ajustes están dirigiendo nuestra
atención constantemente hacia algún «maravilloso mañana», nos olvidamos de
darnos la ocasión de llegar a alguna coyuntura significativa hoy. Por otra parte,
y debido a este enfoque, el mundo en el que vivimos ahora, y todo lo que hay
en él, se convierte en un medio para alcanzar un fin. Y vivir así se nos antoja
normal, porque no tenemos acceso a otra experiencia del mundo que sea
cualitativamente diferente a la que tenemos en este preciso momento. No
tenemos a mano otra experiencia con la cual comparar nuestra experiencia
actual.


Viviendo de este modo, nos saltamos constantemente el instante presente.
A pesar de que el pasado ya pasó y no se puede cambiar, y de que el futuro
aún no ha llegado, seguimos optando por ocuparnos mentalmente de estos
ilusorios lugares, en vez de entrar plenamente (y de experimentar) en el
momento en el que siempre nos encontramos. Y a base de vivir en ese estado
mental que nos permite reflejar y proyectar nuestra atención hasta esos
ilusorios lugares, nos perdemos las verdaderas experiencias físicas y
emocionales que nos suceden justo en este mismo instante. Nos olvidamos
casi por completo del único momento que contiene la vibración y la plenitud de
lo que es la vida. Creemos estar viviendo, pero no estamos viviendo; estamos
existiendo. Pensamos que nos estamos moviendo, pero estamos girando en
círculos. Lo terminamos mentalizando todo y, de este modo, sacrificamos la
experiencia de estar físicamente presentes y emo-cionalmente equilibrados. Y
así, nuestro estado mental, por avanzado que creamos que es, se ve sumido
en la confusión.


Estamos tan acostumbrados a este estado de «no ser», que se nos antoja
perfectamente natural. Aspiramos a que lo sea, pero no es natural porque no
conoce el equilibrio ni la armonía. Y lo sabemos porque, en algún lugar, en
medio de nuestros saltos de rana mentales, sentimos que nos estamos
perdiendo algo. La falta de paz que sentimos en nuestro interior se refleja en el
caos que experimentamos en nuestras experiencias vitales externas. Y esa
falta de paz interior se refleja también en la forma en que huimos de cualquier
experiencia de quietud o de silencio. El lema de nuestro tiempo es: «Que haya
ruido; que haya movimiento».
No sabemos qué es lo que nos estamos perdiendo porque no podemos
recordar lo que hemos perdido. Y no podemos recordarlo porque lo buscamos
en las imágenes del pasado y en nuestras exploraciones del futuro. Nuestro
insaciable y necesitado comportamiento es la prueba del vacío que nuestro
actual enfoque de la vida es incapaz de llenar. Le estamos dando la vuelta a
cada fragmento de este planeta en nuestra desesperada búsqueda de paz.
Pero no hay nada que le pueda dar la paz a nuestro estado de ser porque hace
mucho que olvidamos que la paz no es
«algo que se hace». La paz no se puede forzar ni instalar mecánicamente.


Nuestro estado de inquietud interior se manifiesta externamente en síntomas
físicos, mentales y emocionales de incomodidad y de malestar. Por mucho que
lo intentemos, por mucho que huyamos, por mucho que nos distraigamos con
una incesante actividad, el verdadero alivio parece estar siempre fuera de nuestro

 alcance.
 Y del mismo modo que una persona a la que no se la deja
dormir entra inevitablemente en una crisis física, mental y emocional, nuestra
lejanía del oasis de la conciencia del instante presente nos lleva también
rápidamente a una experiencia de desintegración social planetaria.
El trastorno mental de «vivir en el tiempo», de la implacable huida del ayer y
de la persecución frenética del mañana sin descanso ni sosiego, es el
problema que aborda y alivia el Proceso de la Presencia. Ayudándonos a
comprender cómo hemos llegado a esta situación, el Proceso de la Presencia
nos da simultáneamente el procedimiento metodológico y las herramientas
perceptivas que nos van a permitir salir de esta ilusión. Nos arroja una cuerda
de conciencia y nos permite agarrarnos a ella para salir del cenagal de
nuestras distracciones con el pasado y el futuro, para volver al único terreno
firme, seguro y sereno: el instante presente. El Proceso de la Presencia logra
este cometido llevando nuestra conciencia a la auténtica Presencia que somos
en realidad, y lo hace instándonos a desmantelar conscientemente la falsa apariencia
que una vez construimos para protegernos de nuestros miedos, de
nuestra ira y de nuestro dolor. Nos demuestra que la única manera de cambiar
auténticamente nuestra experiencia del mundo pasa por liberarnos del virus
perceptivo del tiempo, y que liberarse de esta enfermedad mental es el mayor
acto de servicio que podemos realizar justo en este momento.


