Mis Amigos Seguidores en Google

viernes, 13 de mayo de 2016

El MECANISMO DE DEJAR IR (Dr. David R Hawkins.) (ULTIMO CAPITULO Y FINAL)


Nota autobiográfica. 
(Segundo Escrito)
Debía de haber algún   otro modo de abordar las causas del malestar general, de aquel interminable rió de angustia espiritual y de sufrimiento humano. 
Todo esto llevo al estudio de la kinesiología, que resulto ser un descubrimiento sorprendente. Era un “agujero de gusano” entre dos universos: el mundo físico y el mundo de la mente y del espíritu. Era un interfaz entre dos dimensiones. 
En un mundo lleno de gente dormida, que había perdido la conexión con su origen, nos encontrábamos con una herramienta que permitía recuperar, y demostrar ante todos, 
la conexión perdida con la realidad superior. 
Esto llevo a poner a prueba cada sustancia, pensamiento y concepto que pudiera ser traído a la mente. 
En aquel esfuerzo, recibí la ayuda de mis alumnos y de mis ayudantes de investigación. Y entonces se hizo un importante descubrimiento: mientras que todos los individuos daban una respuesta débil ante estímulos negativos, como las luces fluorescentes, los pesticidas y los edulcorantes artificiales, los estudiantes de disciplinas espirituales que habían desarrollado sus niveles de consciencia no daban respuestas débiles como las que daban las personas normales. 
En su consciencia, había cambiado algo importante y decisivo. Al parecer, ocurría cuando se daban cuenta de que no estaban a merced del mundo, y que solo se veían afectados por aquellas cosas en las que creía su mente. Quizá el proceso de desarrollo hacia la iluminación podría enseñarse para incrementar la capacidad de resistencia del hombre ante las vicisitudes de la existencia, incluidas las enfermedades. 
El Ser tenia la capacidad de cambiar las cosas del mundo, simplemente, previéndolas; el Amor cambiaba el mundo cada vez que sustituía al no amor. 
La disposición general de la civilización se podía alterar profundamente concentrando este poder del amor en un punto muy concreto. 
Cada vez que esto sucedía, la historia se bifurcaba en nuevos caminos. Y, ahora, daba la impresión de que estos atisbos cruciales no solo se podían comunicar con el mundo, sino que, además, se podían demostrar de forma visible e irrefutable. Daba la impresión de que la gran tragedia de la vida humana siempre había sido lo fácil que era engañar a la psique; la discordia y los conflictos habían sido las consecuencias inevitables de esa incapacidad básica de la humanidad para distinguir lo falso de lo verdadero. 
Pero aquí había una respuesta para este dilema fundamental, una forma de recontextualizar la naturaleza de la misma consciencia y de hacer explicable aquello que, de otro modo, solo se podía inferir. Había llegado el momento de dejar la vida en Nueva York, con su apartamento de ciudad, y mudarse a una casa en Long Island para hacer algo mas importante. 
Era necesario perfeccionarme a mi mismo como instrumento, y eso suponía dejar el mundo y todo lo que hay en el para sumergirme en una vida de reclusión en una pequeña ciudad, donde pasaría siete años entregado a la meditación y el estudio. Sin buscarlos, volvieron los abrumadores estados de arrobamiento y, con el tiempo, surgió la necesidad de aprender el modo de estar en la Presencia Divina y, aun así, seguir funcionando en el mundo. 
La mente había perdido el rastro de lo que estaba sucediendo en el mundo en general y, con el fin de investigar y escribir; se hizo necesario abandonar la practica espiritual y concentrarse en el mundo de la forma. Leyendo periódicos y viendo la televisión, pude ponerme al día con la historia de quien era quien, con los principales acontecimientos y con la naturaleza del dialogo social en curso.
Las excepcionales experiencias subjetivas de la verdad, que es competencia de los místicos, que influyen en toda la humanidad enviando energía espiritual a la consciencia colectiva, son algo comprensible para la mayoría de las personas y tienen por tanto un sentido limitado, salvo para otros buscadores espirituales. 
Esto llevo a un gran esfuerzo por ser ordinario, porque el mero hecho de ser ordinario es una expresión de la divinidad; la verdad del yo verdadero de uno se puede descubrir en el sendero de la vida cotidiana. Lo único que hace falta es vivir con cariño y con bondad. El resto se revela por si mismo a su debido tiempo. Lo corriente y Dios no son cosas diferentes. 
