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domingo, 6 de marzo de 2016

El MECANISMO DE DEJAR IR (Dr. David R Hawkins.)



Capitulo IV
APATÍA Y DEPRESIÓN
La apatía es la creencia, "No puedo".
Es la sensación de que no podemos hacer nada acerca de nuestra situación y nadie nos puede ayudar.
Es la desesperanza y la impotencia. Se asocia con pensamientos tales como: "¿A quién le importa?"; "¿De qué sirve?"; "Es aburrido"; "¿Por qué molestarse?", "No puedo ganar de ningún modo”.
Este es el papel exhibido por Eeyore, el taciturno personaje de "Winnie the Pooh" que en los dibujos animados dice: "Oh, bueno.
No haremos nada bien de todas formas". Desaliento. Derrota. Imposible. Demasiado duro. Solo. Darse por vencido. Aislado. Separado. Retirado. Cortado. Desolado. Deprimido. Empobrecido. Frustrante. Pesimista. Descuidado. Sin sentido del humor. Vacío. Absurdo. Ocioso. Desamparados. Fracasado. Demasiado cansado. Desesperado. Confuso. Olvidadizo. Fatalista. Demasiado tarde. Demasiado viejo. Demasiado joven. Mecánico. Condenado. Negativo. Triste. Inútil. Perdido. Sin sentido. Deprimente. Indiferente. El propósito biológico de la apatía es el de pedir ayuda, pero parte de la sensación es que no es posible ninguna ayuda.
Gran parte de la población mundial está funcionando en el nivel de la apatía. Para ellos, no hay ninguna esperanza de ser capaces de satisfacer sus necesidades básicas, ni de que llegue ayuda de cualquier otra parte. La personalidad media suele ser apática en varias áreas de la vida, pero sólo periódicamente se enfrenta abrumadoramente a la apatía como situación de toda su vida.
La apatía indica una falta de energía vital y está cercana a la muerte. Esto se observó durante el bombardeo de Londres en la Segunda Guerra Mundial.
Los niños fueron trasladados a guarderías remotas en zonas seguras de Inglaterra, donde sus necesidades físicas, nutricionales y médicas fueron también atendidas. Sin embargo, los niños desarrollaron apatía y comenzaron a empeorar; perdieron el apetito y la tasa de mortalidad fue alta. Se descubrió que la apatía era el resultado de la falta de cariño y cercanía emocional con una figura maternal. Era un estado emocional, no físico.
Sin amor y afecto perdieron la voluntad de vivir. En nuestro país, vemos áreas económicamente deprimidas donde toda una población se vuelve apática. Cuando las personas de estas zonas aparecen en las noticias de la televisión, a menudo lo hacen con comentarios tales como: "Cuando el cheque de la asistencia social se agote, supongo que enfrentaremos el hambre, no hay esperanza para nosotros." Los sentimientos de apatía en relación a la técnica del dejar ir pueden aparecer como resistencias.
Estas pueden tomar la forma de actitudes y pensamientos tales como: "No va a funcionar de todos modos", "¿Cuál es la diferencia?", "No estoy preparado todavía para esto", "No puedo sentirlo", "Estoy demasiado ocupado", "estoy cansado de dejar ir”; "estoy demasiado abrumado", "me olvidé", "estoy demasiado desesperado"; "Estoy demasiado dormido".
La manera de salir de la apatía es recordarnos a nosotros mismos nuestra intención, que es la de conseguir ser más y más libres, para ser más eficaces y felices, y dejar la resistencia a la técnica.
"No puedo" frente a "No quiero" Otra manera de salir de la apatía es ver el pago que estamos recibiendo de no conseguir salir de las actitudes apáticas. El pago puede darse en excusas encubiertas que en realidad son miedo. Ya que en realidad, somos seres muy capaces, la mayoría de los "No puedo" son en realidad "No quiero". Tras los "No puedo" o los "No quiero" con frecuencia hay un miedo. Entonces, cuando nos fijamos en la verdad de lo que está detrás de la sensación, ya hemos ascendido en la escala de la apatía al miedo. El miedo es un estado de energía superior al de la apatía.
El miedo por lo menos nos empieza a motivar a la acción y, en esa acción, podemos volver a entregar el miedo y pasar a la ira, el orgullo o el coraje, todos los cuales son estados superiores a la apatía.
Tomemos un problema humano típico y tracemos cómo funciona el mecanismo de la entrega para liberarnos de una inhibición.
Hablar en público es una de las inhibiciones más comunes.
En el nivel de la apatía en esta área, decimos: "Oh, no me es posible hablar en público. Es demasiado agobiante.
Nadie querrá escucharme de todas formas. No tengo nada más que decir". Si nos recordamos a nosotros mismos nuestra intención, veremos que la apatía no es más que encubrir el miedo. Ahora, la idea de hablar en público es aterradora, no hay ninguna esperanza. Esto trae al respecto una cierta claridad. Los hechos no son lo que "no se puede", sino simplemente “les tenemos miedo". En la medida en que este miedo llegue y se deje, nos volvemos mas conscientes de que tenemos el deseo de hacer las mismas cosa que tememos.