Nosotros no somos las experiencias que elaboramos para sentirnos seguros
y aceptados en este mundo. Y, por muchas cosas que pueda prometer el
futuro, el único instante que puede ser real para nosotros no tiene nada que ver
con el ayer o con lo que sucederá mañana. Mientras sigamos reaccionando
inconscientemente a los acontecimientos de nuestra vida, seguiremos sin ver lo
que hay justo delante de nuestras narices; seguiremos sumidos en una
pesadilla mental, estremeciéndonos ante los fantasmas del pasado y
proyectando fantasmas hacia el futuro. Ésta no es forma de vivir. Eso no es
vida. Lo que la vida es realmente, no acepta los límites del tiempo. Esa
experiencia basada en el tiempo es un infierno perceptivo cuya puerta está
atrancada con las barras de nuestros miedos, nuestra ira y nuestros pesares no
resueltos. No nos lleva a ninguna parte nunca lo hizo y nunca lo hará. En el
tiempo no sucede nada; lo único que pasa es que creemos que sucede algo.
Lo bueno de todo esto es que, aunque ésta pueda ser la única cualidad de
la experiencia vital de la que somos conscientes actualmente, decididamente
no es la única experiencia a la que podemos tener acceso. Existe otro
paradigma que discurre en paralelo al mundo del tiempo. Lo llamamos el
instante presente. Sabemos que existe porque todos lo buscamos, aun cuando
no nos demos cuenta conscientemente de que es eso lo que anhelamos.


Todos sabemos que existe porque los maestros zen y los maestros espirituales
de todas las creencias, así como muchos seres humanos ordinarios de todas
las áreas de la vida, han reentrado en él y están viviendo en él justo en este
momento; porque, justo en este momento, existe en nuestro planeta una
comunidad creciente de personas que están viviendo desde la conciencia del
instante presente.
A la experiencia de la conciencia del instante presente podemos acceder
estemos donde estemos. No tenemos que ir a ninguna parte ni «hacer» nada
exteriormente para activarla. Sin embargo, no podemos entrar conscientemente
en esa conciencia mientras nos aferremos inconscientemente al pasado y al
futuro ilusorios.


Nuestro viaje por el Proceso de la Presencia activa automáticamente
nuestra capacidad para hacer conscientemente la transición perceptiva desde
el mundo basado en el tiempo en el que estamos ahora hasta el estado del ser
que hemos estado buscando con nuestras interminables actividades, con
nuestro incesante «hacer». Nos instruye para que entremos suavemente en el
maravilloso sendero que lleva a una conciencia siempre creciente del instante
presente. Nos ayuda a reenfocar la atención y la intención para que dirijamos
conscientemente nuestra conciencia hacia el resplandor de la presencia
interior. Nos invita a entrar conscientemente en el instante presente de nuestra
vida y, de este modo, a que abracemos un estado del ser en el cual podamos
abrirnos a la alegría, a la salud y a la abundancia inherentes a cada instante de
la vida.
A cada instante se derrama sobre nosotros una vida
gozosa, abundante y saludable. Cuando «vivimos en el tiempo», la
vasija de nuestro ser se vuelve boca abajo. Y así, desperdiciamos
nuestra experiencia vital intentando conseguí»; en lugar de recibir.
La conciencia del instante presente no es una idea o un concepto; es una
experiencia. Es una manera de ser que no supone esfuerzo alguno, que es un
derecho de nacimiento de cada ser humano de este planeta. Y el entrar en ella
ahora es una consecuencia inevitable de nuestra acelerada evolución. Nos
invita aquí y ahora a todos los que estemos dispuestos a recibir sus
bendiciones. Nos llama a cada uno de nosotros con una voz queda que dice:
«¡Detente! No hay lugar adonde ir ni nada que hacer, pero sí que hay todo que
ser». Ésa es su invitación, ése es el viaje, y éste es el regalo que el Proceso de
la Presencia hace posible.


Así pues, ¿qué es la conciencia del instante presente? Es un estado del ser
en el cual integramos sin ningún esfuerzo la presencia divina con la que
estamos, en cada instante en el que estamos que nos da Dios, para que
podamos responder conscientemente a cada experiencia que tenemos. Y,
cuando se consigue esto, nuestra respuesta es siempre la misma: gratitud; una
corriente de gratitud que nos libera de todas nuestras ilusiones.
Entrar en tal estado puede parecer difícil y complicado cuando estamos
viviendo en el tiempo y, sin embargo, no requiere ningún esfuerzo, y es
completamente natural, porque la conciencia del instante presente es un
derecho de nacimiento del ser humano. Es el reino de la conciencia a través de
cuyos pórticos regresa el hijo pródigo. Lo más difícil de todo el proceso ha sido
intentar encontrar lo que no sabíamos que habíamos perdido. Y lo mejor de
todo es darse cuenta de que hemos estado buscando algo que, en realidad, ya
nos había encontrado a nosotros.



MICHAEL BROWN

El Proceso de la Presencia
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