Y así, tras un largo viaje circular del espíritu, se regreso al trabajo mas importante, que consistía en intentar traer la Presencia al menos un poco mas cerca de tantas personas como fuera posible La Presencia es silenciosa y transmite un estado de paz, que es el espacio en el cual y por el cual todo es y tiene su existencia y experiencia. 
Es infinitamente suave y, no obstante, es como una rota. 
Con ella, desaparece todo temor. Y, debido a que el sentida del tiempo se detiene, no hay aprensión ni pesar algunos, no hay dolor, no hay anticipación; la fuente de la alegría es interminable y siempre esta presente. 
Sin principio ni final, no hay perdida, ni pesar, ni deseo; no hace falta hacer nada, todo es ya perfecto y completo. 
Cuando el tiempo se detiene, todos los problemas desaparecen; son meramente artefactos de un punto de percepción. 
Cuando se impone la Presencia, ya no hay más identificación con el cuerpo o con la mente. 
Y, cuando la mente guarda silencio, pensamiento “Yo Soy” desaparece también, y la Conciencia Pura brilla para iluminar lo que uno es, fue y siempre será, mas allá de todos los mundos y todos los universos, mas allá del tiempo y, por tanto, sin principio ni fin. 
La gente se pregunta: “Como se alcanza este estado de conciencia?”, pero son pocos lo que siguen los pasos, debido 
a su sencillez. En primer lugar, el deseo de alcanzar ese estado era muy intenso. Después, la disciplina comenzó a actuar con un perdón y una ternura constantes y universales, sin excepción. 
Uno ha de ser compasivo con todo, incluso con el propio yo y con los pensamientos de uno. 
Mas tarde, tuve que estar dispuesto a dejar en suspenso los deseos y a someter la voluntad personal en todo momento. 
A medida que cada pensamiento, cada sentimiento, cada deseo y cada acto se sometían a Dios, la mente se iba quedando en silencio. Al principio, se desembarazo de historias y de párrafos enteros, después de ideas y conceptos. 
Y, cuando uno deja de querer poseer estos pensamientos, estos ya no alcanzan tanta elaboración, y comienzan a fragmentarse cuando están a mitad de formarse. 
Finalmente, fue posible invertir la energía que hay tras el pensamiento antes siquiera de que se convirtiera en pensamiento. El trabajo para fijar el enfoque fue constante e implacable, sin siquiera permitirse un instante de distracción en la meditación, y prosiguió mientras me dedicaba a las actividades habituales. 
Al principio, parecía muy difícil pero, con el paso de los días, se convirtió en algo habitual y automático, precisando cada vez de menos esfuerzo para, finalmente, suceder sin esfuerzo alguno. El proceso se parece al de un cohete que abandonara la Tierra. Al principio, hace falta un enorme poder pero, después, hace falta cada vez menos, a medida que la nave abandona el campo gravitatorio terrestre, hasta que, finalmente, se mueve por el espacio mediante su propio impulso. De repente, y sin previo aviso, tuvo lugar un cambio de conciencia y la Presencia ya estaba ahí, inequívoca y omniabarcante. 
Hubo unos instantes de aprensión cuando el yo moría y, luego, el absoluto de la Presencia inspiro un relámpago sobrecogedor. El avance fue espectacular, mas intenso que ningún otro con anterioridad. 
No había nada con que compararlo en la experiencia normal. Tan profundo impacto quedo amortiguado por el amor que conlleva la Presencia. Sin el apoyo y la protección de ese amor, uno habría quedado aniquilado. Después, vino un momento de terror, cuando el ego se aferro a la existencia, temiendo convertirse en nada. Pero, en vez de eso, cuando murió, se vio sustituido por el Yo como Totalidad, el Todo en el cual todo se conoce y es obvio en la perfecta expresión de su propia esencia. Con la no localidad, llego la conciencia de que uno es todo lo que haya existido o pueda existir. Uno es total y completo, mas allá de toda identidad, mas allá de todo genero, mas allá siquiera de su misma humanidad. 
Ya nunca mas habría que temer el sufrimiento ni la muerte. 
Lo que sucedió con el cuerpo después de este punto es irrelevante. En determinados niveles de conciencia espiritual, los achaques del cuerpo se curan o desaparecen espontáneamente. 
Pero en el estado absoluto, tales consideraciones son irrelevantes. 
El cuerpo seguirá el curso previsto y, luego, volverá al lugar de donde vino. Es una cuestión sin importancia, y uno no se siente afectado por ello. El cuerpo se convierte en un “eso”, más que en un “yo”, como cualquier otro objeto, como un mueble de una habitación. Se le antoja a uno cómico que la gente siga dirigiéndose al cuerpo como si fuera el “tu” individual, pero no hay forma de explicar este estado de conciencia a quien no lo haya vivido. 
