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martes, 24 de mayo de 2016

El Poder del Fuego (Omraam M. Aivanhov)


El poder del fuego.
 
Omraam M. Aivanhov

Todo el mundo tiene sus manías, y yo también las tengo. 

No hay excepciones. Siempre repito la misma frase: 
«Lo que está abajo es como lo que está arriba...», y las mismas palabras sobre el gran libro de la naturaleza viviente. 
Pero, verdaderamente, se trata de una idea fija muy útil, y os lo puedo probar al demostraros una vez más que esta frase constituye para mí una clave.

Recuerdo que cuando era joven, tenía 13 ó 14 años, me encantaba ensayar todo tipo de oficios. 

Lógicamente no duraba mucho tiempo en ellos: algunos días o algunas semanas, y eso ocurría durante las vacaciones, cuando terminaba la escuela, porque prefería contratarme en algún sitio y aprender diferentes oficios, a jugar con los demás niños... y así fue como me convertí en sastre. No fue por mucho tiempo, duró sólo un día, pues, sinceramente, el oficio de sastre no me gustó: ¡me dormí enseguida! Lo único bueno es la postura, la llamada «sentada de sastre », que consiste en sentarse con las piernas cruzadas un poco como los yoguis, en la posición de loto. Pero yo me dormía porque coser no es nada apasionante: ¡no se acaba nunca! Y además me pinchaba los dedos. Entonces me dije que este oficio no era para mí, y al acabar la jornada lo dejé.

De todos modos, el haber cosido durante todo un día deja huella, y a lo largo de toda mi vida he continuado cosiendo a mi manera. No se trata de que vaya a abrir una tienda para ganar dinero, pero sí que me coso mis propios trajes. 

¿Estáis sorprendidos? Pues bien, visito ciertos almacenes que conozco, escojo las mejores telas, y me hago yo mismo lo trajes, las americanas, los abrigos más hermosos... Los trajes los encargo a otros o los compro, pero me he dado cuenta de que la ropa interior sólo la puedo escoger yo, y lo hago a mi gusto. 
De este modo soy mi propio sastre... Ahora, espabilaos para interpretar todo esto.

Hay un oficio en particular que ha dejado huella en mí. 

A menudo, cuando paseaba, pasaba por delante del taller de un herrero, y me impresionó tanto el ver cómo este hombre daba martillazos sobre un hierro incandescente hasta darle la forma requerida, que quise trabajar con él; me gustó y permanecí en su taller varias semanas; pero, al llevar sandalias, las chispas que saltaban del fuego me quemaban los pies descalzos y me salieron ampollas: empecé con el fuelle ayudando al herrero, y jamás podré olvidar el espectáculo de las chispas saltando, ¡era magnífico!

De este trabajo en casa del herrero he sacado una lección para demostraros cómo utilizo la clave de la analogía. 

Todo el mundo sabe que para forjar el hierro hay que ponerlo al fuego y esperar a que se ponga al rojo, y después incandescente. Generalmente no nos entretenemos en descifrar el gran secreto iniciático que se esconde detrás de este fenómeno. Sin embargo, una de las páginas más importantes del libro de la naturaleza viviente se concreta en esta pregunta:

¿cómo puede la llama comunicar al hierro su calor, e incluso su luz? Es un misterio. El hierro se vuelve exactamente como el fuego, luminoso, radiante, ardiente; aquello que antes era gris, mate, frío y duro, se transforma y adquiere nuevas propiedades...

El hombre también es comparable a un metal, como el hierro, por ejemplo, y sólo el contacto con el fuego puede volver lo resplandeciente, ardiente, cálido. 

Es evidente que estoy hablando del fuego espiritual y no del físico, ya que hay varias clases de fuego. 
Unicamente los místicos conocen este contacto con el fuego espiritual: se trata de un calor, de un amor, de un éxtasis, de una clase de vida intensa. Este fuego es una vida que os quema y transforma en otro ser... Así como el fuego físico tiene la propiedad de volver al hierro lo suficientemente flexible y maleable como para darle nuevas formas, del mismo modo el fuego celeste, que es el amor divino, puede sumergir al hombre en un estado espiritual en el que se liberará de su antigua forma, dura, opaca y fea, para recibir otra nueva, luminosa, radiante.