Ahora al observar el deseo, que está bloqueado por el miedo y tal vez agravado por algún sufrimiento por la pérdida de oportunidades en el pasado, surge la ira. En este punto, ya hemos pasado de la apatía, al dolor, al deseo, hasta llegar a la ira.
En la ira hay mucha más energía y capacidad de acción.
La ira a menudo toma la forma de resentimiento, como el resentimiento de aceptar hablar en público y ahora sentirnos obligados a hacerlo. También hay ira por nuestro miedo, que ha bloqueado los logros en el pasado, y la ira conduce a la decisión de hacer algo al respecto. Esta decisión podría tomar la forma de un curso de oratoria. Al inscribirnos en un curso de oratoria, ya hemos ascendido hasta la energía del orgullo en la que por fin cogemos el toro por los cuernos y estamos haciendo algo al respecto.
De camino al curso de oratoria, de nuevo surgirán más miedos.
En la media en que sea constantemente reconocido y entregado, nos daremos cuenta de que tenemos coraje al menos en nuestra capacidad para hacer frente a nuestros miedos y tomar medidas para superarlos. El nivel del coraje tiene muchísima energía.
Esa energía toma la forma de dejar ir el miedo residual, la ira y el deseo, de modo que en medio de la clase de oratoria, de repente se experimenta la aceptación.
Con la aceptación se está libre de resistencias, que habían tomado anteriormente forma de miedo, apatía e ira.
Ahora, empezamos a experimentar placer. Hay auto- confianza por la aceptación, "puedo hacerlo".
En el nivel de la aceptación, hay una mayor consciencia de los demás, de modo que en la clase de oratoria, nos damos cuenta del dolor, el sufrimiento y la incomodidad de los demás miembros de la clase y comenzamos a preocuparnos por ellos.
Con la aparición de esta compasión hacia los demás, hay una pérdida de auto-conciencia.
Con la aparición de la abnegación vienen momentos de paz.
En el camino de casa a la clase, experimentamos una satisfacción interior, la sensación de que hemos crecido, que hemos compartido con los demás. En la experiencia de compartir, nos hemos olvidado de nosotros mismos por unos momentos y nos hemos preocupado más por la felicidad de los demás.
Hemos experimentado el placer de los logros de los demás. En este estado, hay una gracia transformadora de, el descubrimiento de nuestra compasión interior, un sentimiento de conexión con los demás, y una compasión por su sufrimiento. Con el pleno desarrollo de esta progresión, podremos compartir con los demás que tuvimos miedo de hablar en público, los pasos que dimos para superarlo, y el éxito que experimentamos, como aumentó nuestra autoestima, y los cambios positivos en nuestras relaciones. Toda esta progresión es la base de gran parte del poder de los grupos de autoayuda: el intercambio de experiencias interiores de los más bajos hasta los más altos niveles de la escala de las emociones. Lo que al principio parecía formidable y abrumador ha sido superado y manejado, con el consiguiente aumento de la vitalidad y el bienestar.
Este aumento de la autoestima, luego se vierte en otras áreas de la vida, y el incremento de la confianza deriva en una mayor abundancia material y capacidad en la destreza profesional.
En este nivel, el amor toma la forma de compartir y animar a los demás, y nuestras actividades son constructivas en vez de destructivas. La energía irradiada es entonces positiva y atractiva para los demás, lo que resulta en una retroalimentación positiva constante. Una vez que hemos experimentado esta progresión de la escala de las emociones en cualquier área particular, empezamos a darnos cuenta ahora de que se puede hacer en otras áreas que han sido limitadas en nuestras vidas.
Detrás de todos los "No puedo" hay simplemente "No quiero".
Los "No quiero" significan "Tengo miedo a" o "Me da vergüenza" o "Tengo demasiado orgullo para intentarlo, por temor a que podría fallar." Detrás de todo ello hay ira hacia nosotros mismos y las circunstancias generadas por el orgullo.
Reconocer y dejar ir estos sentimientos nos lleva al coraje y, desde ahí, finalmente, a la aceptación y la tranquilidad interior, al menos en lo que se refiere al área que ha sido superada.
La apatía y la depresión son los precios que pagamos por habernos conformado con y haber creído en nuestra pequeñez. Es lo que pasa por haber jugado a ser víctimas y permitimos ser programados.
Es el precio que tenemos que pagar por haber confiado en la negatividad. Es lo que resulta de resistir la parte de nosotros mismos que es cariñosa, valiente, y grandiosa. Es el resultado de dejarnos ser invalidados por nosotros mismos o por los demás; es la consecuencia de mantenernos nosotros mismos en un contexto negativo. En realidad, es sólo una definición de nosotros mismos lo que, sin saberlo, permite que esto ocurra. La salida es volverse más consciente. ¿Qué significa, "volverse más consciente"?
Para empezar, volverse más conscientes significa empezar a buscar la verdad por nosotros mismos, en lugar de permitir ciegamente que seamos programados, ya sea desde fuera o por una voz interior de nuestra mente, que busca menguarnos e invalidarnos, centrándose en todo lo que está debilitado e indefenso.