Lo mejor es seguir adelante con los propios asuntos y dejar que la Providencia se ocupe del ajuste social. Sin embargo, cuando uno se sumerge en el arrobamiento, es muy difícil ocultar un estado de semejante éxtasis. 
El mundo puede quedarse deslumbrado, y la gente puede venir desde muy lejos para conectar con el aura que lo acompaña. Los buscadores espirituales y los curiosos de lo espiritual pueden sentirse atraídos, al igual que los enfermos que están buscando un milagro; uno se puede convertir en un imán y en fuente de alegría para ellos. Normalmente, en este punto existe el deseo de compartir este estado con los demás, y de utilizarlo en beneficio de todos. El éxtasis que acompaña a este estado no es absolutamente estable; también hay momentos de gran angustia. Los mas intensos se dan cuando el estado fluctúa y, 
de repente, cesa sin razón aparente. En estos casos, se dan periodos de intensa desesperación, así como el temor de que la Presencia le haya olvidado a uno. Estas caídas hacen arduo el sendero y, para superarlas, hace falta una gran dosis de voluntad. 
Al final, se hace obvio que uno debe trascender este nivel o sufrir permanentemente estos insoportables “descensos desde la Gracia”. Así pues, hay que renunciar a la gloria del éxtasis cuando uno se sumerge en la ardua tarea de trascender la dualidad, hasta que uno esta mas allá de todos los opuestos y sus conflictivos dones. Una cosa es renunciar alegremente a las cadenas de hierro del ego, y otra muy distinta es abandonar las cadenas de oro de la dicha del éxtasis. 
Es como si uno renunciara a Dios, al tiempo que aparece un nuevo nivel de temor, un temor nunca antes anticipado; es el terror final de la soledad mas absoluta. Para el ego, el miedo a la no existencia era formidable, y le hizo retraerse de el una y otra vez, cuando parezca aproximarse. Luego, se hizo evidente el propósito de las agonías y de las noches oscuras del alma. 
Son tan intolerables, que su exquisito dolor le espolea a uno hasta el esfuerzo extremo que hace falta para superarlas. Cuando la vacilación entre el cielo y el infierno se hace intolerable, hay que someter incluso el deseo por la existencia. Solo entonces se puede ir por fin mas allá de la dualidad de la Totalidad frente a la nada, mas allá de la existencia o la no existencia. Esta fase de culminación del trabajo interior es la mas difícil, el instante decisivo final, donde uno se hace plenamente consciente de que la ilusión de la existencia que uno trasciende aquí es irrevocable. No hay marcha atrás desde este punto, y el espectro de su irreversibilidad hace que esta ultima barrera parezca la decisión más formidable jamás tomada. Pero, de hecho, en este Apocalipsis final del yo, la disolución de la única dualidad que queda, la de la existencia y la no existencia, la de la identidad misma, se disuelve en la Divinidad Universal, y no queda consciencia individual que pueda tomar la decisión. El ultimo paso, por tanto, lo da Dios. 
-David R. Hawkins 
--------------------------------------------------------------------------------------------------- 
Anexo del grupo de estudio “Descubriendo la Luz”. Cita extraída de la conferencia “Amor” de 17 de Septiembre 2011. Por David R Hawkins (Última conferencia pública del Dr. Hawkins). “El amor abre el corazón. Ilumina la esencia y la amabilidad de los demás. Así que [dile a alguien] -”Incluso cuando seas muy malo, ¡te sigo queriendo! - El cerebro te dirá una cosa, pero el corazón te dirá algo distinto. El corazón es amor no importa a que, incluso cuando el cerebro es crítico y está poniendo condiciones para ello. El amor no exige nada “. Del boletín de www.veritaspub.com. Octubre 2011 --------------------------------------------------------------------------------------------------- 
Una Bendición Especial del Dr. Hawkins: "Yo te bendigo en el nombre del Señor, y rezo por tu felicidad y la belleza que llevarás a la vida de otros. A través de su Amor, la Divinidad fluye a través del Amor, y cuando Amas, irradias la Divinidad a esa persona. El Amor es la Presencia de Dios. Dios y el Amor son ambos la misma cosa. Por lo tanto, cuando Amas a alguien, le llevas a Dios a su vida. 
" Boletín de www.veritaspub.com de 1 de Agosto de 2012. ---------------------------------------------------------------------------------
Todo el material disponible en español de la obra del Dr. Hawkins se encuentra en la web http://descubriendolaluz.wix.com/david-r-hawkins , te invitamos a participar en los grupos.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...