martes, 17 de marzo de 2015

ESCRITO II CONOCIMIENTO.- EL PUENTE



ESCRITO II CONOCIMIENTO.- EL PUENTE
A la caída del Sol caminé hacia el viejo puente de madera sobre
el río Jordán. Andaba abstraído por lo acaecido unas horas antes,
nunca dejaba de sorprenderme por los acontecimientos de cada
jornada. Cada nuevo día era imprevisible, aprendí a vivirlos sin
tener una preocupación por lo que vendría después. El mañana
dependía de hoy.
Crucé el puente y tras unos minutos andando me encontré con…
¡el viejo auto! No muy lejos se encontraba un olivo como en el
que había reposado.
¡No puede ser! —me dije—. ¡El olivo puede ser otro… pero el
auto no! ¡No había dos iguales! Me fijé en la matrícula y… ¡era la
misma! Acabé sentándome desconcertado otra vez junto al olivo.
Después de unos minutos de elucubraciones me di por vencido,
decididamente no había cruzado el puente, no encontraba otra
explicación.

Cuando mi mente se quedó ya en calma se acercó una mujer
preguntándome por el camino para llegar al puente, su rostro me
resultaba familiar. Sus ojos, su mirada, me recordaban… pero no
podía ser.
Le señalé el camino.
—¿Cómo te llamas? —le pregunté.
—Meryem —me respondió—, soy palestina.
Sonrió.
Era ella sin duda, sus ojos lo confirmaban.
Evidentemente nada le podía manifestar de lo que pensaba,
aunque no hizo falta.
—Tú has cruzado el puente —me dijo—, aun así estás en la
misma orilla. El Maestro te señaló el puente porque buscabas una
tierra diferente donde situar su Reino. Así pues, dejó que lo
comprobaras. Y ya te has dado cuenta que el Reino de Dios no se
encuentra en un lugar al otro lado de ninguna parte, sino que es un
cambio, una expansión de conciencia, un despertar de un sueño en el que estabas sumergido; estás en el mismo lugar del que partiste pero ahora Despierto.
¡Te has sanado de tu propia enfermedad! —una voz masculina
exclamó.
Me di la vuelta y ahí estaba el Maestro, mirándonos.
«La comunión —continuó— con el Espíritu que siempre habéis
sido, sois y seréis, ha hecho posible que los caminos se
encuentren una vez más.

Hoy, este mundo es comparable a un cuerpo, donde conviven
células sanas con otras enfermas. Enfermas de egoísmo que no
responden al propósito de la conciencia que les habita, la que son
en realidad. Los órganos enferman por falta de colaboración de
sus células, entre sí, así como entre diferentes órganos. La energía
de la Vida no circula libremente, es tristemente acumulada por
unas en detrimento de otras produciendo el aislamiento, la
carencia de energía y la consecuente muerte.
Es necesario cambiar dicha situación, y la solución no vendrá de
fuera, pues no existe tal lugar como no hay otro lado del puente.
Son las células sanas que irradiando su propia energía señalan a
las enfermas dónde mirar y, sólo han de buscar dentro de ellas
mismas, en su núcleo, en su esencia, y descubrir quiénes son, de
este modo despertar del sueño del aislamiento.
La Vida es Amor, compartir, colaborar, trabajar juntos en un
propósito no ajeno a vosotros, a mí. Pues todos vosotros y yo
somos los artífices de este gran Plan que llamáis Vida.

Sólo el Amor traerá la Paz y la Armonía. Asimismo mi cuerpo,
vuestro cuerpo, seguirá creciendo fuerte y sano. Su Luz irradiará
con más fuerza y se propagará por el firmamento ―el Cuerpo―,
del que sois, somos, un órgano vital.
Mi Padre, vuestro Padre, os bendice.
¡Id en Paz!»
Permanecimos en silencio…


 EL ANCIANO JUAN

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