Para salir de ello, tenemos que aceptar la responsabilidad de que hemos aceptado la negatividad y hemos estado dispuestos a creerla.
La forma de salir de esto, entonces, es comenzar a cuestionarlo todo. Hay muchos modelos mentales. Uno de los más reciente ha sido el del ordenador.
Podemos ver los conceptos mentales, pensamientos y sistemas de creencias como programas. Debido a que son programas, pueden ser cuestionados, cancelados, e invertidos; los programas positivos pueden reemplazar a los negativos si así lo elegimos. El aspecto más pequeño de nosotros mismos está muy dispuesto a aceptar la programación negativa.
Si nos fijamos en el origen de nuestros pensamientos, comenzamos a identificar sus orígenes, y poner fin a la vanidad de etiquetarlos como "míos" (y por lo tanto sacrosantos), nos damos cuenta de que los pensamientos pueden ser visto objetivamente. Vemos que sus orígenes estuvieron a menudo en la educación de la primera infancia de los padres, familiares y maestros, así como en la poca información que recopilamos de los compañeros de juego, los periódicos, las películas, la televisión, la radio, la iglesia, las novelas, y los inputs automáticos de nuestros sentidos .
Todo esto continuó sin darnos cuenta, sin haberse ejercido ninguna elección consciente.
No sólo eso, sino que por nuestra inconsciencia, ignorancia, inocencia e ingenuidad, además de la propia naturaleza de la mente en si terminamos con una combinación de toda la basura negativa predominante en el mundo. Además, llegamos a la conclusión que se aplicaba a nosotros personalmente. A medida que nos volvemos más conscientes, comenzamos a darnos cuenta de que tenemos elección. Podemos dejar de darle autoridad a todos los pensamientos de la mente, y empezar a cuestionarlos, y averiguar entonces si realmente hay algo de verdad en ellos por nosotros mismos.
El estado emocional de la apatía se asocia a la creencia: "No puedo." A la mente no le gusta oírlo, pero en realidad la mayoría de los "No puedo" son "No quiero". La razón por la que la mente no quiere oír esto se debe a que los "no puedo" encubren otros sentimientos. Estos sentimientos pueden ser llevados a la consciencia al plantearnos la hipotética pregunta, "¿Es verdad que no quiero y no que no puedo? Si acepto que “no quiero", ¿qué situaciones serán provocadas y cómo me sentiré acerca de ellas?". A modo de ejemplo, digamos que tenemos un sistema de creencias que no nos permite bailar.
Nos decimos a nosotros mismos: "Tal vez, esto encubre algo. Tal vez la verdad es que no quiero y no lo haré." La forma en que podemos descubrir cuáles son nuestros sentimientos es imaginarnos en el proceso de aprender a bailar. Al hacer eso, todos los sentimientos asociados ahora empiezan a surgir: vergüenza, orgullo, torpeza, el enorme esfuerzo de aprender una nueva habilidad, y la reluctancia del tiempo y la energía involucrada.
Al reemplazar los "no puedo" por los "no quiero", descubrimos todos estos sentimientos, que pueden ser entonces entregados.
Vemos que aprender a bailar significa estar dispuestos a dejar el orgullo. Nos fijamos en el coste y nos preguntarnos: "¿Estoy dispuesto a seguir pagando este precio? ¿Estaría dispuesto a dejar el miedo por no tener éxito? ¿Estaría dispuesto dejar de resistir el esfuerzo requerido? ¿Estaría dispuesto a dejar la vanidad de manera que pudiera permitirme ser torpe como un aprendiz? ¿Puedo dejar mi mezquindad y pequeñez y estar dispuesto a pagar las lecciones y darme tiempo?" A medida que todos los sentimientos asociados son entregados, se vuelve muy claro que la verdadera razón es la falta de voluntad, y no la incapacidad.
Debemos recordar que somos libres para reconocer y entregar nuestros sentimientos, y somos libres de no entregarlos.
Cuando examinamos nuestros "No puedo" y encontramos que son en realidad "No quiero", eso no quiere decir que tengamos que dejar los sentimientos negativos que derivan en el "No quiero". Somos perfectamente libre de negarnos a dejarlos.
Somos libres de aferrarnos a la negatividad tanto como queramos. No hay ninguna ley que diga que tengamos que renunciar a ello. Somos agentes libres. Sin embargo, se crea una gran diferencia en nuestro auto-concepto al darnos cuenta de que "no quiero hacer algo" es un sentimiento bastante diferente al de pensar que "yo soy una víctima y no puedo."
Por ejemplo, podemos elegir odiar a alguien si queremos. Podemos elegir culparlo. Podemos elegir culpar a las circunstancias.
Pero al ser más consciente y darnos cuenta de que estamos eligiendo libremente, esta actitud nos sitúa en un estado de conciencia más elevado y, por tanto, más próximo a un mayor poder y dominio que el de ser la víctima indefensa de un sentimiento.
 (Dr. David R Hawkins.)
http://rosacastillobcn.blogspot.com.es/
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