Los verdaderos místicos, los verdaderos profetas e Iniciados, han conocido siempre este secreto. Han sabido encontrar el verdadero fuego, que es el del alma y del espíritu, y al sumergirse en él han conseguido llegar a un estado de perfecta maleabilidad, golpeándose hasta darse una nueva forma. Finalmente bañaban el metal para fijar definitivamente dicha forma. Este es un detalle que tampoco se ha sabido interpretar. Después de calentar el hierro al rojo vivo, hay que sumergirlo en agua fría para que su nueva forma se vuelva dura y resistente, y esto mismo también sucede en el mundo espiritual. El agua fría son las adversidades, las dificultades. 

El fuego lima los metales, y el agua los endurece, mientras que referido a la tierra el fenómeno es al revés: el agua la torna más blanda y el fuego la reseca. Es un aspecto más del lenguaje del libro de la naturaleza viviente.

Existen varias clases de fuego, que podemos clasificar en tres categorías: el fuego físico, visible, que consume y devora los objetos; el fuego astral, que nos quema y nos atormenta, como por ejemplo el fuego del amor humano puramente pasional, sexual; y finalmente el fuego divino, el fuego del sol que no consume, que no hace sufrir, sino que nos da la luz, la alegría, el éxtasis y la sublime sensación de estar en comunicación con el mismo Dios. Este es el fuego celeste.

Mientras que el fuego pasional, que los seres humanos conocen perfectamente porque les quema y consume, a menudo sólo es una llamarada; y, sin embargo, aman este fuego que los hace sufrir, adelgazar, arrancarse los cabellos... Muy pocos saben ir más allá para sumergirse en el fuego que inunda las regiones superiores. Yo conozco este fuego porque en varios momentos de mi existencia, Dios me ha concedido la dicha de poder gozar de este fuego celeste.

Para poder transformamos, remodelar nuestro temperamento, nuestras tendencias, nuestros hábitos, incluso nuestra herencia, debemos atraer, llamar a este fuego celeste, suplicarle que descienda sobre nosotros y soplar, soplar sin cesar sobre él para que haga que nos fundamos. A continuación debemos pedir a alguien que nos modele, o bien modelamos nosotros mismos, siempre y cuando seamos lo bastante conscientes para hacerlo. De este modo es como interpreto yo el oficio del herrero.

Yo he verificado personalmente todo lo que os cuento, por esto puedo indicaros de qué manera llegaréis a transformaros completamente: debéis prepararos intensamente, es decir, rogar, suplicar para atraer el fuego celeste, y cuando éste entre en vuestro interior, experimentaréis tal efervescencia que os derretiréis. Después de semejantes momentos ya no tendréis interiormente la misma forma, e incluso físicamente, poco a poco, os transformaréis, y llegaréis a moldearos un nuevo semblante.

Os repito que he experimentado todo cuanto os digo. 

He tenido la dicha, el privilegio de haber conocido, de haber probado este fuego, y entonces he comprendido que el fuego podía fundir y cambiar las antiguas formas. Por este motivo, deberíais desear únicamente este fuego celeste, pensar en él, y contemplado hasta que acuda a abrazar y conmover vuestro corazón, vuestro ser.

No confiéis en las lecturas y las explicaciones porque no sirven para nada mientras no se encienda el fuego que os haga vibrar, temblar, haciendo de vosotros un ser vivo como el sol.

Porque el sol es un fuego y por esta razón cada mañana debéis acudir a verlo para restablecer el contacto con el fuego celeste. Si os unís al sol, os dejáis abrazar por él con todo vuestro amor e inteligencia, las llamas empezarán a rodearos y a brotar de vosotros. El Espíritu Santo no es otra cosa que el fuego sagrado del sol.

Hay que tener en cuenta al sol, pues sólo él puede comunicaros este fuego, incendiaros, haceros arder y brillar. Dedicaos cada día al sol, conscientemente, hasta que llegue el fuego divino capaz de revelaros todas las cosas. Todos los Iniciados dicen lo mismo: si no alcanzáis este fuego, no conseguiréis nada. 

Hay que llegar a este fuego sin el temor de quemarse, porque no quema, sino que transforma. En realidad sí que quema, pero sólo los desechos, las impurezas, y no lo que es puro, noble y divino. Un fuego no daña a otro fuego, no puede destruir lo que es de su misma naturaleza.

Si leéis a Ezequiel, a san Juan u a otros profetas, veréis que cuentan cómo purificó Dios sus labios con un carbón ardiente o haciéndoles tragar un pequeño libro... Se trata siempre de lo mismo, aunque adopte distintas formas: se puede recibir un espíritu - llamadlo Espíritu Santo, si queréis - por medio de la respiración o del aire. Los hindús dicen que es una especie de «prana» celeste, otros dicen que es el fuego o la luz... 

