lunes, 2 de marzo de 2015

EL SUFRIMIENTO ÚTIL

Un dilema es la situación que se plantea cuando concurren dos opciones o posibilidades, de tal manera que, consideradas por separado, cada una de ellas resulta adecuada, lógica y hasta conveniente. Pero juntas no pueden coexistir; será la una o la otra, pero no ambas a la vez. Un dilema es lo formado por los términos justicia y misericordia, por ejemplo. Ambas posibilidades son perfectamente válidas y justificables si se juzgan por separado. Está bien actuar con justicia, e igualmente está bien ser misericordioso. Y podemos aplicar la justicia, pero entonces no seremos misericordiosos. O proceder a la inversa, y entonces no seremos justos. Ser justo o ser misericordioso, representan dos opciones igualmente válidas; podemos ser lo uno o lo otro, pero no ambas cosas a la vez. Podemos ser justos en unos casos y misericordiosos en otros, alternando dichas opciones. Pero no podemos ser justos y misericordiosos al mismo tiempo. Eso es un dilema.
Un dilema, pues, no es un simple concepto, sino una cualidad de la experiencia que se basa en el reconocimiento de los extremos, en la vivencia de la polaridad. Un dilema es el vivir humano; la realidad sensorial, práctica y diaria, anunciada por la metáfora del “Árbol del conocimiento del Bien y del Mal” que sucede a la pérdida del Paraíso, y que no constituye un castigo -salvo en nuestra errónea creencia- sino una advertencia: el anuncio de cómo es la existencia experimentada desde el “estado de separación” en el que nos sentimos. Vivir fuera del Paraíso es vivir la separación; experimentar las partes desde un extremo al otro y sentirlas antagónicas, ignorando la unidad que subyace tras las formas. Vivir fuera del Paraíso significa recorrer el largo camino de la experiencia posible, desde el bien o lo bueno, hasta el mal; desde la alegría y el gozo hasta el sufrimiento. Vivir ausentes del Paraíso es vivir expuestos a la experiencia incesante, múltiple e inagotable, a veces deseada y feliz, y otras frustrante y dolorosa. Pero siempre sentida.
La vida humana es así. Polar, dilemática. Y como tal hay que asumirla, pues no contiene un error que deba ser subsanado. El bien y el mal, como todos los polos opuestos, son las caras de una sola moneda; existe el uno porque existe el otro; ambos van unidos porque son lo mismo, y no es posible separarlos. Pretender evitar una polaridad en nuestra experiencia de vida, constituye una prueba de nuestra ignorancia que, en contra de lo pretendido, potencia aquello que queremos eliminar. No es posible instalarse en la felicidad, ni en otro aspecto cualquiera, evitando experimentar su opuesto. Éste se hará más llamativo, se mostrará con mayor pujanza, dolerá más…, llamando así la atención y pueda ser revisada nuestra actitud. La vida humana contiene todo, pues en nosotros encarna la metáfora del “Árbol del conocimiento del Bien y del Mal”. No es posible eludir esa realidad ni el evitarlo forma parte del Plan. Todo lo que hay que hacer es vivir lo que toca, sabiendo que hemos contribuido a la creación de esa realidad, y que se trata de la cara de una moneda que, al mostrarse, está a la vez anunciando la existencia de la otra cara hacia la cual nos orienta, y que ambas forman una unidad; que son aspectos diferentes de lo que es uno; que todo procede del “vacío cuántico”, del insondable Brahman Supremo, del seno de Dios; que todo son partes de la Unidad, igualmente perfectas, adecuadas y santas. Y que la experiencia humana de todo ello tiene el propósito de hacerlo real en el último rincón de la Creación, que es la materia.
Cuando lo vivimos así, con esta conciencia, el sufrimiento -tan denostado y tan frecuentemente inútil-, convertido por causa de nuestro permanente rechazo en el habitante de la Vida más alejado, deviene reconocido y aceptado; deviene útil, tanto como el gozo o la alegría, porque nos hace crecer. En ese instante sin tiempo, el dilema irresoluble para el hombre desaparece, deja de ser. Porque quien lo vive ahora ya no lo contempla con ojos humanos que sólo ven la separación, sino con los ojos de Dios, que en todo ve al “hijo amado”, en el que se complace.
Félix Gracia.
Autor-escritor

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