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jueves, 4 de febrero de 2016

LA FÉ DE JESUS



JESÚS gozaba de una fe sublime y sin reservas en Dios. Experimentó los altibajos normales y corrientes de la existencia mortal, pero nunca puso religiosamente en duda la certidumbre de la vigilancia y la guía de Dios. Su fe era el fruto de la perspicacia nacida de la actividad de la presencia divina, su Ajustador interior. Su fe no era ni tradicional ni simplemente intelectual; era enteramente personal y puramente espiritual.
El Jesús humano veía a Dios como santo, justo y grande, así como verdadero, bello y bueno. Todos estos atributos de la divinidad los enfocó en su mente como «la voluntad del Padre que está en los cielos». El Dios de Jesús era al mismo tiempo «el Santo de Israel» y «el Padre vivo y amoroso que está en los cielos». El concepto de Dios como Padre no era original de Jesús, pero exaltó y elevó la idea hasta el nivel de una experiencia sublime mediante la realización de una nueva revelación de Dios y la proclamación de que toda criatura mortal es hija de este Padre del amor, un hijo de Dios.
Jesús no se aferró a la fe en Dios como un alma que lucha en una guerra contra el universo y en una pelea a muerte con un mundo hostil y pecaminoso; no recurrió a la fe simplemente para consolarse en medio de las dificultades o para animarse cuando lo amenazaba la desesperación; la fe no era para él una simple compensación ilusoria ante las realidades desagradables y las tristezas de la vida. En presencia misma de todas las dificultades naturales y de todas las contradicciones temporales de la existencia mortal, experimentó la tranquilidad de una confianza suprema e incontestable en Dios y sintió la formidable emoción de vivir, por la fe, en la presencia misma del Padre celestial. Esta fe triunfante era la experiencia viviente de un logro espiritual real. La gran contribución de Jesús a los valores de la experiencia humana no fue la de revelar tantas ideas nuevas sobre el Padre que está en los cielos, sino más bien la de demostrar de manera tan magnífica y humana un tipo nuevo y superior de fe viviente en Dios. En ningún mundo de este universo, ni en la vida de ningún otro mortal, Dios no se ha vuelto nunca una realidad tan viviente como en la experiencia humana de Jesús de Nazaret.
Este mundo y todos los demás mundos de la creación local descubren, en la vida del Maestro en Urantia, un tipo de religión nuevo y superior, una religión basada en las relaciones espirituales personales con el Padre Universal, y totalmente validada por la autoridad suprema de una experiencia personal auténtica. Esta fe viviente de Jesús era más que una reflexión intelectual, y no era una meditación mística.
La teología puede fijar, formular, definir y dogmatizar la fe, pero en la vida humana de Jesús, la fe era personal, viviente, original, espontánea y puramente espiritual. Esta fe no era una veneración por la tradición ni una simple creencia intelectual que él mantenía como un credo sagrado, sino más bien una experiencia sublime y una convicción profunda que lo mantenían en la seguridad. Su fe era tan real e inclusiva que erradicó absolutamente todas las dudas espirituales y destruyó eficazmente todo deseo contradictorio. Nada era capaz de arrancar a Jesús del anclaje espiritual de esta fe ferviente, sublime e intrépida. Incluso en presencia de una derrota aparente o en medio de la decepción y de una desesperación amenazante, se mantenía sereno en la presencia divina, libre de temores y plenamente consciente de ser espiritualmente invencible. Jesús disfrutaba de la seguridad vigorizante de poseer una fe a toda prueba, y en cada una de las situaciones difíciles de la vida, mostró infaliblemente una lealtad incondicional a la voluntad del Padre. Esta fe magnífica no se dejó intimidar ni siquiera por la amenaza cruel y abrumadora de una muerte ignominiosa.
En un genio religioso, una poderosa fe espiritual conduce muchas veces directamente a un fanatismo desastroso, a la exageración del ego religioso, pero esto no le sucedió a Jesús. Su vida práctica no se vio afectada desfavorablemente por su fe extraordinaria y sus logros espirituales, porque esta exaltación espiritual era una expresión enteramente inconsciente y espontánea que hacía su alma de su experiencia personal con Dios.
La fe espiritual de Jesús, arrolladora e indomable, nunca se volvió fanática porque nunca intentó dejarse llevar por sus juicios intelectuales bien equilibrados sobre los valores proporcionales de las situaciones sociales, económicas y morales, prácticas y corrientes, de la vida. El Hijo del Hombre era una personalidad humana espléndidamente unificada; era un ser divino perfectamente dotado; también estaba magníficamente coordinado como ser humano y divino combinados, ejerciendo su actividad en la Tierra como una sola personalidad. El Maestro siempre coordinaba la fe del alma con las sabias evaluaciones de una experiencia madurada. La fe personal, la esperanza espiritual y la devoción moral siempre estaban correlacionadas en una unidad religiosa incomparable de asociación armoniosa con la comprensión penetrante de la realidad y el carácter sagrado de todas las lealtades humanas —honor personal, amor familiar, obligaciones religiosas, deberes sociales y necesidades económicas.
La fe de Jesús visualizaba que todos los valores espirituales se encontraban en el reino de Dios; por eso decía: «Buscad primero el reino de los cielos». Jesús veía en la hermandad avanzada e ideal del reino la realización y el cumplimiento de la «voluntad de Dios». La esencia misma de la oración que enseñó a sus discípulos fue: «Que venga tu reino; que se haga tu voluntad». Una vez que concibió así que el reino incluía la voluntad de Dios, se consagró a la causa de hacerlo realidad con un asombroso olvido de sí mismo y un entusiasmo ilimitado. Pero durante toda su intensa misión y a lo largo de su vida extraordinaria, nunca se manifestó el furor del fanático ni la frivolidad superficial del egotista religioso.
Toda la vida del Maestro estuvo constantemente condicionada por esta fe viviente, esta experiencia religiosa sublime. Esta actitud espiritual dominaba totalmente sus pensamientos y sentimientos, su creencia y su oración, su enseñanza y su predicación. Esta fe personal de un hijo en la certidumbre y la seguridad de la guía y la protección del Padre celestial confirió a su vida excepcional una profunda dotación de realidad espiritual. Sin embargo, a pesar de esta conciencia profundísima de su estrecha relación con la divinidad, este Galileo, este Galileo de Dios, cuando le llamaron Maestro Bueno, replicó instantáneamente: «¿Por qué me llamas bueno?» Cuando nos encontramos ante un olvido de sí mismo tan espléndido, empezamos a comprender cómo le resultó posible al Padre Universal manifestarse tan plenamente a Jesús y revelarse a través de él a los mortales de los mundos.
La vida terrenal de Jesús estuvo consagrada a una sola gran finalidad —hacer la voluntad del Padre, vivir la vida humana religiosamente y por la fe. La fe de Jesús era confiada como la de un niño, pero sin la menor presunción. Tomó decisiones firmes y valientes, se enfrentó con intrepidez a múltiples decepciones, superó resueltamente dificultades extraordinarias, e hizo frente sin vacilar a las duras exigencias del deber. Se necesitaba una fuerte voluntad y una confianza indefectible para creer lo que Jesús creía, y como él lo creía.
URANTIA
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