No importa como se le llame; se trata de un espíritu que el hombre recibe del aire al respirar. Por este motivo ciertas Enseñanzas Iniciáticas dan tanta importancia a la respiración; la inspiración y la espiración son el principio y el fin, son el mismo Dios, la vida eterna. La vida empieza con la primera inspiración, y cuando el hombre muere se dice que «expira». Así pues, tenéis que comprender perfectamente la importancia de la respiración y estar muy atentos.

Por ejemplo, al comer, ¿tenéis el hábito de respirar correctamente? No; las personas enferman porque hablan, gesticulan, tragan y respiran mal cuando comen... 

La nutrición no puede hacerse correctamente sin una respiración armoniosa. 
Es otra cosa que no habéis tomado muy en serio; y, sin embargo, es muy importante no hablar durante las comidas para que podáis respirar correctamente, pues por medio de la respiración atraéis elementos sutiles y acumuláis reservas para toda la jornada. Realizad algunas respiraciones profundas durante las comidas; aparentemente puede parecer poco interesante, pero es un método que encierra grandes secretos.

¡Pero las personas están tan alejadas de todo esto! Por ello yo aconsejo a todos los que abordan nuestra Enseñanza que no se sorprendan, que no critiquen ni comparen nuestros métodos con la instrucción que han recibido en el mundo. Que tengan paciencia y estudien, y cuando se haga la luz, quedarán deslumbrados al ver la riqueza de nuestra Enseñanza y de nuestras prácticas:
parecen insignificantes, pero en realidad permiten el acceso a otras posibilidades distintas de las que conocían hasta ahora.

Como podéis comprobar mi filosofía no proviene de la lectura, sino de la experiencia. Todo lo que os revelo lo he practicado ininterrumpidamente, y aún hoy en día estoy dispuesto para conocer, probar y abordar otras verdades con la esperanza de enseñároslas algún día. Confiad en mí y decidíos de una vez por todas a conocer, sentir y poseer el poder del fuego celeste. 

Para ello concentraos más profundamente en el Sol, en el fuego que invade el universo. Intentad comprender su naturaleza, de qué modo acude a nosotros para conmovernos intensamente, y cómo puede comunicarnos sus propiedades. 
Hay que llegar a absorberlo para que con su calor haga fundir las viejas formas endurecidas y las podamos remodelar. 
En ciertos niveles hay que trabajar con el agua porque ésta sabe modificar lo que hay de pétreo y de térreo en nosotros; pero con todo lo que es metálico, hay que utilizar el fuego.

Aprended a valeros del poder del fuego. Demasiado a menudo los seres humanos se dejan abrasar y atormentar por el otro fuego, el astral, que desprende gran cantidad de humo y deja muchas cenizas. El fuego celeste no produce humos ni desechos, sólo produce luz, calor y vida.

Por desgracia, los hombres y las mujeres prefieren siempre desencadenar el fuego devastador del plano astral, y entonces dicen: «Me quemo, me quemo...» Por otra parte, nadie duda ni se extraña cuando les preguntamos qué es este fuego, pues todos lo conocen. Sin embargo, en cuanto al fuego celeste, no encontraréis muchos candidatos que sepan de qué se trata.

Existen tres tipos de fuego; en realidad hay miles, pero para simplificar los clasifico en tres categorías: el fuego físico, que no distingue los buenos de los malos, sino que quema todo y a
todos; el fuego astral, o infernal, que siente una gran predilección por las personas desbordantes de pasión, de deseos, de codicia y de maldad; y sobre las que está dispuesto 

a abalanzarse en cualquier momento para consumirlas, porque para él se trata de un alimento apetecible; en cambio no tiene ningún poder sobre los seres unidos a Dios o a los ángeles. 
En cuanto al fuego celeste, busca aquellos que son absolutamente puros y luminosos, y cuando los encuentra, avanza sobre ellos, los abraza, convirtiéndolos en hijos de Dios, hermosos, luminosos y resplandecientes como el Sol.

Por consiguiente el fuego físico no elige: le da igual que alguien sea justo o injusto, no le preocupa; lo quema, eso es todo. 

Los otros dos fuegos sí que eligen. El fuego divino no desciende sobre cualquiera. Sí, se trata de una especie de rayo; aquellos que reciben la gracia, las bendiciones de Dios, son fulminados por un rayo divino. 
Se habla del flechazo en el amor: «En el mismo momento en que la vi, he sentido el flechazo», dice el joven, y, desgraciadamente, desde entonces su destino está ya trazado: tendrá que sufrir, llorar, e incluso quizás llegará a cometer un asesinato, etc... ¿Para qué este flechazo? Para aprender ciertas cosas gracias al sufrimiento.

También otros reciben un flechazo, pero en este caso se trata de un flechazo celeste, y también están continuamente a punto de llorar, pero de éxtasis. ¡Cuántos santos y místicos han recibido esta gracia! Al leer su biografía veréis cómo san Juan de la Cruz, la pequeña Santa Teresa, y tantos otros han recibido un flechazo de Cristo; también algunos poetas o artistas lo han sentido.

En mi opinión no existe nada más precioso, más raro, más maravilloso. Ninguna gracia puede compararse al flechazo celeste del fuego sagrado, no existe nada más elevado.

Pero no lo sabemos o comprendemos todo porque hayamos recibido este flechazo; el fuego celeste no nos vuelve de golpe omniscientes y todopoderosos, simplemente nos da la posibilidad de transformamos, y nos corresponde a nosotros el trabajar con él para desarrollarnos perfectamente, idealmente... 

El mayor contratiempo que pueda sucedernos, la pérdida más terrible que podamos sufrir, es llegar a perder esta gracia o Espíritu Santo. Muchos ocultistas, místicos o iniciados han poseído este fuego y lo han perdido de un modo u otro; algunos lo han reconquistado, ¡pero a costa de cuántos sufrimientos, lágrimas, arrepentimientos y trabajos! Este fuego es tan consciente que podríamos decir que se siente «vejado» cuando la persona ha sido tan negligente hasta el punto de dejarlo escapar... Esta debe humillarse, llorar y suplicar largo tiempo para que aquél consienta en volver; pero si consiente, se aferra tan fuerte, hunde tan profundamente sus raíces en el interior del ser humano, que ya no lo abandona jamás.

He estudiado muchos casos, he vivido numerosas experiencias, y cada día dialogo sin cesar con el fuego... tanto interiormente como exteriormente sólo me interesa el fuego. 

He sentido predilección por él desde que nací; pero, mientras que en mi infancia incendiaba los graneros, más tarde comprendí que ya no tenía que preocuparme del fuego externo y que ante todo debía iluminar mi corazón, y a continuación el de los demás.

Ahora os doy el siguiente consejo: contemplad diariamente la salida del sol sabiendo que hay en él una chispa, una llama con la que podéis encender vuestro corazón. 

Al igual que la mañana de Pascua en las Iglesias ortodoxas. 
En esta mañana la Iglesia está llena, el pope enciende un cirio y pasa la llama al fiel más cercano, éste a su vez enciende el cirio del vecino, y así sucesivamente hasta que toda la Iglesia se ilumina. Por consiguiente, un solo cirio ha encendido todos los demás: es simbólico. El Sol también es un cirio con el que podemos encender nuestro propio cirio. A veces tardamos años en conseguirlo porque interiormente hace viento o llueve, pero un buen día, de pronto, conseguimos encenderlo y empieza a desprender un poco de luz. En aquel momento, el vecino advierte que hay algo con lo que iluminarse, y acude también él a encender su cirio, después acude un segundo, un tercero, etc..., y así, de este modo, un día el mundo entero puede estar repleto de cirios encendidos.

Os daré un ejemplo más prosaico: el de un hombre que saca chispa con el eslabón para encender su cigarrillo. Consideremos este ejemplo, aunque no sea muy brillante. 

El sol es el sílex (¡lo cual es incomprensible para vosotros !), y vosotros tenéis un trozo de hierro. Cada mañana golpeáis el hierro con el sílex y, de pronto, surge la chispa. El sílex es fiel a la cita. Por lo tanto, debéis presentaros cada día con este hierro y golpear, es decir, trabajar con la voluntad, para que salte la chispa; os corresponde a vosotros golpear. 
No es el sol quien tiene que arreglarnos las cosas, sino que debemos hacerlo nosotros. El sol ya lo hizo hace mucho tiempo. Nosotros somos quienes debemos acudir a su encuentro, quienes tenemos que realizar nuestro trabajo encendiendo nuestro cirio gracias al gran cirio del Sol... ¿Está claro? ¿No es cierto que interpreto correctamente las imágenes y símbolos del gran libro de la naturaleza viviente?

Omraam Mikhaël Aïvanhov
Los secretos del libro de la naturaleza
 
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